La mística del Evangelio - San Juan 14, 15-21 -
Un Evangelio para místicos, ante el cual solo cabe
balbucear o callar llevándose la mano a la boca. La mística, sin embargo, no es
una experiencia reservada a unos pocos privilegiados, es para todos: «El
cristiano del futuro será místico o no será» - Karl Rahner -.
El pasaje se desarrolla a lo largo de siete versículos
en los que, siete veces, Jesús vuelve a proponer su mensaje: en el principio de
todo, en el fin de todo, un vínculo de amor. Y son palabras que rezuman unión,
cercanía, intimidad, cara a cara, cuerpo a cuerpo con Dios, en una divina
monotonía: el Padre os dará el Espíritu que permanezca con vosotros, para siempre;
que esté junto a vosotros, que estará en vosotros; yo mismo vendré a vosotros;
vosotros estaréis en mí, yo en vosotros; nunca seréis huérfanos.
Estar en, permanecer en: cada uno es un sarmiento que permanece en la vid, la
misma planta, la misma savia, la misma vida. Cada uno es una gota de la fuente,
una llama de la zarza, un aliento en su viento.
Si me amáis...
Un punto de partida tan libre, tan humilde. No dice: debéis
amarme, es vuestro deber preciso; ni tampoco: ¡ay de vosotros si no me amáis!
Ningún chantaje, ninguna coacción, puedes aceptar o puedes rechazar, en total
libertad.
Si me amáis, observaréis...
Amarlo es peligroso, sin embargo, te cambia la vida. Imposible
amarle impunemente sin pagar el precio en moneda de vida nueva: si me
amáis, seréis transformados en otra persona, os convertiréis en prolongación de
mis acciones, reflejo de mi mirada.
Si me amáis, observaréis mis mandamientos, no por obligación, sino por fuerza interna; tendréis
la energía para actuar como yo, para adquirir un sabor de cielo y de buena
historia, de enemigos perdonados, de mesas repletas, y luego de pequeños
abrazados.
No por deber, sino como expansión hacia el exterior de
una energía que ya presiona en el interior —y es el amor de Dios— como la savia
de la vid en primavera, cuando presiona sobre la corteza seca de los sarmientos
y los abre, y sale en forma de yemas, de hojas, de racimos, de flores.
El cristiano es así: un amado que se convierte en
amante. En el amor, el hombre asume un rostro divino, Dios asume un rostro
humano.
Los mandamientos de los que habla Jesús no son los de
Moisés, sino los suyos, vividos por Él. Son la concreción, la crónica del amor,
los gestos que resumen su vida, que al verlos no te puedes equivocar: es
realmente Él.
Él, que se pierde tras la oveja perdida, tras los
publicanos, las prostitutas y las viudas pobres; que hace de los niños los
conquistadores de su reino; que ama primero y hasta perder el corazón. No os
dejaré huérfanos. Yo vivo y vosotros viviréis.
Vivimos de la vida recibida y luego de la vida
transmitida. Nuestra vida biológica debe alimentarse continuamente; pero
nuestra vida espiritual vive cuando alimenta la vida de alguien. Yo vivo de la
vida donada.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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