El Buen Pastor da la vida
Mis ovejas escuchan mi voz. Escuchar es nuestro primer trabajo, el primer servicio que debemos prestar a Dios y al prójimo, la primera forma de dar al otro, ya sea Dios o un hermano, la evidencia de que existe, de que es importante para mí. Amar es escuchar.
Pero, ¿cómo reconocer su voz? Como hacía María, guardándola y meditándola en el corazón.
Los hombres se llaman de un silencio a otro, se buscan de una soledad a otra. Y cada voz viene de fuera. Pero Tú, Tú eres una Voz que resuena en medio del alma.
En muchos dialectos ni siquiera existe el verbo obedecer, sustituido por el verbo escuchar. Cuántas veces se repite el lamento de los padres: ese hijo no escucha; ese chico ya no escucha a nadie. Y quieren decir: ya no obedece a nadie. Es el mismo lamento de Dios que llena la Biblia: ¡Escucha, Israel! Escuchar significa obedecer.
En el Evangelio hay una desproporción, en nuestro beneficio, entre lo que Jesús hace por nosotros y lo que nosotros debemos hacer para corresponder a su don. Y es más importante, por una vez, detenernos en lo que Jesús promete. Se hace tan raramente.
Todos nos recuerdan continuamente la obligación, el compromiso, el esfuerzo de hacer fructificar los talentos, de poner en práctica los mandamientos, y muchos cristianos corren el riesgo de desanimarse por las muchas veces que no lo consiguen.
Entonces es bueno, es saludable para el alma, respirar la fuerza que nace de estas palabras de Jesús: Yo les doy la vida. La vida de Dios está dada, presente en nuestro interior como una humilde semilla, que comienza a moverse en el corazón cada vez que nos acercamos un poco más a Jesús.
Nadie te arrebatará de mi mano. Nadie, ni ángeles ni hombres, ni la vida ni la muerte, ni el presente ni el futuro, nada podrá separarnos jamás del amor de Cristo (Rom 8,38).
La fuerza y el consuelo de esta palabra absoluta: nadie. Inmediatamente duplicada: nunca seremos arrebatados por nada.
Hay un verbo no en presente, sino en futuro que indica una historia completa, tan larga como el tiempo de Dios. El hombre es, para Dios, una pasión capaz de atravesar la eternidad.
Nadie nunca, de mi mano: manos que desplegaron los cielos y echaron los cimientos de la tierra, manos de alfarero sobre el barro del Edén, manos de creador sobre Adán dormido y nace —éxtasis del hombre— Eva; manos clavadas en la cruz por un abrazo que ya no puede terminar.
Nadie te separará de estas manos: son palabras para darnos valor. Como los gorriones, tenemos el nido en su mano. Como niños, nos aferramos con fuerza a esa mano que no nos dejará caer. Como crucificados, repetimos: en tus manos encomiendo mi vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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