Aprendiendo del Bello y Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 -
Quedarán las fragilidades, las puertas y los cristales
rotos, los espacios donde las paredes se han convertido en ruinas.
Quedará el espacio infectado, la herida reluciente que
dejó indefensa la ilusión de nuestras fortificaciones.
Quedarán los golpes recibidos por habernos expuesto
demasiado, las ingenuidades de cuando no esperábamos ser atacados, y los
sueños, esos que ingenuamente desplegamos a la burla, a la crítica,…
Quedarán los proyectos locos que hicieron sonreír a
los adultos.
Quedarán los colores de aquellos sueños y las veces
que dijimos «te quiero» exponiéndonos al rechazo.
Quedarán
las semillas dejadas caer por dedos finalmente abiertos como rayos de sol.
Quedarán las palabras no ocultas bajo mantos de vergüenza inoportuna, quedarán
los gestos asombrados de belleza y gratuidad, quedarán las lágrimas, arroyos
que hacen florecer los sentimientos. Quedarán los besos desatados, los abrazos
liberados, las oraciones apoyadas en ráfagas de viento. Quedarán los deseos
confiados a las estrellas, pero sobre todo las lápidas bajo los cuales
hubiéramos logrado enterrar nuestros egoísmos infantiles. Quedará la vida que
hemos sabido dar, sin pretender nada a cambio, sin intereses, sin que nos
hayamos dado cuenta siquiera.
«El mercenario —que no
es pastor y a quien no pertenecen las ovejas— ve venir al lobo, abandona a las
ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa»
Quedará
la pobreza, la verdadera, la que da miedo. La pobreza que sentimos cuando nos
dimos cuenta, claramente, de que no estábamos a la altura, cuando conseguimos
equivocarnos en todo, cuando descubrimos que no éramos más que unos pobres
desgraciados asustados. La pobreza de cuando nos utilizaron, de cuando no nos
reconocieron, de cuando llegamos tarde o simplemente no llegamos a nuestro
destino. Quedarán las lágrimas de cuando nos pisotearon, de cuando no nos
entendieron, de cuando no teníamos poder que ejercer. Todo lo demás, el
mercenario que no muere en nosotros, será devorado por el lobo, que en nuestro
cadáver se deleitará con la venganza de los últimos.
Quedarán
los pocos nombres memorizados por el corazón, los aromas imborrables de la
infancia, los instantes de perfecta Epifanía en los que el Eterno acariciaba
las formas del mundo. Quedarán las heridas que no nos dejan pegar ojo (porque
nos han hecho conocer el abismo que llevamos dentro). Permanecerá el dolor por
aquellos errores que han hecho daño a los hermanos, porque el remordimiento
ayuda a macerar en la humildad. Permanecerán los perdones recibidos, aquellas
veces que nos hemos sentido llamados por nuestro nombre, las lágrimas de
quienes han llorado por nosotros. Permanecerá quien se ha quedado incluso
después de nuestras traiciones, permanecerá la silenciosa perseverancia de
quien ha sobrevivido a nuestras inconstancias. Permanecerán las injusticias
recibidas, pero solo aquellas que han sabido trazar nuevos espacios de
misericordia. Solo permanecerá lo que ha encontrado su nombre. Permanecerán las
cosas conocidas porque son amadas. De nosotros solo permanecerá la parte
verdadera, auténtica, la que ha vuelto a casa.
«Y tengo
otras ovejas que no son de este redil; también a esas debo guiarlas»
De
nosotros quedará todo lo que no hicimos solo para nosotros. Las elecciones
desinteresadas, las inversiones en un futuro lo suficientemente lejano como
para no poder habitarlo. Quedará la conciencia de cuando nos sentimos solo un
redil entre tantos. Sobre todo quedará la sabiduría de cuando finalmente
aceptamos todo de nosotros, incluso el pecado, esas ovejas fuera del redil que
no había que ocultar, transformando la vergüenza en posibilidad. Quedará la
belleza de cuando nos dejamos guiar por el Espíritu y acabamos floreciendo, al
menos por un instante, en Otro Lugar.
De
nosotros solo quedará lo que en la vida hemos escuchado con atención, quedará
Su voz reconocida en cada cosa, quedará todo lo que hemos tenido el valor de
unificar, un solo rebaño, un solo pastor, un solo corazón, uno, entrega espiritual
y mística al Único, ejercicio simbólico de coser lo visible con lo Invisible.
Quedará todo aquello que no se ha prostituido en la doblez, tentación diabólica
de no elegir, de no tomar partido, de no complicarse la vida.
«Por eso
me ama el Padre: porque yo doy mi vida, para luego volver a tomarla»
Permanecerá
la dulzura de cuando alguien nos hizo sentir amados por el Padre; permanecerá
la vida entregada por amor y aquella recogida con misericordia. Permanecerá la
vida marcada por el corazón del Padre, sístoles que irrigan el mundo de
Espíritu, diástoles que nada olvidan, que nada pierden, que todo salvan.
«Nadie me la quita: yo
la doy por mi propia voluntad. Tengo el poder de darla y el poder de
recuperarla de nuevo. Este es el mandato que he recibido de mi Padre»
Permanecerá
la elección libre y madura de quien no sufre la vida, de quien sabe decidir por
sí mismo, de quien no se adapta al flujo inexorable de los acontecimientos,
sino que en cada instante logra reconocer la posibilidad de entregarse al
Padre, en un gesto de dulce y confiada deposición en sus manos. Permanecerá el
único poder bueno, aquel que se mueve solo dentro de los límites de lo que hace
más habitable este mundo y lo convierte en más humano. Permanecerá todo lo que
se ha construido inspirándose en el único mandamiento. Solo permanecerá el
amor. Porque solo el amor es ya eterno.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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