La liturgia de Emaús - San Lucas 24, 13-35 -
El Evangelio de Emaús se desarrolla, como una gran liturgia, en tres momentos: la liturgia del camino, de la palabra y del pan.
La liturgia del camino. Emaús se encuentra a dos horas de camino de
Jerusalén, dos horas que pasaron hablando de aquel sueño en el que tanto habían
depositado sus esperanzas, un sueño que naufragó en la sangre.
Caminan, bendecidos por el salmo 84, que dice:
«Bienaventurado el hombre que tiene senderos en el corazón».
Que tiene el valor de ponerse en camino. También la fe
es un caminar perpetuo, porque Dios mismo es una cima nunca conquistada, y el
infinito nos espera en la esquina de cada calle.
Pascua es la voz del verbo “pasar”. Hace Pascua quien
construye pasos donde hay muros y barreras, quien abre brechas, quien inventa
caminos que nos lleven unos hacia otros y juntos hacia Dios.
Y he aquí que Jesús se acercó y caminaba con ellos. Un
Dios esparcido por todos los caminos, un Dios revestido de humanidad, un Dios
de los caminos, continuamente en busca de nosotros.
La liturgia de la palabra. Les explicaba las Escrituras, mostrando que Jesús
debía sufrir: la sublime locura de la Cruz es la palabra definitiva que todo
cristiano debe custodiar, transmitir, escrutar, comprender, rezar.
Jesús hace comprender que la Cruz no es un accidente,
sino la plenitud del amor, que cambia la comprensión de Dios y de la vida.
Los dos caminantes descubren una verdad inmensa. La mano de Dios está posada allí donde parece imposible, precisamente donde parecía absurdo: en la cruz.
Una presencia tan oculta que parece ausente, mientras
que, en cambio, está tejiendo el hilo de oro del tapiz del mundo. No lo
olvidemos: cuanto más oculta está la mano de Dios, más poderosa es.
La liturgia del pan. Quédate con nosotros, porque ya es tarde.
Y Él se quedó con ellos.
Desde entonces, Jesús entra siempre, si tan solo lo
deseo. Se queda conmigo y me transforma, cambiándome tres cosas: el corazón,
los ojos, el camino.
La Palabra ha encendido el corazón, el pan abre los
ojos de los discípulos: lo reconocieron al partir el pan.
El signo de reconocimiento de Jesús es su Cuerpo
partido, vida entregada para alimentar la vida. La vida de Jesús fue una entrega
continua y apasionada. Hasta la cruz.
Por fin, la Palabra y el Pan cambian el camino, la
dirección, el sentido: partieron sin demora y regresaron a
Jerusalén.
Pero el primer milagro fue otro: ¿no nos ardía
el corazón mientras, por el camino, nos explicaba el sentido de las Escrituras
y de la vida?
Efrén el Siro atribuye a Jesús estas palabras: “¡quien
me
come, come fuego!” Recibir a Jesús es ser habitado por un calor, por
una llama, por el don intermitente, tal vez, pero fabuloso, del corazón
encendido.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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