Palabras de despedida de Jesús - San Juan 14, 1-12 -
«No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí».
Lo intentamos, Señor, con todas nuestras fuerzas, con
nuestra poca fe. Lo intentamos, pero nos cuesta.
Es un tiempo difícil, sin duda, lo es para todos, tras
tantos inicios de tantas guerras, con un sueldo que ya no alcanza, una ira
creciente en las palabras de la gente,...
Y es aún más difícil para quienes, desde hace tiempo,
se han comprometido acogiendo el Evangelio, construyendo comunidades y
eligiendo amar. Porque, aunque nos lo hayamos repetido durante décadas, este es
el tiempo de las tinieblas, del escándalo dentro de la Iglesia, del desprecio
en el rostro de tantas personas cuando hablan de los cristianos, de comunidades
que se vacían tras décadas en las que pensábamos que nada podía (de verdad)
cambiar radicalmente.
El miedo llama a la puerta. Miedo al futuro, a la
muerte, a la soledad, a la pobreza.
Y nostalgia. Enorme. A ratos insoportable.
Sobre todo para quienes vivieron la primavera del
Concilio Vaticano II.
Estas son las palabras que brotan del corazón de cada
creyente en estos días, aunque sea tiempo pascual en el que convertirse a la
alegría.
Lamentos que se convierten en oración, en el deseo
sincero y cristalino de ir más allá.
Entonces nos damos cuenta de que el Maestro pronunció
estas palabras pocas horas antes de ser arrestado.
Y todo cambia.
Entramos en el misterio. Las palabras se apagan.
Nos ponemos a escuchar.
Son sus últimas palabras antes de morir.
Palabras que marcan una vida. La suya. La nuestra.
Palabras que sorprenden por su fuerza, por la calma,
por el sereno abandono en manos del Padre conocido y amado.
Es Él quien nos tranquiliza. Debería ser al revés,
sobre todo en ese momento.
Pero Jesús es así. Piensa primero en los demás que en
sí mismo. Piensa primero en mí. Nos pide (me pide) que no tengamos miedo.
Y utiliza el verbo que indica el temor que provoca la
tormenta.
Porque así es: nos sacuden las altas olas que parecen
arrollar la frágil cáscara de nuez que es nuestra vida.
Y, sin embargo…
Sus últimas palabras son claras, nítidas, alentadoras:
Dios nos quiere a su lado y Jesús nos lleva al Padre.
Dios nos quiere a su lado. Pero no mágicamente, no
como quien obtiene una recomendación inesperada, una patada en el trasero para
sentarse junto al Padre.
Nos quiere a su lado como un imán que atrae el hierro.
Porque en nosotros habita la presencia de Dios, esa
magnífica chispa luminosa que Él ha depositado en nuestra alma, que es nuestra alma. Esa chispa
divina que estamos llamados a reconocer, a dejar que arda, a contagiar.
Y para aprender tenemos un Maestro: Jesús.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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