martes, 14 de abril de 2026

Aprendiendo del Bello y Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 -.

Aprendiendo del Bello y Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 - 

Quedarán las fragilidades, las puertas y los cristales rotos, los espacios donde las paredes se han convertido en ruinas.

 

Quedará el espacio infectado, la herida reluciente que dejó indefensa la ilusión de nuestras fortificaciones.

 

Quedarán los golpes recibidos por habernos expuesto demasiado, las ingenuidades de cuando no esperábamos ser atacados, y los sueños, esos que ingenuamente desplegamos a la burla, a la crítica,…

 

Quedarán los proyectos locos que hicieron sonreír a los adultos.

 

Quedarán los colores de aquellos sueños y las veces que dijimos «te quiero» exponiéndonos al rechazo.


 «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas»

 

Quedarán las semillas dejadas caer por dedos finalmente abiertos como rayos de sol. Quedarán las palabras no ocultas bajo mantos de vergüenza inoportuna, quedarán los gestos asombrados de belleza y gratuidad, quedarán las lágrimas, arroyos que hacen florecer los sentimientos. Quedarán los besos desatados, los abrazos liberados, las oraciones apoyadas en ráfagas de viento. Quedarán los deseos confiados a las estrellas, pero sobre todo las lápidas bajo los cuales hubiéramos logrado enterrar nuestros egoísmos infantiles. Quedará la vida que hemos sabido dar, sin pretender nada a cambio, sin intereses, sin que nos hayamos dado cuenta siquiera.

 

«El mercenario —que no es pastor y a quien no pertenecen las ovejas— ve venir al lobo, abandona a las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa»

 

Quedará la pobreza, la verdadera, la que da miedo. La pobreza que sentimos cuando nos dimos cuenta, claramente, de que no estábamos a la altura, cuando conseguimos equivocarnos en todo, cuando descubrimos que no éramos más que unos pobres desgraciados asustados. La pobreza de cuando nos utilizaron, de cuando no nos reconocieron, de cuando llegamos tarde o simplemente no llegamos a nuestro destino. Quedarán las lágrimas de cuando nos pisotearon, de cuando no nos entendieron, de cuando no teníamos poder que ejercer. Todo lo demás, el mercenario que no muere en nosotros, será devorado por el lobo, que en nuestro cadáver se deleitará con la venganza de los últimos.


 «Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí»

 

Quedarán los pocos nombres memorizados por el corazón, los aromas imborrables de la infancia, los instantes de perfecta Epifanía en los que el Eterno acariciaba las formas del mundo. Quedarán las heridas que no nos dejan pegar ojo (porque nos han hecho conocer el abismo que llevamos dentro). Permanecerá el dolor por aquellos errores que han hecho daño a los hermanos, porque el remordimiento ayuda a macerar en la humildad. Permanecerán los perdones recibidos, aquellas veces que nos hemos sentido llamados por nuestro nombre, las lágrimas de quienes han llorado por nosotros. Permanecerá quien se ha quedado incluso después de nuestras traiciones, permanecerá la silenciosa perseverancia de quien ha sobrevivido a nuestras inconstancias. Permanecerán las injusticias recibidas, pero solo aquellas que han sabido trazar nuevos espacios de misericordia. Solo permanecerá lo que ha encontrado su nombre. Permanecerán las cosas conocidas porque son amadas. De nosotros solo permanecerá la parte verdadera, auténtica, la que ha vuelto a casa.

 

«Y tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas debo guiarlas»

 

De nosotros quedará todo lo que no hicimos solo para nosotros. Las elecciones desinteresadas, las inversiones en un futuro lo suficientemente lejano como para no poder habitarlo. Quedará la conciencia de cuando nos sentimos solo un redil entre tantos. Sobre todo quedará la sabiduría de cuando finalmente aceptamos todo de nosotros, incluso el pecado, esas ovejas fuera del redil que no había que ocultar, transformando la vergüenza en posibilidad. Quedará la belleza de cuando nos dejamos guiar por el Espíritu y acabamos floreciendo, al menos por un instante, en Otro Lugar.


 «Escucharán mi voz y se convertirán en un solo rebaño, un solo pastor»

 

De nosotros solo quedará lo que en la vida hemos escuchado con atención, quedará Su voz reconocida en cada cosa, quedará todo lo que hemos tenido el valor de unificar, un solo rebaño, un solo pastor, un solo corazón, uno, entrega espiritual y mística al Único, ejercicio simbólico de coser lo visible con lo Invisible. Quedará todo aquello que no se ha prostituido en la doblez, tentación diabólica de no elegir, de no tomar partido, de no complicarse la vida.

 

«Por eso me ama el Padre: porque yo doy mi vida, para luego volver a tomarla»

 

Permanecerá la dulzura de cuando alguien nos hizo sentir amados por el Padre; permanecerá la vida entregada por amor y aquella recogida con misericordia. Permanecerá la vida marcada por el corazón del Padre, sístoles que irrigan el mundo de Espíritu, diástoles que nada olvidan, que nada pierden, que todo salvan.

 

«Nadie me la quita: yo la doy por mi propia voluntad. Tengo el poder de darla y el poder de recuperarla de nuevo. Este es el mandato que he recibido de mi Padre»

 

Permanecerá la elección libre y madura de quien no sufre la vida, de quien sabe decidir por sí mismo, de quien no se adapta al flujo inexorable de los acontecimientos, sino que en cada instante logra reconocer la posibilidad de entregarse al Padre, en un gesto de dulce y confiada deposición en sus manos. Permanecerá el único poder bueno, aquel que se mueve solo dentro de los límites de lo que hace más habitable este mundo y lo convierte en más humano. Permanecerá todo lo que se ha construido inspirándose en el único mandamiento. Solo permanecerá el amor. Porque solo el amor es ya eterno.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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