Otra Pascua a la confesional cristiana
¿Cuál es nuestro interés-ideal común que hoy nos convierte en socios entre nosotros, y por tanto en capaces de formar verdaderamente una sociedad? ¿Cuáles son los ritos que lo celebran, lo actualizan y lo transmiten a los más jóvenes?
Naturalmente, cada uno responderá a esta pregunta tan
esencial para nuestro presente y nuestro futuro desde su propio punto de vista:
imagino que algunos señalarán la Constitución, otros la fe católica, otros los
derechos humanos o la Unión Europea, otros todas estas realidades juntas, otros
quién sabe qué más, otros negarán la presencia de un interés-ideal común y
describirán nuestra vida ya no como una sociedad en cuanto conjunto de socios,
sino como una masa anónima y desorganizada de competidores.
Lo que, en mi opinión, hay que descartar sin duda es
que la Pascua cristiana siga constituyendo, tanto como creencia como en cuanto
a rito, ese nexo común que durante muchos siglos representó para nuestra
sociedad y, en general, para Occidente, como se deduce simplemente al
contemplar nuestras ciudades.
La Pascua cristiana ya no es lo que une y conecta a los occidentales posmodernos, tal vez destinados a convertirnos en poshumanos en la era de la inteligencia artificial y la robótica.
Se puede creer o no en lo que presenta la fiesta de
Pascua, es decir, la historia final de la existencia de Jesús de Nazaret,
llamado el Cristo y proclamado por otros (san Pedro y san Pablo en primer
lugar) como el Hijo de Dios descendido del cielo expresamente para morir por
nosotros en la cruz, y resucitado al tercer día.
Pero lo que no hay que creer, sino, mucho más
radicalmente, solo «sentir» porque está grabado en nuestro interior y se manifiesta
en el «sentimiento», es nuestra humanidad enfrentada al dolor y a la
posibilidad de superarlo: este es el sentido existencial y universal de la
muerte y la resurrección que cada ser humano experimenta por sí mismo, en
primera persona del singular.
Y digo «superar el dolor» pensando en esa
superación tanto en sentido físico, es decir, apaciguándolo y sanándolo, como
en sentido espiritual, es decir, encontrándole un sentido y un horizonte más
amplio en el que inscribirlo. Este es el interés-ideal común de todo ser
humano, de todos los tiempos y de todos los lugares.
En el pasado teníamos una «religio» que nos hacía
celebrarlo y que nos unía: ahora ya no. Creo que esta es la mayor pobreza de
nuestro tiempo, «que se ha vuelto tan pobre que no puede reconocer la falta de Dios como
una falta», como lo describió eficazmente Martin Heidegger.
De vez en cuando, sin embargo, el arte, la música,…, y otras experiencias espirituales profundas nos devuelven ante lo esencial - “Instrumentos del Alma” (en Vic, Barcelona) es un ejemplo de ello -.
Y entonces
volvemos a experimentar el misterio encerrado en nuestro interior y la alegría
de celebrarlo desde cualquier espiritualidad religiosa o no y desde toda mística creyente o laica.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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