La escuela de la escucha, el seguimiento y el conocimiento del Señor - San Juan 10, 1-10 -
El cuarto Domingo de Pascua presenta al Resucitado como pastor de la Iglesia. El Pastor muestra al rebaño el camino que debe seguir, y Jesús-Pastor muestra a la Iglesia el camino que debe seguir.
El pasaje evangélico está tomado del capítulo décimo
del Evangelio según San Juan, pero aún no contiene la afirmación explícita de Jesús
como «pastor» (solo en el v. 11 se encuentra la autorrevelación «Yo
soy el buen pastor»); en cambio, insiste en la imagen de la puerta («Yo
soy la puerta»: v. 9). Es decir, el pasaje evangélico declara que Jesús
es la puerta por la que debe pasar el camino del discípulo: se trata de un
camino espiritual de escucha,
seguimiento y conocimiento del Señor.
La imagen de la puerta tiene un fuerte valor simbólico
y antropológico que, tal vez, damos por sentado. La repetitiva normalidad de
salir de casa y volver a ella a voluntad no se no0s suele poner en tela de
juicio. El acto de entrar y salir es un acto que la costumbre nos ha hecho dar
por sentados.
La movilidad de la puerta convierte el límite del refugio
construido por el hombre, ya sea una casa o cualquier otro edificio, en un
límite que no aprisiona, sino que está al servicio de la libertad, tanto cuando
protege la intimidad de la persona en el interior como cuando la abre a las
relaciones con el exterior.
Imagen de cierre y apertura, de intimidad y de
relación, de protección y de exposición (de inspiración y de espiración), el
cuarto evangelista aplica el poder antropológico del símbolo de la puerta al
mismo Jesús.
De hecho, a través de la puerta que es Jesús mismo, se entra y se sale. Entrar y salir es una fórmula polar semítica típica que indica una totalidad, toda la vida humana resumida en los dos actos fundamentales de entrar y salir: desde el nacimiento, la salida del seno materno, hasta salir y entrar en la casa y en los espacios de la vida, hasta la salida definitiva con la muerte.
El símbolo de la puerta aplicado a Jesús indica, por
tanto, la tarea del cristiano de vivir recomenzando siempre el seguimiento de Jesús,
es decir, pasando por la puerta que es Jesús. La vida en abundancia traída por
Jesús es esta nuestra única vida injertada en Jesús y en él re-significada.
Así como la puerta marca un dentro y un fuera, opera,
por tanto, una discriminación;
ella, aplicada a Jesús, lleva a cabo también un juicio: «El que no entra en el redil de
las ovejas por la puerta, sino que trepa por otro lado, es un ladrón y un
salteador».
El pastor del rebaño entra en el redil por la puerta;
ciertamente no necesita entradas secundarias ni subterfugios: entra por el
camino directo y visible, no por caminos ocultos. Quien entra, o quizá mejor
dicho, penetra en el interior por otros caminos, es un malhechor que viene no
para apacentar, sino para robar y sustraer, para traer muerte y no vida.
La imagen pastoral se vuelve cristológica, donde Jesús
afirma de sí mismo que ha venido para dar vida en abundancia. Pero si el pastor
Jesús ha venido para que los hombres tengan vida en abundancia, los ladrones y
los salteadores, en cambio, vienen para «robar, sacrificar y hacer perecer»
(Jn 10,10).
De ellos, Jesús dice que «vinieron antes que yo», pero esto no debe entenderse en sentido cronológico, como si se refiriera a los personajes de la primera alianza. Se trata, en cambio, de los falsos mesías que se presentan ante los hombres con la pretensión de ser salvadores: aunque vinieran después (cronológicamente) de Jesús, entrarían en la categoría de los usurpadores.
El criterio discriminante que determina la
autenticidad de la misión está en tomar para sí mismo o en dar, en traer muerte
o en traer vida, en servir a la vida de cada oveja (el pastor llama a cada
oveja «por su nombre», con profunda atención a la singularidad de cada una), de
cada individuo, o en servirse de ellas y usarlas para sí mismo, en abusar, en
explotar a las personas para sus propios fines.
En particular, se condena el sacrificar: es decir, quitar la vida en nombre de Dios,
servirse de las personas con fines religiosos hasta aniquilarlas, utilizar el
nombre de Dios y la religión para ejercer violencia, quitar la libertad a las
personas dando nueva forma a los antiguos sacrificios humanos.
El texto evangélico habla de una salida, de un éxodo
que Jesús, el Pastor, hace realizar a sus ovejas, a aquellos que son suyos. No
es el Templo, sino el Cuerpo de Jesús, la vida de Jesús culminada en su muerte
y resurrección, lo que da acceso a la comunión con Dios; es la puerta que
introduce en la vida con el Padre.
El éxodo, de hecho, no es solo un movimiento negativo,
de salida, de distanciamiento, sino también de entrada; es un movimiento
existencial total. Ahora toda la vida, entendida como seguimiento de Jesús, es
un movimiento de éxodo, de liberación y salvación. Se trata de pasar por la
puerta que es Jesús mismo: entonces uno «entrará y saldrá», es decir, vivirá
plenamente su vida humana en Jesús, encontrando alimento en Jesús.
Si, además, Jesús es la «puerta» que conduce a la salvación y si la puerta forma parte del edificio al que permite el acceso, Jesús es al mismo tiempo el mediador de la salvación y la salvación misma. Jesús es el Camino hacia el Padre, pero también es la Vida (Jn 14,6): en Jesús encontramos la vida del Padre.
La figura del pastor se hace presente en algunos
momentos de este texto y cuando se define l extraño de manera puramente
negativa, negando respecto a él lo que antes se había afirmado del pastor (si «el
pastor va delante de sus ovejas y ellas lo
siguen porque conocen su voz»,
en cambio, las ovejas «no seguirán a un extraño, sino que
huirán de él porque no conocen la voz
de un extraño»).
Resalta la fuerte densidad teológica del lenguaje: los
temas de la voz del pastor,
de las ovejas que lo siguen y
que conocen su voz, son
demasiado evocadores en el cuarto evangelio como para ser simplemente rasgos
descriptivos de una parábola, en la que los diversos elementos del discurso
(redil, puerta, ovejas, guardián, pastor, ladrón, etc.) remiten a una escena de
la vida pastoral cotidiana en el mundo palestino.
En realidad, en este texto, las referencias a las
costumbres habituales de la vida pastoral palestina se transforman y se aplican
a otro contexto más densamente teológico y revelador. El pasaje se vuelve
explícito cuando Jesús hable en primera persona, a diferencia del discurso
enigmático en el que el discurso es en tercera persona.
Si bien este relato contiene un juicio, en realidad
presenta también una dimensión de consuelo para la comunidad cristiana. ¿Por
qué?
Porque se afirma que, aunque haya falsos pastores, lobos vestidos de corderos, falsos maestros y falsos doctores (personas con responsabilidad eclesial pero sin mandato, personas con roles de autoridad que ejercen el ministerio como ejercicio de poder y no como servicio, o que tratan de dominar las conciencias ajenas en virtud de la posición que ocupan), y si hay, como dice Juan, asalariados, bandidos y ladrones, existe sin embargo también un sensus fidei fidelium, un sentido de las ovejas que saben olfatear y discernir al verdadero pastor del falso: «A un extraño las ovejas no le seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
No solo existe el olor a oveja, como repetía el Papa
Francisco, sino que también existe el olfato de las ovejas, la capacidad de
escuchar la voz del Señor, de discernir la voz del Evangelio en las palabras y
en el testimonio de quien se hace su siervo.
Un antiguo texto cristiano afirma que el criterio para
discernir al verdadero profeta del falso es que tenga «los modales del Señor» (Didaché
11,8). Tener los modales del Señor significa conocer y hacer propios los modos
en que, según los Evangelios, Jesús, el Señor, vive: la adquisición del
discernimiento se da por el conocimiento y la asunción de los modales del Señor
gracias a la asiduidad con el Evangelio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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