La voz del Buen Pastor
«Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí» (Jn 10,14).
Las ovejas del Señor lo conocen y escuchan su voz. No es una orden que hay que cumplir, sino una voz amiga que hay que acoger. Escuchar es la hospitalidad de la vida. Para hacerlo hay que «abrir el oído del corazón».
La voz de quien te quiere llega a los sentidos del corazón antes que el contenido de las palabras, te envuelve y te penetra, porque pronuncia tu nombre y tu vida como nadie.
Es la experiencia de María Magdalena en la mañana de Pascua, de cada niño que, antes de conocer el sentido de las palabras, reconoce la voz de la madre y deja de llorar y sonríe y se inclina ante la caricia.
La voz es el canto amoroso del ser: ¡Una voz! ¡Mi amado! Aquí está, saltando por los montes, brincando por las colinas (Ct 2,8). Y antes de llegar, el amado pide a su vez el canto de la amada: hazme oír tu voz (Ct 2,14).
«Yo les doy vida eterna» (Jn 10,28). La vida se da, sin condiciones, sin barreras ni límites, incluso antes de mi respuesta; se da como una semilla poderosa, semilla de fuego en mi tierra negra. Linfa que día y noche sube por el laberinto infinito de mis brotes, para la floración del ser.
Dos tipos de personas compiten por nuestra atención: los seductores y los maestros. Los seductores son los que prometen una vida fácil, placeres fáciles; los verdaderos maestros son los que dan alas y fecundidad a tu vida, horizontes y un vientre hospitalario.
El Evangelio nos sorprende con una imagen de lucha: «Nadie me la quitará de la mano» (Jn 10, 28). La eternidad es estar en Sus manos.
También nosotros, discípulos que, como Él, queremos esperar y construir, dar vida y liberar, estamos llamados a asumir el papel de «Buen Pastor», es decir, fuerte, bello, verdadero, de una mínima grey que se nos ha confiado: la familia, los amigos, los hermanos,…, aquellos que confían en nosotros.
En la vida cotidiana, «dar la vida» significa, en primer lugar, dar nuestra voz hospitalaria, lo más raro y precioso que tenemos, ser todo para el otro, escuchar atentamente, no distraerse, mirar a los ojos. Esto es decirle: tú eres alguien, tú me importas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario