Olor a Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 -
El cuarto Domingo de Pascua presenta al Resucitado
como Pastor de la Iglesia.
La imagen del Pastor aplicada a Jesús (la afirmación
de Jesús como Buen Pastor no se encuentra en propiamente en este texto pero
aparece a partir del v. 11) reúne los significados que reviste cuando se
refiere a Dios en el Antiguo Testamento.
De los textos del Antiguo Testamento emergen cuatro
campos semánticos fundamentales que indican los significados de la imagen bíblica
del pastor.
Son los campos semánticos de la conducción (Dios hace salir y entrar, hace partir, guía,
camina delante de, etc.), del cuidado
(Dios alimenta, mantiene con vida al rebaño, le procura comida y agua, lo
protege, lo pone a salvo en el redil), de la liberación (Dios defiende, protege a sus ovejas de los
ataques de bandidos y ladrones, de las emboscadas de las fieras, las reúne, las
salva), de la alianza (el
pastor conoce a sus ovejas, las llama una a una, está unido a ellas por un
profundo conocimiento).
Y es fácil comprender por qué la imagen pastoral se ha
aplicado a Dios. La existencia del rebaño depende totalmente del pastor: es él
quien saca a las ovejas, quien las lleva al pasto y al agua, quien las hace
volver al redil. El pastor, por la necesidad de encontrar pastos, abandona la
vida de la comunidad humana y sigue constantemente al rebaño, vive con él,
conoce una a una a sus ovejas, da un nombre a cada una. Por su parte, las
ovejas aprenden a reconocer la voz del pastor y le siguen con confianza. En
conclusión, la vida del pastor está totalmente dedicada a su rebaño, mientras
que la vida del rebaño depende totalmente del pastor.
Así como el pastor indica al rebaño el camino a seguir, así el Jesús-Pastor indica a la Iglesia el camino que debe seguir. Camino que se llama conversión: «Convertíos». Y el modelo de este camino de conversión es solamente Jesús.
Jesús que sufrió la pasión y la muerte deja a sus
seguidores un camino para que sigan sus huellas. Así, ellos, como ovejas antes
descarriadas, pueden volver a su pastor y guardián (cf. 1 Pe 2,25). El Evangelio
afirma que Jesús es la puerta por la que debe pasar el camino del discípulo: se
trata de un camino espiritual de escucha,
seguimiento y conocimiento del Señor.
Es interesante la expresión utilizada por la Primera Carta
de Pedro para indicar el camino que Jesús dejó y que el cristiano está llamado
a seguir. Traducido como «ejemplo» se quiere indicar la copia,
el modelo que los alumnos recibían de su maestro y que debían transcribir como
ejercicio escolar. Se trataba de un modelo vinculante, como las huellas
impresas en el suelo: es, por tanto, el patrón, el trazado dibujado por Jesús que la Iglesia en su conjunto (el
rebaño) y cada cristiano individualmente (cada oveja que el Pastor conoce y llama por
su nombre) deben seguir para dejar que Jesús sea su Pastor.
El texto evangélico tiene también un cierto carácter enigmático
(«parábola») y por eso no es del todo comprendido por sus oyentes, y necesita
después una revelación explícita que explica las palabras anteriores y hace que
el discurso evolucione de la imagen pastoral a la revelación cristológica.
Algunas palabras se centran en la revelación de Jesús
como «puerta de las ovejas», es decir, la puerta para las ovejas, la puerta por la que las ovejas
deben pasar.
Las palabras de Jesús condenan a los falsos profetas y a los falsos mesías. A ellos se refiere Jesús al hablar de «los que vinieron antes que yo», expresión que no debe entenderse en sentido cronológico, sino que indica a cuantos —vengan antes o después de Jesús— se presentan como salvadores pero no lo son.
Se trata de usurpadores del nombre, fanfarrones que
abusan de la confianza de las personas prometiendo lo que no podrán cumplir. De
ellos dice Jesús en otro lugar: «Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo
soy” y engañarán a muchos» (Mc 13,6).
Ante estos usurpadores-abusadores, Jesús invita a no
creerles, a no confiar en ellos y a no seguirlos: «¡No les creáis!» (Mc
13,21), «No les sigáis» (Lc 21,8). Pasar por la puerta que es Jesús
implica no pasar por falsos mediadores que se sirven de lo sagrado y de lo
religioso «para engañar, si es posible, a los elegidos» (Mc 13,22).
La fe no debe desperdiciarse concediéndola a quienes
la explotan para sus intereses personales. Si el Nuevo Testamento invita a la
fe, también pide tener discernimiento y vigilancia, y no depositar la confianza
en quien se comporta como «dominador de las personas» (1 Pe
5,3), mantenerse alejado de quien ejerce un ministerio eclesial movido por «intereses
vergonzosos» (1 Pe 5,2) o por la avaricia «de ganancias deshonestas»
(Tt 1,11).
El Nuevo Testamento recomienda desconfiar de los «seductores»
(2 Jn 7), de quienes tratan de engañar a las almas sencillas e ingenuas (cf. 2
Tim 3,1-9), de quienes muestran tener una «mente corrupta» (2 Tim 3,8). Creer
en ellos y seguirlos conduce, de hecho, a la ruina humana y espiritual.
No es casualidad que el cuarto evangelista describa la acción de estos «ladrones y salteadores» (Jn 10,8) —pero podríamos usar también las expresiones «falsos cristos» (Mt 24,24; Mc 13,22), «falsos profetas» (Mt 7,15; 24,11.24; Mc 13,22; 1 Jn 4,1; etc.), «falsos maestros» (2 P 2,1)—, con tres verbos: «robar, matar, destruir».
La explotación de lo religioso y de la autoridad que
proviene de desempeñar un papel cultual forma parte de las estrategias de los
engañadores de los que hay que guardarse. Son aquellos que «tienen
una religiosidad aparente, pero desprecian su fuerza interior» (2 Tim
3,5).
La confesión de fe en Jesús, el Buen Pastor, debe ir
acompañada del discernimiento de los falsos pastores, de aquellos que usurpan
títulos religiosos atribuyéndose competencias y funciones con el único fin de
afirmarse a sí mismos, de tener seguidores adoradores, de lucrarse con ello. El
juicio de Jesús es tajante: «son ladrones y salteadores».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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