miércoles, 22 de abril de 2026

Dios en el rostro de Jesús - San Juan 14, 1-12 -.

Dios en el rostro de Jesús - San Juan 14, 1-12 -

El Evangelio afirma que Jesús es la humanidad de Dios, que el rostro divino que nadie podía ver, so pena de muerte («nadie puede verme y seguir con vida»: Éx 33,20), ahora puede contemplarse en el rostro de Jesús de Nazaret: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9), dice Jesús a Felipe.

 

Ver el rostro de Dios y pronunciar su nombre están prohibidos en el Antiguo Testamento, porque significan apoderarse de Dios, tener poder sobre él, gobernar a Dios y utilizarlo para los propios fines. Es decir, significan convertirse en idólatras.

 

El paso espiritual que la fe debe dar a través de la humanidad de Jesús es la protección contra la idolatría. El sentido profundo del empobrecimiento de Dios, de su humillación, de su gloriosa kenosis, de su libre renuncia a los privilegios divinos, de su presentarse como hombre entre los hombres, de su mostrarse en el rostro del Rabí Jesús de Nazaret, abre al hombre el camino para salir de la idolatría. O, al menos, es la indicación del camino que conduce a la liberación de la absolutización de lo penúltimo, de la ansia de posesión, de la tiranía del ego.

 

Nos encontramos ante lo extraordinario cristiano: Dios en el rostro de un hombre. Es más, ante el oxímoron cristiano: ¿Dios? La humanidad de Jesús de Nazaret. Para ver a Dios hay que seguir al hombre Jesús.

 

En el cuarto evangelio, Jesús ya ha anunciado su partida a los discípulos (Jn 13,33; cf. 8,21). Y esto provoca en ellos turbación. Como provocará tristeza (Jn 16,6.22). La turbación es un estado de ánimo que expresa desorientación, incertidumbre y temor ante una pérdida, una muerte, un duelo.


Jesús se turba cuando ve a María llorar ante el cadáver de Lázaro (Jn 11,33) y cuando vislumbra que se acerca la hora de su propia muerte («Ahora mi alma está turbada»: Jn 12,27). Jesús se turba también ante otro tipo de muerte: está consternado y amargado cuando anuncia la traición de uno de los Doce (Jn 13,21).

 

Y ahora pide a los discípulos que dejen que la confianza en Él y en Dios venza a la turbación que les oprime el corazón. «No se turbe vuestro corazón, ni tengáis miedo» (Jn 14,27). Jesús pide a los discípulos y a nosotros algo que a menudo nos parece imposible.

 

A menudo absolutizamos lo que sentimos y experimentamos, y también lo que pensamos. Y consideramos que se trata de dimensiones intocables que coinciden con nuestra identidad. Jesús pide que seamos tan conscientes de nosotros mismos que sepamos leer y reconocer nuestros propios movimientos interiores; pide escucha e inteligencia de uno mismo, porque si no sabemos reconocer nuestros movimientos interiores, ¿cómo podremos escuchar y ayudar a quienes acuden a nosotros presa del desamparo y el miedo, de la inquietud y la angustia? Jesús pide que sepamos reconocer lo que nos habita: y aquí habla de inquietud.

 

Ay de quien reprima o niegue estos movimientos (lo que se reprime, tarde o temprano vuelve y pasa factura), pero Jesús pide también que seamos tan libres como para dejar que reine sobre ellos la confianza en su promesa.

 

Es la tarea a la que también están llamados los cristianos que a menudo viven de reacciones emocionales y psíquicas, de humorales, de infantilismos, de inmadurez, de reacciones irritadas, de rencores, de escrúpulos, de remordimientos, de conflictos por motivos banales, de intolerancias y molestias recíprocas, y no llegan a evangelizar las profundidades, el corazón, es decir, a tener esa flexibilidad necesaria para convivir con los demás. Una flexibilidad que exige tener una justa medida de uno mismo, no alimentar una idea demasiado elevada de sí mismo ni una seguridad excesiva en uno mismo.

 

Estamos llamados a crear unidad en nosotros mismos, pero no de manera ficticia, ocultando, reprimiendo o restando importancia a los sentimientos y estados de ánimo que consideramos que no deben habitar en nosotros. Esta unidad se alcanza con la gran humildad de quien se conoce a sí mismo y dice sí a sus propios impulsos interiores, no siempre particularmente nobles o elevados, pero hace que convivan con ellos los sentimientos y pensamientos que había en Jesús, y llega a asumir poco a poco los modos del Señor, los gestos y las formas de su vida. Injerta el pensamiento de Cristo, el noûs de Cristo (1 Cor 2,16), el sentir de Cristo, su frónema (Fil 2,5) en su propio pensar y sentir.



Se trata de hacer suya la forma en que Jesús vivió su humanidad. Y llama la atención que, mientras Jesús anuncia a los discípulos su partida hacia el Padre, les dirige una promesa que es también una nueva llamada que retoma casi literalmente las palabras con las que los llamó a seguirlo en su camino histórico.

 

Si Jesús había elegido a los Doce «para que estuvieran con Él» (Mc 3,14), ahora les dice —y es una promesa que les hace y una responsabilidad a la que los llama— que va a prepararles un lugar para que puedan estar donde Él está (Jn 14,2-3). Y revela que el camino para estar con Él es vivir en Él y como Él.

 

A quienes se resisten a su promesa y a su llamada protestando: «no conocemos el camino», Jesús responde: «yo soy el camino» que hay que seguir, mi vida es la huella que hay que recorrer. «Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho, también vosotros hagáis» (Jn 13,15), acaba de decir Jesús. Y aún más: «Como yo os he amado, así también amaos unos a otros» (Jn 13,34).

 

Y ante Felipe, que le pone como condición: «Muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8), Jesús se sorprende de que todo el tiempo que han pasado juntos no haya bastado a Felipe para conocerlo en profundidad. Y le dice: si no lo has entendido, si las palabras que he dicho no te han bastado o las has malinterpretado, cree al menos por las obras, por lo que he hecho (Jn 14,11).

 

Esto es lo que significa en Juan «ver al Hijo»: comprender el misterio de su persona a partir de sus palabras y sus gestos; y esto es lo que significa «ver al Padre»: creer hasta la convicción y la certeza en el misterio de Dios Padre.

 

Y las últimas palabras de Jesús dan testimonio del poder de la fe. La fe, en efecto, permite que las energías de la resurrección se desplieguen y actúen en el creyente. «El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y hará otras aún mayores» (Jn 14,12).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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