martes, 14 de abril de 2026

Pastor Bello y Bueno - San Juan 10, 1-10 -.

Pastor Bello y Bueno - San Juan 10, 1-10 -

El Señor ha resucitado.

 

Es inútil buscarlo entre los muertos, inútil embalsamarlo, inútil enterrar a Dios.

 

Ha resucitado, incluso en un mundo desgarrado por las divisiones y la violencia, en una contienda continua, en un odio rampante, arrollador, imparable, en un Occidente que denigra la pretensión cristiana y la posibilidad misma de la existencia de un Dios razonable y sensible, amoroso y liberador,

 

La Pascua es una larga fiesta de piedras removidas, un acontecimiento de rocas volcadas, de certezas puestas en tela de juicio, de cantos fúnebres interrumpidos.

 

Una luz que irrumpe con fuerza en nuestras tinieblas, una Palabra que nos sacude mientras, tristes, nos lamentamos de la ausencia de Dios, como los discípulos de Emaús.

 

Pero, lo vivimos en carne propia, se necesita tiempo para convertirse a la alegría.

 

Y caminos interiores, senderos del alma trazados por el Espíritu para poder finalmente rendirse a la evidencia.

 

Aquí está, el resucitado. Llega a Tomás. Y a los discípulos de Emaús. Y a nosotros.

 

Él quiere que nadie se pierda. Busca una a una a las ovejas descarriadas.

 

Perdidas por sufrir demasiado. Por los escándalos provocados por hombres de la Iglesia. Por nuestra estúpida inclinación a la autocompasión. Por el miedo a morir.


Viene, conoce por su nombre a cada uno de nosotros.

 

Y no es como el Pastor compasivo de Lucas, que se agota hasta encontrar la oveja perdida. Es musculoso y decidido, el Pastor de Juan.

 

Dispuesto a pelear para defender a sus ovejas. Dispuesto a dar su vida.

 

El Pastor entra por la puerta de nuestra alma. Sabe cómo entrar, habita en nuestro interior; su fuerza está en el amor a Dios y a los hombres y en el conocimiento que tiene de las cosas de Dios.

 

Otros se disfrazan, engañan, son mercenarios. Pero solo a Él, al Pastor Bueno y Bello, le importamos de verdad.

 

¡Cuánta verdad hay en ello!

 

Aún hoy muchos se ocupan de nosotros solo por interés. Para vender soluciones a nuestro malestar, para proponernos soluciones improbables, para manipularnos y obtener consenso. Para asustarnos y controlarnos.

 

¿A quién le importo de verdad? ¿A quién le importa mi felicidad, de verdad, de manera desinteresada, solo por amor? Los mercenarios fingen ocuparse de nosotros, pero, en realidad, solo se ocupan de sus propios intereses.

 

Entendámonos bien: nadie puede actuar en nuestro lugar, nadie puede ocuparse de nosotros mejor que nosotros mismos.

 

Somos nosotros los capitanes de la barca en la que vivimos.

 

Somos nosotros los constructores de nuestro destino.

 

Pero una cosa es hacerlo siguiendo a un Maestro: el Señor.

 

Y otra, improvisando ser lo que no somos.


Jesús Resucitado, a quien proclamamos Hijo de Dios, revelador del Padre, es el único que sabe adónde llevarnos, el único que nos conoce más de lo que nosotros mismos nos conocemos.

 

Es la voz la que nos permite reconocer al Pastor.

 

Es la Palabra que vibra poderosa y verdadera en nosotros la que nos permite distinguir al verdadero Pastor de los mercenarios. Esa Palabra que nos sacude, nos escudriña, nos enciende, nos descompone, nos eleva, nos reanima, nos revela, nos llena. Esa Palabra que meditamos, amamos, celebramos.

 

Si la frecuentamos, si la amamos, no podemos equivocarnos: es esa la Palabra, la única, que nos ayuda a reconocer al verdadero Pastor.

 

Nos llama por nuestro nombre, para tranquilizarnos.

 

Luego nos echa, nos empuja hacia fuera.

 

Fuera del redil, fuera de las certezas, fuera de las pequeñas islas en las que nos hemos escondido.

 

Fuera de las sacristías, fuera de la curia, fuera de nuestro pequeño mundo autorreferencial.

 

Pero también fuera de nuestras certezas inquebrantables, de nuestros caminos espirituales definidos y estáticos, inoxidables y puros. Fuera de las visiones mezquinas. Fuera.

 

Fuera de nuestras comunidades para recordarnos que la Iglesia del corazón de Dios habita primero en los hogares.

 

Fuera de nuestros programas pastorales para recordarnos lo esencial.

 

Fuera de nuestras pequeñas certezas de fe puestas a dura prueba por el miedo a morir.

 

Fuera, en camino, se vuelve a partir.


En tiempos de Jesús, las ovejas se reunían durante la noche y se encerraban en un cercado bajo hecho de piedras apiladas. A veces, para aumentar un poco la seguridad, se añadía una hilera de zarzas espinosas, a fin de impedir que los ladrones y los lobos entraran y causaran estragos en el rebaño.

 

El cercado, normalmente, se encontraba cerca de la aldea y reunía a las ovejas de numerosos propietarios. Por turnos, estos se turnaban para la vigilia nocturna, haciendo guardia: se colocaban en la única abertura del cercado de piedras y, sentados, se apoyaban con la espalda contra una piedra y, con las piernas encogidas, cerraban el paso: se convertían ellos mismos en la «puerta» del cercado.

 

De este modo impedían que los malintencionados se acercaran.

 

Al amanecer, cuando llegaban los propietarios, los pastores, bastaba su voz para despertar a sus ovejas, a las que, en ese momento, dejaban pasar para que salieran a pastar.

 

Jesús es ese Pastor que pasa la noche velando, agazapado en la entrada del recinto de piedras, convirtiéndose Él mismo en la puerta que deja pasar solo a quien tiene que ver con las ovejas y mantiene alejados a los enemigos, a los bandidos, a los ladrones.

 

Mientras sea Él quien vela, mientras sea Él el guardián de la puerta de nuestro corazón, no, no tenemos nada que temer.

 

Él es el Pastor. El único bueno, el único bello, como dice el Salmo 23 (22).

 

Hoy pedimos al Señor guardianes y perros que nos ayuden a seguir al Pastor. Almas hermosas, almas verdaderas, almas entregadas.

 

El Resucitado busca almas enamoradas que le ayuden a guiar, dejándose guiar.

 

Así sed vosotros, los laicos, religiosos, ministros ordenados.

 

Alrededor del único Pastor. Oliendo a oveja. Inventando lo imposible para buscar y encontrar nuevos pastos de Vida.

 

No importa que seáis frágiles, incoherentes,…, con tal de que seáis enamorados del bello y Buen Pastor.

 

Para hacernos enamorar de Él.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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