Aprendiendo a ser pastor a imagen del Bello y Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 -
Creo que, por una vez, lo llevo dentro de mí, en lo más profundo de mi historia, y me pongo a caminar hacia él. El redil de las ovejas está allí. Y yo camino, confiando, esta vez no hacia fuera, sino hacia dentro.
Banalmente, el pensamiento me llevaría una vez más a
tejer reflexiones sobre la Iglesia y la comunidad, sobre la forma institucional
y el papel de los pastores, pero esta vez rompo con la costumbre y, perdido y
confundido como lo están los discípulos, cambio de rumbo.
El redil es un cofre que guarda algo tan precioso como
los deseos, las esperanzas, los afectos, y tal vez, en el fondo, el cofre soy
yo, somos nosotros, es la metáfora de nuestra identidad.
Tenemos un rebaño de sueños en lo más profundo del
corazón, es la parte más preciosa de nosotros; encontrar el camino para llegar
hasta él y luego la puerta para sumergirnos en lo que somos es el sentido
profundo de la vida.
Me acerco, siento que a veces me he comportado conmigo
mismo como un ladrón o un bandido, he usado la violencia y me he exigido
demasiado, me he impuesto decisiones y he obligado a mi historia a seguir
caminos que pretendía que fueran míos.
Soy yo el bandido de mí mismo, yo el ladrón de mi felicidad. Siempre cuesta admitirlo.
Esta vez camino despacio, camino con atención, me
gustaría entender cómo se hace para entrar de verdad en contacto con uno mismo,
me dejo leer por el Evangelio, dejo que suceda.
Llámalos
por su nombre, me dice, llámate
por tu nombre.
Sé pastor de tu ser criatura, ama al rebaño que llevas
dentro. Dar nombre es, ante todo, un acto de verdad, y la verdad exige valor,
ese valor que a menudo me falta. El nombre excluye todas las demás
posibilidades.
Me hubiera gustado ser diferente, hubiera querido otro
rebaño dentro de mí, hubiera dado la vida por no ser quien soy, he intentado
durante años construirme otra cosa.
Es hora de ceder, de reconocer, de abrazar. Dar nombre
a lo que se lleva en lo más profundo del corazón, dar nombre no para poseer, no
para atar, sino para trazar mapas de una identidad inédita.
Llama por su nombre, me sugiere la Palabra, y hazlo en voz alta, porque a menudo la música ilumina más que el contenido.
Nombrar lo que somos es entrar en sintonía, una
cuestión de afinación, de cuerdas tensadas sobre el corazón, se confía en un silencio que canta. Reconocer la voz, llevar la
confianza al plano de lo invisible que se encarna, que se familiariza.
Sal, la invitación es del maestro interior, encuentra la
puerta y ábrela.
Yo, que siempre he tenido miedo de exponerme al riesgo
de la confrontación, intento una vez más encontrar estrategias para resistir.
Quizás sea mejor no exponerse demasiado, y además estas ovejas parecen nubes;
si abro esto, emigran al cielo y, como las palabras, ya no puedo llamarlas de vuelta,
se me escaparán para siempre. Si abro el cercado, ya no sé de quién soy, ¿no
corro el riesgo de perderme? Quedaría un sepulcro, vacío.
Mientras hablo, me respondo a mí mismo; mientras
articule, parece que los versículos del Evangelio se desprenden del papel para
acusarme amablemente: tú también siempre has predicado que hay que perderse,
entregarse y morir.
Preferiría protegerme y proteger al rebaño; florecer
en uno mismo es un acto violento, ya no se puede imaginar ser flores diferentes
después. Hay que aceptar ser quienes somos, flores silvestres del campo tal vez
y no rosas preciosas.
Solo no puedo hacerlo, la mano en la puerta del cercado se bloquea, querría dejarlo todo como está, creo que me basta con lo que he hecho, no quiero dejar nada libre, lo guardo para mí, correrían el riesgo de matarlas, tengo miedo de no soportar el impacto de la violencia, no quiero sufrir más.
Mientras pienso esto, me siento un traidor. El camino
de la fe no es pacífico, imploro que Su mano se pose sobre la mía, que Él
camine delante de mí es la única posibilidad, nunca llevaría a mi rebaño al
matadero del Calvario y, solo, huiría antes, huiría lejos, lo robaría, sería un
ladrón por protección.
Mientras Él promete no abandonarme, y esta es la única
fe a la que me aferro, mientras Él se convierte en la puerta por la que pasar,
pienso en cómo el riesgo de mantener cerrado el recinto no conduce a otra cosa
que a permanecer ajenos a uno mismo.
Esto lo siento profundamente cierto: si no le hubiera
dejado a Él llevar la batuta, no sabría nada de mí, no me conocería; si no
siguiera confiando, si no intentara cada día pasar por Su puerta, sería un
desconocido para mí mismo.
Le creo, por hoy todavía Le creo, mañana ya veré, pero por hoy confío, dejo que la puerta se abra, que el rebaño se deslice hacia fuera.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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