Otra alternativa al rearme
En los últimos años, el mundo ha redescubierto la palabra «defensa» como si fuera un objeto antiguo al que hay que desempolvar rápidamente, impulsada por la urgencia de un mundo cada vez más inestable y por una guerra, en mil y un lugares de conflicto, que devuelve una y otra vez la violencia al corazón humano.
Pero la respuesta que estamos construyendo de «defensa» corre el riesgo de ser demasiado simple, demasiado instintiva, demasiado similar a la lógica que decimos querer superar.
El rearme, tal y como es hoy, no es una visión: es una reacción. Y una reacción no es suficiente. O no suele serlo.
Porque si la defensa se convierte solo en un nuevo mercado, un nuevo orgullo nacional, un nuevo terreno de competencia industrial, entonces ya hemos perdido.
Hemos perdido la posibilidad de imaginar un mundo que no se limite a imitar los modelos de poder del pasado, sino que se atreva a proponer otra gramática de la seguridad: una seguridad que no se mida en toneladas de acero, sino en la capacidad de proteger a las personas, las comunidades y las relaciones que mantienen unida nuestra vida.
Las guerras suelen mostrar con brutalidad que la paz no es algo natural. Pero también nos muestran que la defensa no puede reducirse a un fetiche tecnológico.
La pregunta que debería plantearse no es: «¿Cómo rearmarnos más?».
La pregunta es: «¿Qué es lo que realmente queremos defender?».
Si la respuesta a esa pregunta es la democracia, entonces la defensa debe ser democrática. Si la respuesta es la dignidad, entonces la defensa debe ser digna. Si la respuesta es la paz, entonces la defensa debe estar orientada a la paz, no a su negación.
La seguridad no es un muro. Es un ecosistema. Es la capacidad de garantizar que nadie se quede solo ante la violencia, la pobreza, la desinformación, la fragilidad... Una defensa que no protege a los más vulnerables no es defensa: es propaganda.
El nacionalismo armado es el veneno de nuestro tiempo. Todo país que reivindica su «autonomía estratégica» como si fuera un trofeo olvida que hoy en día ninguna amenaza es nacional: todas son transnacionales.
La defensa debe ser un proyecto de interdependencia, no de orgullo solitario. La paz no es un sueño, es un trabajo diario. Requiere diplomacia, mediación, prevención de conflictos, inversiones en las comunidades, educación cívica, resiliencia social.
Requiere la capacidad de desactivar las causas de la violencia antes de que estallen. Requiere valor político, no solo arsenales.
Se trataría, mejor aún, de defender a las personas, no las fronteras. De defender la cooperación, no la competencia. De defender la paz como infraestructura. De defender aquello que proteja la vida.
El verdadero salto cultural no es pasar de «menos armas» a «más armas». El verdadero salto es pasar de una defensa que reacciona a una defensa que cura. Una defensa que protege la vida, no solo la supervivencia. Mucho menos, la ley del más fuerte.
Creo que el mundo tiene la oportunidad histórica de reinventar el significado mismo de la «defensa». No como imitación de las potencias del pasado, sino como laboratorio de una seguridad que no se basa en el miedo, sino en la responsabilidad mutua.
Si no se hace así, el rearme seguirá siendo solo otra forma de debilidad disfrazada de fuerza.
Y si, por el contrario, se tiene el valor de hacerlo, se podrá decir finalmente que se ha elegido no la guerra, sino la paz, no como eslogan, sino como proyecto político.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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