Jesús, sacramento del Padre - San Juan 14, 1-12 -
Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Jesús no responde: «Yo “conozco bien” el camino y ahora os lo describiré y luego os daré las coordenadas»; sino que dice: Mírame, Tomás, yo soy el camino.
El camino hacia Dios, hacia el corazón cálido de la
vida, es la vida de Jesús. Mira a Jesús, cómo vive, cómo se conmueve y se deja
conmover, cómo sale al encuentro, cómo muere, y comprenderás a Dios y la vida.
Y si quiero entrar en ese misterio, pondré mis pasos
sobre los suyos, preferiré a quienes Él prefería, renovaré con los míos sus
elecciones, me moveré solo siguiendo su estrella polar. Jacques Maritain pone
en boca de Jesús esta invitación: «No me busquéis en un lugar, sino allí donde
amo y soy amado».
Yo soy la verdad. Cómo vivo es el verdadero vivir, cómo me comporto con los pequeños y
con las mujeres, con los pobres de Cristo y con los Pilatos de turno, con los
pájaros y con las flores del campo, con el Padre y la última oveja... La verdad
está hecha de carne, ayer besada, dentro de poco desgarrada.
Verdad desarmante es su moverse libre, regio y amoroso
entre las criaturas. Nunca arrogante y siempre sin concesiones. Recto y seguro.
La verdad es valiente y amable. Cuando, en cambio, es
arrogante y carece de ternura, es una enfermedad que nos hace a todos enfermos
de violencia. La verdad dura, despótica, gritada con palabras de piedra «es así
y punto», no es la voz de Dios. ¡Dios es verdad amable, de ojos y manos
encendidos!
Yo soy la vida. Palabras que ninguna explicación puede agotar. ¿Qué tienes que ver
conmigo, Jesús de Nazaret? La respuesta es una pretensión excesiva y
desconcertante: yo doy vida.
Yo soy la vida. Entonces, cuanto más Evangelio entra en mí, más vida se suma a la
vida. Esa vida que se opone al impulso de muerte, a la autodestrucción que
cultivamos en nosotros, a los miedos, a la esterilidad de una vida inútil.
Vida es todo lo que podemos poner bajo este nombre:
futuro, amor, hogar, fiesta, descanso, deseo, Pascua, felicidad. Por eso la fe
y la vida, lo sagrado y la realidad, tienen la misma fuente, y coinciden.
Los gestos y las palabras de Jesús son energía capaz
de astillar las duras corazas, de hacer florecer la corteza enferma de la
historia, de hacernos soñar con una tierra nueva y unos cielos nuevos, si y
cuando su ternura atraviesa nuestras manos.
El misterio de Dios no está lejos de ti, está en tu
vida: vive en tu nacimiento, en tu amor, en tu duda, en tu fe, en tu pérdida,
en tu ilusión, en tu audacia, en tu generación... En cada uno de tus amores es
Él quien ama. El misterio de Dios no está lejos, sino que es el camino que
subyace a nuestros pasos.
Si Dios es la vida, entonces hay santidad en la vida,
vivimos la santidad de vivir. Por eso, fe y vida, espiritualidad y realidad no
se oponen, sino que se encuentran y se besan, como en los Salmos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario