Feliz bienaventuranza - San Juan 20, 19-31 -
El Evangelio habla de heridas que Jesús no oculta, sino que casi exhibe: ¡el agujero de los clavos, tócalo! ¡El costado, puedes meter la mano! Heridas que no habríamos esperado, convencidos de que la resurrección habría cicatrizado, cerrado y borrado para siempre las heridas del Viernes Santo, los estigmas del dolor. Y, sin embargo, no.
Porque la Pascua no es la superación gozosa de la Pasión, sino su continuación, su fruto maduro, su consecuencia.
Las llagas permanecen, para siempre. Y es precisamente por ellas que Jesús ha resucitado. El amor ha escrito su historia en el cuerpo del Nazareno con la escritura de las heridas: amor imborrable, heridas imborrables.
Y heridas luminosas: de las llagas del Resucitado ya no brota sangre, sino luz; las heridas no desfiguran, sino que transfiguran.
Entonces comprendemos que el corazón herido con sus cicatrices, el nuestro como el suyo, puede volverse más capaz de amar y de sanar; todos podemos convertirnos en «sanadores heridos» (Henry Nouwen).
Precisamente a través de esas heridas que nos parecían golpes duros o insensatos de la vida, nos hacemos capaces de comprender a los demás, de acudir en ayuda de otros al atravesar las mismas tormentas.
Nuestra debilidad entonces, como la de Pedro, la de los discípulos, la de Magdalena, no es un obstáculo, sino un recurso para seguir mejor al Señor, para acudir mejor en ayuda de los demás. La debilidad ya no es un límite, sino que se transfigura en oportunidad.
Por tres veces el Evangelio de hoy habla de la paz que nos da Jesús. Y su paz desciende en nuestros corazones cansados y temerosos, desciende sobre nuestra condición de pecadores derrotados, sobre nuestras decepciones.
Y es a esta experiencia de paz a la que Tomás se rinde, ni siquiera sabemos si tocó el cuerpo del Resucitado. Se rinde a la paz, pasando de la incredulidad al éxtasis. Así, nosotros y nuestra fe nos rendimos a esta experiencia, a esta promesa, a este aliento tenaz que puede atravesar toda la tristeza de la vida y los desiertos sangrientos de la historia.
Bienaventurados los que, sin haber visto, creerán. Bienaventuranza que por fin siento mía.
Las otras me han parecido demasiado difíciles, cosas para unos pocos valientes, para unos pocos verdaderamente hambrientos de lo inmenso; esta la siento mía, consoladora: creer sin haber visto. Por fin una bienaventuranza para todos, para quienes se esfuerzan, para quienes buscan a tientas, para quienes no ven.
Felicidad, dice Jesús, para quienes creen. Para ellos, una vida que no se ha vuelto más fácil, sino una vida más plena y apasionada, herida y vibrante, herida y luminosa, llagada y sanadora.
Última palabra de Jesús: la fe es el riesgo de ser felices. Así termina el Evangelio, así comienza nuestro discipulado. Con el riesgo de ser felices llevando nuestras llagas de luz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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