Del diario de
un ciego de nacimiento y sin nombre al que Jesús le otorgó la vista - San Juan 9,
1-41 -
Y lo que veo es un mundo de ciegos.
Fue Él quien aquel día me vio desde lejos, yo no
podía, Él estaba con sus discípulos, yo estaba solo, encerrado en esa oscuridad
que me sellaba los ojos, ciego de nacimiento, nunca había podido ver ni
siquiera la sombra de una luz.
Era ciego, lo había aceptado como se acepta el
destino. Era ciego, una definición tranquilizadora para muchos, una etiqueta
más que suficiente para catalogarme y darme un lugar, marginal, en el mundo.
Era ciego y eso bastaba para decirlo todo de mí, no
hacía falta nada más, cada hombre tiene en su corazón la misteriosa tentación
de querer catalogar la complejidad por categorías y ordenarlo todo. Y de
simplificar, quizá ni siquiera sabían mi nombre, ¿para qué servía? Yo era el
ciego, y eso bastaba.
Yo estaba, en el lugar ordenado de los ciegos yo
estaba, no molestaba, confirmaba el mecanismo secreto que ordena las leyes del
mundo. Yo era ciego, alguien habrá pecado, yo pagaba una culpa, eso era todo.
No era el único, no sería el último.
Hasta que una mirada de luz decidió que era hora de encontrarme,
de cambiarme de lugar. Para mí, el milagro es cada vez que alguien o algo
cambia de lugar y obliga al mundo que lo rodea a redefinirse.
No es casualidad que los discípulos, justo antes de
que Él me devolviera la vista, estuvieran discutiendo sobre la razón por la que
yo estaba en la oscuridad. Y la razón era el pecado. El mío o el de mis padres,
poco importa, lo importante es la tranquilidad que da saber que hay un orden de
mérito que lo arregla todo.
Todo se puede explicar con la lógica del pecado: si te
equivocas, pagas, y la vida ya no te inquieta. Se construyen sistemas
religiosos enteros con esta lógica: los buenos en el cielo, los malos en el
infierno, los que sufren se regocijarán, los que se regocijan morirán en
tormentos.
Lo que llaman Dios no es más que el gran ordenador del
cosmos, que arregla las cosas, premia o condena, mantiene todo en orden. Y el
orden tranquiliza.
Pero las cosas no son así.
Él se lo dijo inmediatamente a sus discípulos que,
como siempre, no lo entendieron: también
esos ojos oscuros son una oportunidad para que se manifieste la obra de Dios.
La vida es una luz sumergida en la oscuridad de cada
persona, la vida es como una oración continua de la luz que pide poder salir a
la luz, la vida como una oportunidad para desmontar las apariencias, bastaba
con tener el valor de desordenar las certezas. Dios es quien desordena los
dogmas.
En cambio, incluso hoy en día, ver cambios, asistir a
trastornos, acompañar replanteamientos nos desestabiliza, nos asusta,
preferimos mantener los ojos cerrados, esperar que nada cambie. Y así obligamos
a las cosas a permanecer inmóviles. Lo que quizás sea uno de los males más
graves de los que somos cómplices.
Él no dijo muchas palabras, se convirtió en el
Creador, sus gestos fueron divinos, el Génesis se desarrollaba ante sus ojos
asombrados, pero el único que realmente veía era yo, paradoja ridícula, la
Palabra se desarrollaba ante sus ojos y el único que veía era un ciego.
No querían entender, preferían que Jesús les diera una
explicación lógica de la existencia.
En el fondo, habrían creído más fácilmente en un Dios
racional y justo, en uno que se limitara a explicar la vida tal y como se veía,
un divino bueno con el que jugar en los salones de los sabios, un divino
sensato y tranquilizador, algo apreciado también entre los pensadores de moda,
una religión en diálogo permanente con el mundo cultural, político y social.
Todavía hoy son muchos los que utilizan la fe para
explicar todo, intelectuales refinados o predicadores astutos, prelados
ambiciosos, de cuyas palabras surge un mundo perfecto y racional donde creer es
algo tranquilizador y coherente.
Están ciegos y no lo saben. O fingen no saberlo.
La fe desequilibra, obliga a vivir constantemente sin
equilibrio, la fe es escandalosa, la fe es la realidad que se abre
constantemente bajo los golpes de gestos insensatos de amor, es como golpear la
roca y ver brotar agua en el desierto, ¡creer es una locura!
Abrir los ojos y encontrar un mundo de ciegos.
No fue nada fácil. Ya no me reconocían. Yo gritaba «¡Soy yo, soy yo!» y ellos lo
negaban, me negaban, yo no encajaba en sus esquemas. Debería haber cerrado los
ojos, mantenerlos cerrados, permanecer ciego, para no desbaratar su idea del
mundo y su imagen de Dios.
Porque ese es el problema.
Cuánta ceguera hay aún hoy, cuántos ojos se cierran,
cuántas identidades se niegan para no cuestionar lo existente, para no
abandonar tradiciones tranquilizadoras, para no tener que admitir que se es
ciego, que se han cerrado los ojos desde hace tiempo, a cambio de una vida
tranquila.
Lo llaman obediencia, pero es miedo ciego y perverso.
La fe es incómoda, la fe es revolución en acción, es
deconstrucción continua de lo existente, el encuentro tiene lugar en la crisis.
Entonces empezaron a discutir, era sábado, claro, y Él
lo sabía, los estaba provocando, alguien cayó directamente en la trampa, la
regla creada para liberar al hombre se citaba para acusar de presunto error a
quien yo ya sabía que era el Mesías.
Incapaces de dejar fluir la vida, de dejar que la
inspiración de Dios traspasara los límites tranquilizadores de lo conocido.
Los ciegos que creen ver tienen este vicio de poner
barreras, de levantar muros, de impedir que la vida fluya, arrase y transforme.
¿Qué es la verdad? ¿Cómo comprender si una actitud es
correcta o no?
Basta con ver si da vida o la devuelve.
Basta con mirar bien a los ojos de quien tienes
delante, si se abren, claro, pero también si se iluminan con una nueva
felicidad, mirar a quien tienes delante, aprender de él, si su actuar se
convierte en bendición, si su hablar es agradecido, si su sueño es fecundo,
esta es la verdad, él, el ciego que ahora recupera la vista, es la verdad, este
es el sueño del Creador, esto es ser su imagen y semejanza.
¿El error?
Es el miedo, el que se apoderó del corazón de mis
pobres padres, que se sintieron implicados en un juego más grande que ellos,
pobres, habrán maldecido a Aquel que me quitó las escamas de las pupilas, no
los culpo, me dieron pena, toda una vida obedeciendo, toda una vida con miedo,
permaneciendo ocultos, toda una vida pidiendo perdón a Dios por los pecados
cometidos, por mí, que era la pena evidente que sancionaba su error, toda una
vida de inadecuados, toda una vida atrapados.
Ellos eran ciegos, porque el miedo cierra los ojos.
Pero no podían saberlo.
Al final, intenté provocar a ese mundo de ojos y
corazones cerrados. Hablaban demasiado. Discutían demasiado, estaban realmente
en dificultades. Y yo sabía lo que los curaría, bastaba con reconocer que eran
ciegos.
Hoy en día también sería la solución a muchos
problemas: basta con decirlo. Que somos ciegos, temerosos, desorientados,
equivocados... basta con decirlo de verdad, y aceptar que nos desestabilicen, y
esperar encontrar al Dios del desorden, el que mueve las apariencias para dejar
emerger lo inédito.
Pero admitirlo significa morir, aceptar perderlo todo,
no saber qué aparecerá después. Solo los desesperados como yo pueden aceptar el
riesgo sin pensarlo demasiado. Como ciego declarado y certificado, me alegré de
ser alguien que no tenía nada que perder.
Entonces lo encontré, a Él, a Jesús, nos miramos a los
ojos, me habían echado y Él había salido de la ciudad para buscarme. Los dos
expulsados. Expulsados de la ciudad, expulsados de sus ojos, no querían vernos.
Qué final tan ridículo, pensé, yo veo y ellos ya no quieren verme.
Cuando, tiempo después, lo vi crucificado, expulsado
definitivamente de la ciudad, llegué a pensar que quizá es mejor no ver un
mundo así, que la ceguera de antaño me habría preservado del dolor.
Quizás por eso la gente no quiere ver, me sentí
ingenuo por no haberlo entendido antes, la gente no es mala, tiene miedo de
sufrir, se protege, los párpados protegen de la luz excesiva. Me sentía
estúpido, ingenuo, había comprendido tarde el riesgo del amor. El riesgo de la
fe.
Pero ahora mis ojos estaban abiertos, en un mundo de
ciegos. Y había aceptado el riesgo de ver la belleza de la luz nueva.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF