Pastor Bello y Bueno - San Juan 10, 1-10 -
El Señor ha resucitado.
Es inútil buscarlo entre los muertos, inútil
embalsamarlo, inútil enterrar a Dios.
Ha resucitado, incluso en un mundo desgarrado por las
divisiones y la violencia, en una contienda continua, en un odio rampante, arrollador,
imparable, en un Occidente que denigra la pretensión cristiana y la posibilidad
misma de la existencia de un Dios razonable y sensible, amoroso y liberador,
La Pascua es una larga fiesta de piedras removidas, un
acontecimiento de rocas volcadas, de certezas puestas en tela de juicio, de
cantos fúnebres interrumpidos.
Una luz que irrumpe con fuerza en nuestras tinieblas,
una Palabra que nos sacude mientras, tristes, nos lamentamos de la ausencia de
Dios, como los discípulos de Emaús.
Pero, lo vivimos en carne propia, se necesita tiempo
para convertirse a la alegría.
Y caminos interiores, senderos del alma trazados por
el Espíritu para poder finalmente rendirse a la evidencia.
Aquí está, el resucitado. Llega a Tomás. Y a los
discípulos de Emaús. Y a nosotros.
Él quiere que nadie se pierda. Busca una a una a las
ovejas descarriadas.
Perdidas por sufrir demasiado. Por los escándalos
provocados por hombres de la Iglesia. Por nuestra estúpida inclinación a la
autocompasión. Por el miedo a morir.
Viene, conoce por su nombre a cada uno de nosotros.
Y no es como el Pastor compasivo de Lucas, que se
agota hasta encontrar la oveja perdida. Es musculoso y decidido, el Pastor de
Juan.
Dispuesto a pelear para defender a sus ovejas.
Dispuesto a dar su vida.
El Pastor entra por la puerta de nuestra alma. Sabe
cómo entrar, habita en nuestro interior; su fuerza está en el amor a Dios y a
los hombres y en el conocimiento que tiene de las cosas de Dios.
Otros se disfrazan, engañan, son mercenarios. Pero
solo a Él, al Pastor Bueno y Bello, le importamos de verdad.
¡Cuánta verdad hay en ello!
Aún hoy muchos se ocupan de nosotros solo por interés.
Para vender soluciones a nuestro malestar, para proponernos soluciones
improbables, para manipularnos y obtener consenso. Para asustarnos y
controlarnos.
¿A quién le importo de verdad? ¿A quién le importa mi
felicidad, de verdad, de manera desinteresada, solo por amor? Los mercenarios
fingen ocuparse de nosotros, pero, en realidad, solo se ocupan de sus propios
intereses.
Entendámonos bien: nadie puede actuar en nuestro
lugar, nadie puede ocuparse de nosotros mejor que nosotros mismos.
Somos nosotros los capitanes de la barca en la que
vivimos.
Somos nosotros los constructores de nuestro destino.
Pero una cosa es hacerlo siguiendo a un Maestro: el
Señor.
Y otra, improvisando ser lo que no somos.
Jesús Resucitado, a quien proclamamos Hijo de Dios, revelador del Padre, es el único que sabe adónde llevarnos, el único que nos conoce más de lo que nosotros mismos nos conocemos.
Es la voz la que nos permite reconocer al Pastor.
Es la Palabra que vibra poderosa y verdadera en
nosotros la que nos permite distinguir al verdadero Pastor de los mercenarios.
Esa Palabra que nos sacude, nos escudriña, nos enciende, nos descompone, nos
eleva, nos reanima, nos revela, nos llena. Esa Palabra que meditamos, amamos,
celebramos.
Si la frecuentamos, si la amamos, no podemos
equivocarnos: es esa la
Palabra, la única, que nos ayuda a reconocer al verdadero Pastor.
Nos llama por nuestro nombre, para tranquilizarnos.
Luego nos echa, nos empuja hacia fuera.
Fuera del redil, fuera de las certezas, fuera de las
pequeñas islas en las que nos hemos escondido.
Fuera de las sacristías, fuera de la curia, fuera de
nuestro pequeño mundo autorreferencial.
Pero también fuera de nuestras certezas
inquebrantables, de nuestros caminos espirituales definidos y estáticos,
inoxidables y puros. Fuera de las visiones mezquinas. Fuera.
Fuera de nuestras comunidades para recordarnos que la
Iglesia del corazón de Dios habita primero en los hogares.
Fuera de nuestros programas pastorales para
recordarnos lo esencial.
Fuera de nuestras pequeñas certezas de fe puestas a
dura prueba por el miedo a morir.
Fuera, en camino, se vuelve a partir.
En tiempos de Jesús, las ovejas se reunían durante la noche y se encerraban en un cercado bajo hecho de piedras apiladas. A veces, para aumentar un poco la seguridad, se añadía una hilera de zarzas espinosas, a fin de impedir que los ladrones y los lobos entraran y causaran estragos en el rebaño.
El cercado, normalmente, se encontraba cerca de la
aldea y reunía a las ovejas de numerosos propietarios. Por turnos, estos se
turnaban para la vigilia nocturna, haciendo guardia: se colocaban en la única
abertura del cercado de piedras y, sentados, se apoyaban con la espalda contra
una piedra y, con las piernas encogidas, cerraban el paso: se convertían ellos
mismos en la «puerta» del cercado.
De este modo impedían que los malintencionados se
acercaran.
Al amanecer, cuando llegaban los propietarios, los
pastores, bastaba su voz para despertar a sus ovejas, a las que, en ese
momento, dejaban pasar para que salieran a pastar.
Jesús es ese Pastor que pasa la noche velando,
agazapado en la entrada del recinto de piedras, convirtiéndose Él mismo en la
puerta que deja pasar solo a quien tiene que ver con las ovejas y mantiene
alejados a los enemigos, a los bandidos, a los ladrones.
Mientras sea Él quien vela, mientras sea Él el
guardián de la puerta de nuestro corazón, no, no tenemos nada que temer.
Él es el Pastor. El único bueno, el único bello,
como dice el Salmo 23 (22).
Hoy pedimos al Señor guardianes y perros que nos
ayuden a seguir al Pastor. Almas hermosas, almas verdaderas, almas entregadas.
El Resucitado busca almas enamoradas que le ayuden a
guiar, dejándose guiar.
Así sed vosotros, los laicos, religiosos, ministros
ordenados.
Alrededor del único Pastor. Oliendo a oveja. Inventando
lo imposible para buscar y encontrar nuevos pastos de Vida.
No importa que seáis frágiles, incoherentes,…, con tal
de que seáis enamorados del bello y Buen Pastor.
Para hacernos enamorar de Él.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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