La revelación de Jesús - San Juan 14, 1-12 -
Os llevaré conmigo, para que estéis donde yo estoy.
Hay un lugar que está en el origen de todo, una casa
cuyo secreto basta para consolar el corazón. Allí habita Alguien que nos
anhela, que nos echa de menos, que no puede imaginarse sin nosotros y nos
quiere a su lado. De este lugar parte la ola que viene a agitar nuestra
historia.
Señor, no sabemos dónde está, ¿cómo se llega allí?
Jesús responde: yo soy el camino. El camino para
acceder a Dios es la vida de Jesús, que debo recorrer con la mía: realizar sus
gestos, preferir a quienes Él prefería, renovar sus elecciones, avanzar
únicamente en esa dirección, porque de lo contrario no llegaré, la indicada por
el propio Jesús: os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros
(Jn 13,34). El camino resumido por Jacques Maritain así: no me busquéis en
ningún lugar, sino allí donde amo y soy amado.
Yo soy la verdad, soy la revelación del rostro de Dios y del rostro del hombre. La
verdad no es una definición o una idea, sino una persona; alguien que ha visto
que Dios es amor y que su ternura pasa por nuestras manos. Si la verdad es una
palabra, las sílabas de esta palabra son los gestos y las palabras de Jesús,
energía que sabe astillar las corazas duras, que hace florecer la corteza
triste de la historia.
Yo soy la vida. Palabras enormes que ninguna explicación puede agotar. Dicen que
cuanto más Evangelio entra en mi vida, más vivo estoy; dicen que el misterio
del hombre solo se comprende con el misterio de Dios. Que lo más grande y más
serio que Dios propone es su propia vida, la vida eterna.
¡Muéstranos al Padre y nos basta! Hace tanto tiempo que estoy con vosotros...
Ahora aparece la tristeza en las palabras de Jesús.
Siento su decepción: ¿llevas tantos años siendo cristiano y aún no me conoces?
No lo conozco, ni tampoco conozco ese hambre tangible, esa nostalgia que hace
decir a Felipe: ¡me basta con verte!
Quien me ve, ve al Padre. Pero, ¿cómo ver a Jesús?
Cada palabra del Evangelio escuchada, saboreada,
asimilada imprime en mí el rostro de Jesús.
Cada gesto, cada parábola saboreada grano a grano,
dibuja y colorea un trazo del icono de Cristo en lo más profundo del corazón.
Doy gracias al Padre porque es un Dios oculto, un Dios
velado. Porque esto es necesario para el amor, es la garantía de mi libertad.
Si Dios fuera visible, aquí y ahora, a mi lado, ¿qué elección, qué libertad tendría? Ninguna. A un Dios inevitable no se le ama, solo se le puede obedecer y temer. Quien se apodera de nuestras vidas no suscita asombro ni canto. Pero Dios quiere ser amado y no temido por estos pequeños.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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