miércoles, 22 de abril de 2026

Poner los ojos fijos en Jesús - San Juan 14, 1-12 -.

Poner los ojos fijos en Jesús - San Juan 14, 1-12 -

Yo soy el camino, la verdad y la vida. Palabras inmensas, que resuenan por todas partes.

 

Yo soy el camino, soy la ruta, que es mucho más que una estrella polar que indica, pálida y lejana, la dirección. Es algo cercano, sólido y fiable donde apoyar los pies; el terreno, pisado por las huellas de quienes han pasado y han ido más allá, y que te asegura que no estás solo.

 

El camino es libertad, nacida del valor de salir y partir, caminando al ritmo humilde y tenaz del corazón. Jesús no dijo ser la meta ni el punto de llegada, sino el camino, el punto de movimiento, el viaje que hace que las vidas se levanten, para que no se queden en el suelo, no se rindan y vean que un primer paso siempre es posible, en cualquier situación en que se encuentren.

 

En la base de la civilización occidental, la historia y el mito han colocado dos viajes inspiradores: el de Ulises y su aventurero regreso a Ítaca, cuyo símbolo es un círculo; el viaje de Abraham, que parte para no volver jamás, cuyo símbolo es una flecha.

 

Jesús es el camino que se sitúa del lado de la flecha, para significar no el simple regreso a casa, sino un viaje infinito, hacia cielos nuevos y una tierra nueva, hacia un futuro por crear.

 

Yo soy la verdad: no dice «yo conozco» la verdad y la enseño; sino «yo soy» la verdad. Verdad es un término que tiene la misma raíz latina que primavera (ver-veris). Y quiere indicar la primavera de la criatura, la vida que brota y da capullos; una estación que llena de flores y de verde el frío de nuestros inviernos.

 

La verdad es lo que hace florecer las vidas, según la primera de todas las bendiciones: creced y multiplicaos. La verdad es Jesús, autor y guardián, cultivador y perfeccionador de la vida. La verdad eres tú cuando, como Él en ti, cuidas y custodias, secas una lágrima, te detienes junto al hombre apaleado por los bandidos, pones aromas de primavera en una existencia.

 

Yo soy la vida. Esa es la petición más extendida de la Biblia («¡Señor, hazme vivir!»), es la súplica más clamada por Israel, que fue a buscar lejos, muy lejos, el grito de todos los desesperados de la tierra y lo recogió en los salmos.

 

La respuesta al grito es Jesús: Yo soy la vida, que se opone al impulso de muerte, a la violencia, a la autodestrucción que alimentamos en nuestro interior. Vida es todo lo que podemos poner bajo este nombre: futuro, amor, hogar, fiesta, descanso, deseo, Pascua, generación, abrazos.

 

El misterio de Dios no está lejos, sino que es el camino que subyace a nuestros pasos. Si Dios es la vida, entonces hay santidad en la vida, vivimos la santidad de vivir. Por eso, fe y vida, lo sagrado y la realidad no se oponen, sino que se encuentran y se besan, como en los Salmos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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