miércoles, 22 de abril de 2026

No tengáis miedo - San Juan 14, 1-12 -.

No tengáis miedo - San Juan 14, 1-12 -

En la casa del Padre hay muchas moradas.

 

La primera imagen que nos presenta el Evangelio es la de una casa. Hay un lugar que está en el origen de todo, un lugar cálido, familiar, que me pertenece, una casa —no un templo— cuyo secreto basta para consolar el corazón: «No se turbe vuestro corazón».

 

Allí habita alguien que no puede imaginarse sin nosotros y nos quiere a su lado. El amor conoce muchos deberes, pero el primero es el de estar junto al amado. «El amor es la pasión de unirse con el amado» - Santo Tomás de Aquino -. Una pasión capaz de atravesar la eternidad. Es Dios mismo quien dice a cada uno de sus hijos: mi corazón solo está en casa junto al tuyo.

 

Señor, ¿cómo se llega allí? Yo soy el camino. La Biblia está llena de caminos, de vías, de senderos, llena de futuro y de esperanza: ante el hombre no hay un único camino, sino un abanico de caminos. Jesús especifica: «Yo soy el camino».

 

No hay, pues, un sendero, sino una persona a la que seguir: seguir sus huellas, imitar sus gestos, preferir a las personas que él prefería, oponerse a aquello a lo que él se oponía, renovar sus elecciones. Su camino conduce a una nueva forma de cuidar la tierra y el corazón.

 

Yo soy la verdad. El cristianismo no es una doctrina ni un sistema de pensamiento, sino una persona, y su modo de moverse libre, regio y amoroso entre las cosas. La verdad es lo que arde. Las manos y los gestos de Jesús que arden en una vida inseparable del amor, que antepone al hombre al sábado, a la persona a la verdad, que hace la verdad con amor: la verdad sin amor es una enfermedad de la historia, una enfermedad de la vida que nos hace a todos enfermos de intolerancia.

 

Yo soy la vida. Yo soy la fuente, el camino y la meta de la vida. Palabras enormes, que ninguna explicación puede agotar ni acotar. Palabras ante las que siento vértigo: el misterio del hombre solo se explica con el misterio de Dios. Mi vida solo se comprende con la vida de Jesús.

 

En mi existencia hay una ecuación: más Dios equivale a más yo; si Dios no es, yo no soy. Cuanto más Evangelio entra en mi vida, más vivo. Hasta afirmar, como San Pablo: para mí, vivir es Cristo.

 

Vida es todo lo que podemos poner bajo este nombre: futuro, amor, hogar, pan, fiesta, descanso, deseo, Pascua.

 

Por eso lo espiritual y lo real coinciden, la fe y la vida, lo sagrado y la realidad tienen la misma fuente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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