Poner los ojos fijos en Jesús - San Juan 14, 1-12 -
Yo soy el camino, la verdad y la vida. Palabras inmensas, que resuenan por todas partes.
Yo soy el camino, soy la ruta, que es mucho más que una estrella polar que indica,
pálida y lejana, la dirección. Es algo cercano, sólido y fiable donde apoyar
los pies; el terreno, pisado por las huellas de quienes han pasado y han ido
más allá, y que te asegura que no estás solo.
El camino es libertad, nacida del valor de salir y
partir, caminando al ritmo humilde y tenaz del corazón. Jesús no dijo ser la
meta ni el punto de llegada, sino el camino, el punto de movimiento, el viaje
que hace que las vidas se levanten, para que no se queden en el suelo, no se
rindan y vean que un primer paso siempre es posible, en cualquier situación en
que se encuentren.
En la base de la civilización occidental, la historia
y el mito han colocado dos viajes inspiradores: el de Ulises y su aventurero
regreso a Ítaca, cuyo símbolo es un círculo; el viaje de Abraham, que parte
para no volver jamás, cuyo símbolo es una flecha.
Jesús es el camino que se sitúa del lado de la flecha,
para significar no el simple regreso a casa, sino un viaje infinito, hacia
cielos nuevos y una tierra nueva, hacia un futuro por crear.
Yo soy la verdad: no dice «yo conozco» la verdad y la enseño; sino «yo
soy» la verdad. Verdad es un término que tiene la misma raíz latina que
primavera (ver-veris). Y quiere indicar la primavera de la criatura, la
vida que brota y da capullos; una estación que llena de flores y de verde el
frío de nuestros inviernos.
La verdad es lo que hace florecer las vidas, según la
primera de todas las bendiciones: creced y multiplicaos. La verdad es Jesús,
autor y guardián, cultivador y perfeccionador de la vida. La verdad eres tú
cuando, como Él en ti, cuidas y custodias, secas una lágrima, te detienes junto
al hombre apaleado por los bandidos, pones aromas de primavera en una
existencia.
Yo soy la vida. Esa es la petición más extendida de la Biblia («¡Señor, hazme vivir!»),
es la súplica más clamada por Israel, que fue a buscar lejos, muy lejos, el
grito de todos los desesperados de la tierra y lo recogió en los salmos.
La respuesta al grito es Jesús: Yo soy la vida, que se
opone al impulso de muerte, a la violencia, a la autodestrucción que
alimentamos en nuestro interior. Vida es todo lo que podemos poner bajo este
nombre: futuro, amor, hogar, fiesta, descanso, deseo, Pascua, generación,
abrazos.
El misterio de Dios no está lejos, sino que es el
camino que subyace a nuestros pasos. Si Dios es la vida, entonces hay santidad
en la vida, vivimos la santidad de vivir. Por eso, fe y vida, lo sagrado y la
realidad no se oponen, sino que se encuentran y se besan, como en los Salmos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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