No estamos huérfanos sino acompañados y sostenidos - San Juan 14, 1-12 -
Cuando una persona a la que estamos unidos se separa de nosotros, sentimos como si se rompiera una cuerda y tenemos la sensación de caer al vacío. Gritamos para que alguien nos oiga y pueda volver a atar esa cuerda.
La separación de quien amamos va acompañada de
emociones que nos hacen sentir la «ausencia»: nos sentimos sin alguien.
Llevamos dentro un vacío que nadie puede llenar. Es inútil intentar llenarlo:
el vacío está ahí.
En el momento de la separación nos revelamos tal y
como somos. Es ahí donde sale a la luz cómo hemos vivido ese vínculo. Es ahí
donde se ve cuánto hemos amado. Es ahí donde afloran nuestros miedos, aquellos
que hasta entonces habíamos logrado ocultar.
Las palabras
de despedida son las palabras esenciales. Ya
no hay tiempo, quizá no tengamos otra oportunidad para decir lo que llevamos en
el corazón.
Este pasaje del Evangelio narra el momento de la
despedida de Jesús de sus discípulos.
Acaba de terminar la cena, la última. Es el momento de
decirse las cosas que importan. Y es el momento en el que afloran, sin control,
los miedos más profundos.
En primer lugar, el miedo a quedarnos solos. Necesitamos que nos tranquilicen.
En el mundo antiguo se solía partir un objeto en dos:
cada uno se quedaría con una mitad, hasta el día en que se volvieran a
encontrar para unir (syn-ballo, pongo junto, de donde viene la palabra
símbolo) esas dos partes.
Quizás conociendo nuestra falta de memoria y nuestro
desorden, Jesús no nos deja un pedazo que custodiar, sino que nos deja a sí
mismo por completo, nos deja el pan y el vino en los que reconocer su presencia
real, su cuerpo y su sangre. Precisamente en la Última Cena, de hecho, Jesús se
entrega para ser encontrado siempre, justo cuando los discípulos tienen miedo
de perderlo.
Las palabras de Jesús son tranquilizadoras: «os
llevaré conmigo»; «donde yo esté, allí estaréis vosotros».
Son las palabras de quien ve el miedo en el rostro de quienes se quedan.
No hay imagen
más tranquilizadora que la de la casa, de
hecho es allí donde Jesús nos espera: en la casa de mi Padre hay muchas
moradas. La casa es el lugar de la intimidad y de las relaciones. Jesús habla,
de hecho, de una casa en la que hay espacio. Una casa en la que ser acogidos.
Sabemos bien que, desde siempre, la casa es una representación de nosotros
mismos. De niños, una de las primeras cosas que empezamos a dibujar es la casa.
El niño se representa indirectamente a través de la casa.
En la casa del Padre, dice Jesús, siempre hay espacio.
Es decir, en la vida del Padre (y en la de Jesús, que es la misma vida) siempre
hay espacio. Su vida es acogedora, es una vida para los demás. Jesús les está
diciendo a sus amigos que siempre habrá espacio para ellos en su vida.
Cuando nos sentimos abandonados, nos acompaña también
la sensación de perdernos. La ausencia del otro hace que desaparezcan los
puntos de referencia. El otro es una dirección. Su ausencia nos sumerge en la
confusión: ¿qué haré ahora?
También Jesús se encuentra con la confusión de sus discípulos. Tomás busca un camino porque se siente perdido. A veces, sin embargo, cuando nos perdemos, lo único que podemos hacer es esperar a que alguien venga a buscarnos.
Tomás es la voz de la autonomía y la autosuficiencia:
le gustaría encontrar el camino por sí mismo, quiere ser el protagonista de su
camino, quiere demostrar que puede hacerlo solo. Jesús le invita a esperar y a
reconocer que «nadie puede venir al Padre sino por mí». Jesús es el camino.
Hay que quedarse ahí, en el camino, y dejarse encontrar por el pastor que va en
busca de sus ovejas.
Cuando nos sentimos
abandonados, tenemos la impresión de quedarnos huérfanos.
Felipe quiere ver al padre, necesita reencontrar su
origen, sus raíces, su historia. Buscar al padre significa buscar quién soy, mi
identidad, de dónde vengo. El padre es quien nos entrega una herencia y nos
permite construirnos un futuro.
Sentirse abandonado significa no ver ya la posibilidad
de un mañana. Sentirse huérfano significa sentirse privado del futuro, no solo
del pasado.
Quizás por eso Jesús tiene, en este pasaje, palabras
de padre: «haréis cosas más grandes que yo». Son las palabras que todo
hijo querría oír de su padre.
Al igual que los
discípulos, también nosotros nos vemos atravesados por estos temores.
De hecho, la vida nos llama continuamente a
desprendernos, a despedirnos, a decir adiós o a pasar página. Pero en cada uno
de estos momentos nunca estamos solos, aunque la tentación siempre intente
convencernos de que estamos solos, perdidos y huérfanos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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