Dios en el rostro de Jesús - San Juan 14, 1-12 -
El Evangelio afirma que Jesús es la humanidad de Dios, que el rostro divino que nadie podía ver, so pena de muerte («nadie puede verme y seguir con vida»: Éx 33,20), ahora puede contemplarse en el rostro de Jesús de Nazaret: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9), dice Jesús a Felipe.
Ver el rostro de Dios y pronunciar su nombre están
prohibidos en el Antiguo Testamento, porque significan apoderarse de Dios,
tener poder sobre él, gobernar a Dios y utilizarlo para los propios fines. Es
decir, significan convertirse en idólatras.
El paso espiritual que la fe debe dar a través de la
humanidad de Jesús es la protección contra la idolatría. El sentido profundo
del empobrecimiento de Dios, de su humillación, de su gloriosa kenosis,
de su libre renuncia a los privilegios divinos, de su presentarse como hombre
entre los hombres, de su mostrarse en el rostro del Rabí Jesús de Nazaret, abre
al hombre el camino para salir de la idolatría. O, al menos, es la indicación
del camino que conduce a la liberación de la absolutización de lo penúltimo, de
la ansia de posesión, de la tiranía del ego.
Nos encontramos ante lo extraordinario cristiano: Dios en el rostro de un hombre.
Es más, ante el oxímoron cristiano: ¿Dios? La humanidad de Jesús de Nazaret.
Para ver a Dios hay que seguir al hombre Jesús.
En el cuarto evangelio, Jesús ya ha anunciado su
partida a los discípulos (Jn 13,33; cf. 8,21). Y esto provoca en ellos
turbación. Como provocará tristeza (Jn 16,6.22). La turbación es un estado de
ánimo que expresa desorientación, incertidumbre y temor ante una pérdida, una
muerte, un duelo.
Jesús se turba cuando ve a María llorar ante el cadáver de Lázaro (Jn 11,33) y cuando vislumbra que se acerca la hora de su propia muerte («Ahora mi alma está turbada»: Jn 12,27). Jesús se turba también ante otro tipo de muerte: está consternado y amargado cuando anuncia la traición de uno de los Doce (Jn 13,21).
Y ahora pide a los discípulos que dejen que la
confianza en Él y en Dios venza a la turbación que les oprime el corazón. «No se
turbe vuestro corazón, ni tengáis miedo» (Jn 14,27). Jesús pide a los
discípulos y a nosotros algo que a menudo nos parece imposible.
A menudo absolutizamos lo que sentimos y experimentamos,
y también lo que pensamos. Y consideramos que se trata de dimensiones
intocables que coinciden con nuestra identidad. Jesús pide que seamos tan
conscientes de nosotros mismos que sepamos leer y reconocer nuestros propios
movimientos interiores; pide escucha e inteligencia de uno mismo, porque si no
sabemos reconocer nuestros movimientos interiores, ¿cómo podremos escuchar y
ayudar a quienes acuden a nosotros presa del desamparo y el miedo, de la
inquietud y la angustia? Jesús pide que sepamos reconocer lo que nos habita: y
aquí habla de inquietud.
Ay de quien reprima o niegue estos movimientos (lo que
se reprime, tarde o temprano vuelve y pasa factura), pero Jesús pide también
que seamos tan libres como para dejar que reine sobre ellos la confianza en su
promesa.
Es la tarea a la que también están llamados los
cristianos que a menudo viven de reacciones emocionales y psíquicas, de
humorales, de infantilismos, de inmadurez, de reacciones irritadas, de
rencores, de escrúpulos, de remordimientos, de conflictos por motivos banales,
de intolerancias y molestias recíprocas, y no llegan a evangelizar las
profundidades, el corazón, es decir, a tener esa flexibilidad necesaria para
convivir con los demás. Una flexibilidad que exige tener una justa medida de uno
mismo, no alimentar una idea demasiado elevada de sí mismo ni una seguridad
excesiva en uno mismo.
Estamos llamados a crear unidad en nosotros mismos,
pero no de manera ficticia, ocultando, reprimiendo o restando importancia a los
sentimientos y estados de ánimo que consideramos que no deben habitar en
nosotros. Esta unidad se alcanza con la gran humildad de quien se conoce a sí
mismo y dice sí a sus propios impulsos interiores, no siempre particularmente
nobles o elevados, pero hace que convivan con ellos los sentimientos y
pensamientos que había en Jesús, y llega a asumir poco a poco los modos del
Señor, los gestos y las formas de su vida. Injerta el pensamiento de Cristo, el
noûs de Cristo (1 Cor 2,16), el sentir de Cristo, su frónema (Fil
2,5) en su propio pensar y sentir.
Se trata de hacer suya la forma en que Jesús vivió su
humanidad. Y llama la atención que, mientras Jesús anuncia a los discípulos su
partida hacia el Padre, les dirige una promesa que es también una nueva llamada
que retoma casi literalmente las palabras con las que los llamó a seguirlo en
su camino histórico.
Si Jesús había elegido a los Doce «para
que estuvieran con Él» (Mc 3,14), ahora les dice —y es una promesa que
les hace y una responsabilidad a la que los llama— que va a prepararles un lugar
para que puedan estar donde Él está (Jn 14,2-3). Y revela que el camino para
estar con Él es vivir en Él y como Él.
A quienes se resisten a su promesa y a su llamada
protestando: «no conocemos el camino», Jesús responde: «yo soy el camino» que hay
que seguir, mi vida es la huella que hay que recorrer. «Os he dado ejemplo para que, como
yo he hecho, también vosotros hagáis» (Jn 13,15), acaba de decir Jesús.
Y aún más: «Como yo os he amado, así también amaos unos a otros» (Jn
13,34).
Y ante Felipe, que le pone como condición: «Muéstranos
al Padre y nos basta» (Jn 14,8), Jesús se sorprende de que todo el
tiempo que han pasado juntos no haya bastado a Felipe para conocerlo en
profundidad. Y le dice: si no lo has entendido, si las palabras que he dicho no
te han bastado o las has malinterpretado, cree al menos por las obras, por lo
que he hecho (Jn 14,11).
Esto es lo que significa en Juan «ver al Hijo»: comprender
el misterio de su persona a partir de sus palabras y sus gestos; y esto es lo
que significa «ver al Padre»: creer hasta la convicción y la certeza en el
misterio de Dios Padre.
Y las últimas palabras de Jesús dan testimonio del
poder de la fe. La fe, en efecto, permite que las energías de la resurrección
se desplieguen y actúen en el creyente. «El que cree en mí, también él hará las obras
que yo hago, y hará otras aún mayores» (Jn 14,12).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



No hay comentarios:
Publicar un comentario