El libro abierto de Dios: Jesús - San Juan 14, 1-12 -
No se turbe vuestro corazón, tened confianza.
La invitación del Maestro a adoptar estas dos
actitudes fundamentales como base de nuestra relación de fe: un «no»
rotundo al miedo y un «sí» rotundo a la confianza. Dos
actitudes del corazón que son también la base de cualquier relación fecunda,
armoniosa y auténtica con toda forma de vida. Cada mañana, al despertar, un
ángel repite a cada uno estas dos palabras: no tengas miedo, ten confianza.
Todos nos humanizamos a través de relaciones de
confianza, empezando por nuestros padres; nos convertimos en adultos porque
construimos un mundo de relaciones humanas edificadas no sobre el miedo, sino
sobre la confianza.
La fe religiosa (acto muy humano, vital, que tiende a
la vida) se basa en el acto humano de creer, y si hoy está en crisis, esto ha
sucedido porque ha entrado en crisis el acto humano de confiar en los demás, en
el mundo, en el futuro, en las instituciones, en el amor. En un mundo de
confianza renovada, también la fe en Dios encontrará un nuevo aliento.
Yo soy el camino, la verdad y la vida. Tres palabras inmensas. Que ninguna explicación
puede agotar.
Yo soy el camino: el camino para llegar a casa, a Dios, al corazón, a los demás; un
camino ante el cual no se alza un muro ni una barrera, sino horizontes
abiertos. Yo soy el camino que no se pierde, sino que va hacia la
historia más ambiciosa del mundo, el sueño más grandioso jamás soñado, la
conquista —para todos— del amor y la libertad, de la belleza y la comunión: con
Dios, con el cosmos, con el hombre.
Yo soy la verdad: no en una doctrina, ni en un libro, ni en una ley mejor que las
demás, sino en un «yo» está la verdad, en Jesús, que vino a mostrarnos el
verdadero rostro del hombre y el rostro de amor del Padre.
La verdad son ojos y manos que arden. Así es Jesús:
enciende ojos y manos. La suya es una vida que se mueve libre, majestuosa y
amorosa entre las criaturas. El cristianismo no es un sistema de pensamiento o
de ritos, sino una historia y una vida.
Yo soy la vida. ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús? La respuesta es una pretensión
incluso excesiva, incluso desconcertante: yo doy vida.
Palabras enormes, ante las cuales siento vértigo. Mi
vida se explica con la vida de Dios. En mi existencia, cuanto más Dios, tanto
más yo. Cuanto más Evangelio entra en mi vida, más vivo estoy. En el corazón,
en la mente, en el cuerpo. Y se opone al impulso de muerte, a la destructividad
que alimentamos dentro de nosotros con nuestros miedos, madre de la
esterilidad.
Finalmente interviene Felipe: Muéstranos al Padre, y nos basta.
Es hermoso que los Apóstoles pregunten, que quieran comprender, como nosotros.
Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Mira a Jesús, mira cómo vive, cómo ama, cómo acoge,
cómo muere, y comprenderás a Dios, y la vida se ensanchará.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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