Mío - San Juan 20, 19-31 -
«Si no veo, si no toco, no creo».
Tomás tampoco cree ni siquiera a los diez apóstoles: «De vosotros no viene la prueba que necesito. Quiero sentir a Cristo tocando mi vida, a Cristo que entra, abre, levanta y traza caminos. No me conformo con palabras, necesito “sentir” a Dios, a un Dios sensible, audible, visible; no un relato, sino un acontecimiento. Necesito que su vida sacuda la mía, y sentir que es para mí, que es mía».
Y he aquí que Tomás no busca signos gloriosos o triunfalistas, sino que quiere tocar las heridas vivas y abiertas de la pasión, volver a ver el cuerpo entregado, la sangre derramada: ahí se condensa la esencia de la fe.
Mientras no participes, mientras no te involucres en el inmenso juego del amor y del dolor de Dios, no puedes decir: ¡yo creo, Señor!
«¡Pon aquí tu dedo, extiende tu mano!». Jesús se acerca, con una voz que no juzga sino que anima, y las marcas de los clavos están al alcance de la mano y del corazón: el Resucitado es el Crucificado.
La Pascua sin la cruz está vacía. La cruz sin la Pascua es ciega.
Tomás se rinde ante un crucificado amoroso que se compadece de su esfuerzo por creer y vuelve a entregar su cuerpo; se rinde ante ese agujero en el costado y ni siquiera se dice que lo haya tocado. Se rinde ante el amor que ha escrito su relato en el cuerpo de Jesús con el alfabeto de las heridas. Alfabeto indeleble, como el amor.
A cada uno de nosotros Jesús repite: «mira, extiende la mano, toca las llagas, vuelve a los días de la cruz; mira en profundidad, hasta el vértigo, en esos agujeros; lleva tus dudas al madero de la cruz, encontrarán respuesta; no te canses de escuchar la pasión de Dios».
Y Tomás pasa de la incredulidad al éxtasis: «Señor mío y Dios mío».
Quiero custodiar en mí este adjetivo, como una reserva de valor para mi fe: «Mío». Pequeña palabra que lo cambia todo, que no evoca al Dios de los libros o de los demás, sino al Dios entrelazado con mi vida, mi luz y mi sombra, ausencia y luego presencia más ardiente.
Tomás, como la amada del Cantar de los Cantares, dice: «Mi amado es para mí y yo soy para él».
Mío, no de posesión, sino de pertenencia. Mío, en el que me reconozco porque él me reconoce. Mío, porque existe para mí, mi luz y mi dolor. Mío como lo es el corazón y, sin él, yo no sería. Mío como lo es el aliento y, sin él, yo no viviría.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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