Camino, Verdad y Vida - San Juan 14, 1-12 -
En Él habita la plenitud de Dios porque Él y el Padre son uno.
No como uno de los tantos maestros, respetables y
santos, que nos entrega la historia de la humanidad.
Sino como el Maestro definitivo. Aquel que, por amor,
nos conduce a la plenitud de nosotros mismos en Dios Padre.
Tomás escucha. El más grande entre los creyentes, el
primero de los creyentes, se siente sin embargo desconcertado, incómodo.
¿Cómo? Es la
pregunta que quienes, como yo, han tenido el privilegio de dedicar su vida a la
interioridad, se sienten interpelados a responder tantas veces. Una pregunta
que yo mismo me he planteado y que me planteo a diario.
Y la respuesta es siempre la misma, y nos la da Jesús.
Camino
Ser cristianos, a veces lo olvidamos, significa ser de Cristo, seguir a
Jesús, imitar a Jesús, confiar en Él. Conocerlo, ante todo, y dejarnos amar.
Acercarnos a su palabra en la meditación, buscarlo en la oración personal y
comunitaria, reconocerlo en el rostro del hermano pobre.
El cristianismo es una propuesta de cambio radical de
nuestra forma de ver el mundo. Y a Dios.
Y lo hacemos escuchando y siguiendo al Maestro.
En un mundo repleto de comentaristas y pequeños
líderes que gritan unos contra otros, Jesús se señala a sí mismo como el
camino, la puerta por la que las ovejas pueden salir de los tantos recintos
(¡incluso religiosos!) en los que nos han encerrado.
Convertirse en cristiano significa amar como Jesús
amó, seguir el camino, que no es un conjunto de bonitas nociones, sino una
persona.
Es curioso: muchos proponen la fe como un monolito de
cosas en las que creer o de comportamientos rígidos que hay que mantener.
Jesús, en cambio, nos dice que toda nuestra vida es un camino, hecho de sudor y
cansancio, de pausas reconfortantes y de paisajes impresionantes.
Lo importante es no estar resignados y muertos, ni
siquiera en la fe. Sino siempre dispuestos a caminar, a conocer, a curiosear, a
saber, a evolucionar.
Al igual que en el amor humano, si la fe no se cultiva, se marchita.
Verdad
Jesús es la verdad.
Una verdad que existe y que pide ser acogida en un
mundo que niega la posibilidad misma de que exista una verdad (excepto una:
¡que no existe ninguna verdad!), o que reduce la verdad al nivel de una
opinión, en un sentido erróneo de tolerancia, poniendo todo y a todos en el
mismo plano, como si la libertad significara que ya nada es auténtico.
En un mundo que lo relativiza todo, Jesús, con
determinación pero sin arrogancia, con autoridad pero sin prepotencia, pretende
conocer la verdad sobre Dios y sobre los hombres.
Al hombre contemporáneo que, como Pilato, juega a ser
cínico y pregunta «¿qué es la verdad?», la Iglesia proclama no una doctrina, sino,
de nuevo, una persona. Jesús es la verdad, dice la verdad, nos conduce a la
verdad.
Y la verdad es evidente, se impone, no tiene que
convencer. Pero solo un corazón honesto, desencantado y razonable es capaz de
captarla.
Lo que se invita al buscador de Dios a hacer es
comprometerse de verdad, hasta el fondo, no hacer trampa, no ser perezoso, sino
buscar, permanecer abierto y dispuesto al crecimiento intelectual e interior.
Y, si es posible, dedicar algo de energía al conocimiento: ¡ya no se puede más
de un cristianismo aproximativo y solo emocional!
Vida
Quien ha descubierto a Jesús en su camino puede
afirmar con absoluta verdad que el Señor le ha dado la vida.
Existe una vida biológica que también puede ser
significativa y apasionante.
Pero una vida interior, espiritual, amplía el
horizonte, nos sitúa en un proyecto del que estamos llamados a formar parte,
nos cambia radicalmente la vida biológica, llenándola de una alegría íntima,
profunda, eterna.
Jesús es la vida y da la vida, y el cristiano ama la
vida y la da.
Aunque la propia vida esté magullada o dolorida, el
discípulo sabe que es un gigantesco proyecto de amor el que se está
manifestando en nuestro mundo.
Ahora sabemos, como Tomás. También nosotros, como él,
debemos pasar bajo la epifanía de Jesús en la cruz para comprender la plenitud
de estas palabras. Y también hay que atravesar el mar de la incredulidad y de
la prueba. Pero después, lo sabemos, el Resucitado está ahí esperándonos.
Y es el momento (¡Este! ¡Ahora! ¡Ya!) de tomar
conciencia de que la Iglesia que construiremos es una nación de santos y
profetas, de sacerdotes, de pontífices. Es decir, nosotros los bautizados,
todos, sin esperar a que otros asuman este papel. Sacerdotes, haciendo sagrado
cada gesto que realizamos. Pontífices, es decir, tendiendo un puente entre Dios
y los hombres en Cristo. Profetas, es decir, capaces de leer la Historia a la
luz del Resucitado. Es hora de creer, no de ceder.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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