martes, 14 de abril de 2026

La provocación del Buen Pastor.

La provocación del Buen Pastor 

En Roma, en las catacumbas de Priscila, se encuentra un icono muy famoso del Buen Pastor: se trata de un fresco del siglo III d. C. que lo representa joven, con un cuerpo dinámico a pesar del peso del cordero que carga sobre sus hombros, rodeado de otras dos ovejas, dos árboles y dos palomas con un ramo de olivo en el pico -quizás una referencia al Paraíso-. 

Una imagen serena y tranquilizadora, que recuerda el salmo 22 (23): «El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace descansar; hacia tranquilas aguas me conduce, y me infunde nuevas fuerzas». 

La imagen del Buen Pastor estaba muy extendida en aquella época: no olvidemos que las primeras comunidades cristianas preferían no representar al Crucificado —imagen dolorosa—, pero amaban mucho la figura del Buen Pastor, tranquilizadora y reconfortante en la vida nada fácil a la que debían enfrentarse. Y, por otra parte, probablemente también hoy en día es una de las formas más extendidas de representar a Jesús, aparte del Crucificado. 

Y, de hecho, el icono del Buen Pastor es en cierto modo tranquilizador, pero también es exigente, porque es una provocación dirigida a todos los cristianos. Es una imagen que no debe ahogarse en matices idílicos. 

En el cuarto Domingo de Pascua, el Evangelio nos propone el pasaje dedicado precisamente a la parábola del Buen Pastor. Jesús se presenta («Yo soy») como aquel que recoge y defiende a sus ovejas, dispuesto sin vacilaciones a dar la vida por ellas. 

Y aquí vemos inmediatamente una primera razón por la que esta imagen es «incómoda»: es un mensaje tranquilizador para los suyos, pero polémico para los jefes de Israel. De hecho, subraya la diferencia entre el Buen Pastor y los «mercenarios», que hacen su trabajo hasta que se vuelve demasiado incómodo y abandonan el campo en cuanto ven acercarse al lobo, es decir, la amenaza, «que rapta y dispersa» a las ovejas. No es solo un relato de lo que puede suceder en los pastos, es una mordaz crítica a los fariseos que, según Ezequiel, «pastorean a sí mismos... y no a la manada» (Ez 34, 2). Los judíos, por otra parte, captan el mensaje, tanto es así que se enfadan y dicen que está endemoniado, loco. 

Un segundo motivo por el que esta es una imagen incómoda es que entonces los pastores no gozaban de gran prestigio social. Es decir, Jesús no solo elegirá una muerte infame -en la cruz-, sino que se presenta como una persona que hace un trabajo humilde, maloliente, pobre. No busca poder ni prestigio, no quiere presentarse como un líder que se pone al frente de su pueblo, sino como un padre que cuida de sus hijos, que por ellos está dispuesto incluso a dar la vida. 

La esencia es que quien se interesa demasiado por sí mismo no puede cuidar de los demás, Jesús, en cambio, está totalmente disponible, por eso quien está cerca de él puede encontrar descanso y ayuda. La relación entre las ovejas y el pastor es, de hecho, una relación de conocimiento mutuo: el pastor conoce a cada oveja y las ovejas lo conocen a él, hasta el punto de seguirlo incluso fuera del redil solo con el sonido de su voz: «Cuando ha sacado a todas sus ovejas, va delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Pero un extraño no lo seguirán; más bien, huirán de él porque no conocen la voz de los extraños» (Jn. 10, 4-5). Una relación que refleja la que existe entre el Padre y el Hijo y que se basa en escuchar y estar juntos. 

Y aquí encontramos el tercer motivo por el que la imagen del Buen Pastor es incómoda, casi un desafío. El verdadero regalo que Jesús hace a los suyos, de hecho, es el de crear comunidad: «escucharán mi voz y se convertirán en una sola grey», a pesar de los lobos que intentan dispersarla. Pero no se trata de una comunidad encerrada en su propio recinto, que permanece a salvo excluyendo y condenando a quienes no forman parte de ella, sino de una comunidad dispuesta a caminar junto a otros: «Tengo otras ovejas que no provienen de este recinto: también a ellas debo guiar». 

Tradicionalmente, el del Buen Pastor es un modelo que se aplica a los Obispos y presbíteros, a quienes se les pide que se comprometan a cuidar de sus fieles tanto en los momentos hermosos y significativos de la vida como en los difíciles. Pero en realidad este modelo concierne a todos los que tienen responsabilidades en la Iglesia, es decir, en una Iglesia que es comunión, concierne prácticamente a todos: catequistas, animadores, padres, abuelos, voluntarios, consagrados... todos tenemos una pequeña grey -quizás formada solo por un puñado de amigos y hermanos- de la que debemos cuidar. 

Por lo cual, ser buenos pastores dando gratis lo que gratos se ha recibido, poniéndose a los pies, dando la propia vida... significa entrega (del propio tiempo, de los propios pensamientos, del propio afecto...). Y este es el cuarto motivo por el que esta parábola es incómoda. 

Y entonces surge la pregunta: ¿cómo se llega a ser un Buen Pastor? Pero eso es otro tema… 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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