domingo, 1 de marzo de 2026

Una enseñanza sobre el discernimiento cristiano - San Juan 9, 1-41 -.

Una enseñanza sobre el discernimiento cristiano - San Juan 9, 1-41 -

En el centro del Evangelio se encuentra el tema de la luz, o mejor dicho, de la iluminación, del paso de las tinieblas a la luz expresado en el Evangelio por el relato de la curación del ciego de nacimiento, relato que adquiere el sentido de una pedagogía hacia la fe en Jesús.

 

Todo el Evangelio remite a las palabras y gestos de Jesús, «luz del mundo» que da luz a quienes están en tinieblas con gestos y palabras que evocan una dinámica sacramental.

 

Al mismo tiempo está la diferencia de miradas entre el Señor y el hombre. Por eso este Evangelio también plantea el problema del discernimiento. Se trata del difícil discernimiento. Para discernir hay que mirar como Dios mismo mira, consciente de que «el hombre mira la apariencia, pero el Señor mira el corazón» (1 Sam 16,7), o, como dice la antigua versión siríaca, «el hombre mira con los ojos, el Señor mira con el corazón».

 

Hay un paso significativo de una relación que corre el riesgo de cosificación a una relación auténtica: se pasa de lo que se mira a quien mira y a cómo mira. Donde se pone el acento en la mirada de quien mira, de quien discierne.

 

A veces, en las relaciones de discernimiento, acompañamiento y formación, se comete el error de poner el acento en el otro hasta objetivarlo y olvidando que lo fundamental es cómo miro yo, es el trabajo sobre mí mismo.


 

El pasaje evangélico comienza con la diferente mirada de Jesús y los discípulos sobre un ciego, y continúa con el camino que lleva al ciego curado a discernir la verdadera calidad de Jesús y a confesar la fe en Él, mientras que otros protagonistas del episodio se cierran a ese discernimiento y permanecen en la ceguera espiritual.

 

El discernimiento es un ver que va mucho más allá del simple mirar: es un ver que se convierte en evaluación, en juicio con vistas a una acción.

 

El discernimiento no viene dado por una inteligencia particular de la que uno estaría dotado, no viene dado por una capacidad penetrante de análisis psicológico, ni siquiera por un énfasis espiritual acentuado o por mucha oración, sino que es una relación: el discernimiento tiene lugar dentro de una relación que siempre involucra al menos a tres personas o realidades:

 

1.- el que discierne;

 

2.- la realidad en la que debe tomarse una determinada decisión o la persona sobre la que debe expresarse una determinada valoración;

 

3.- Dios y su voluntad, Dios y su palabra.

 

El caso del Evangelio sugiere que el discernimiento implica el paso de nuestra forma natural de ver y pensar, juzgar y evaluar a la forma de ver y pensar, juzgar y evaluar de Dios.

 

Y dice que incluso el fariseo, el hombre de Dios, puede equivocarse y fallar en el discernimiento.

 

Para discernir se necesita libertad y, ante todo y sobre todo, libertad frente a uno mismo, por ejemplo, frente a las propias opiniones consideradas verdades ineludibles, frente al propio sentir espiritual percibido como inquebrantable, frente a la propia sensibilidad espiritual absolutizada, frente al propio pensamiento que choca con la diversidad del pensamiento ajeno, y, por último, libertad frente a la propia persona, que se ve puesta en crisis por la alteridad, a veces alienante y desconcertante, del otro.

 

En definitiva, al discernir, el esfuerzo siempre recae en la conversión de quien debe ejercer el discernimiento. Siempre existe el esfuerzo de examinarse a sí mismo, de situarse en la verdad ante el otro, porque el discernimiento es de toda la persona, y quien discierne debe comprometerse con toda su persona.


 

Al mismo tiempo, el discernimiento se ejerce sobre la totalidad de la persona. Si Dios mira con el corazón, podemos decir que el sujeto del discernimiento es el corazón, es decir, la totalidad personal, el yo.

 

El discernimiento es, pues, el ver guiado por la fe, es un ver atento, vigilante, capaz de unir al mismo tiempo

 

1.- la escucha y la acogida de la palabra y la voluntad de Dios;

 

2.- la visión y la acogida del otro y de la realidad tal como se presentan, sin etiquetas ni prejuicios;

 

3.- el conocimiento de sí mismo y la flexibilidad hacia uno mismo.

 

Relación triangular, el discernimiento compromete la razón y el cuerpo, las emociones y los sentimientos, la fe y la inteligencia, los afectos y la voluntad.

 

El Evangelio plantea inmediatamente el problema de cómo mirar a un hombre ciego de nacimiento. La mirada de Jesús y la de los discípulos divergen. Al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Aparecen los temas de la visión, la ceguera y el nacimiento.

 

Sí, también el nacimiento. Simbolizado en el lavado del ciego en el agua del estanque del Enviado y expresado por la apertura de los ojos de ese hombre, por su salida a la luz, él que siempre había estado en la oscuridad de la ceguera.

 

Nacer es salir a la luz y este hombre, en cierto modo, renace aquí.

 

¿Qué predispone este renacimiento?

 

La mirada de Jesús. Jesús vio al hombre ciego. Vio primero al hombre. Jesús no ve a un enfermo, sino a un hombre.

 

Los discípulos no ven a un hombre, sino a un caso. Solo ven la ceguera, no solo no ven a un hombre, sino que, en cierto modo, ni siquiera ven a un ciego, sino solo el problema que les plantea la ceguera.

 

No se dirigen a ese hombre, no le hablan, como al menos lo hacen sus vecinos. Para ellos ni siquiera es alguien con quien hablar. Es más, hablan de él delante de él (como se suele hacer con los niños y también con los enfermos): son ellos los que no lo ven. Lo cosifican convirtiéndolo en objeto de su conversación.



El discernimiento de Jesús comienza viendo a un hombre: no una categoría, un ciego de nacimiento; no un problema de teodicea; no una culpa («¿quién ha pecado?»), sino un hombre.

 

El discernimiento comienza cuando, ante una persona, se acepta ver, precisamente, a esa persona.

 

El discernimiento comienza con una mirada no viciada por prejuicios: ya sean de la teología, de la cultura o de los hábitos mentales.

 

El discernimiento comienza con un trabajo sobre uno mismo, con un movimiento de libertad y limpieza personal, de liberación del propio corazón de los prejuicios que impiden ver la realidad.

 

Los discípulos ya no tendrán ningún papel en la historia: desaparecen inmediatamente porque nunca han entrado en relación con esta persona.

 

La mirada de Jesús, en cambio, transmite confianza a la persona: Jesús cree en él. Y lo cura tocándolo y hablándole.

 

La mirada muestra su profunda dimensión espiritual precisamente en su devenir más que nunca corporal: moviendo la mano y abriendo la boca, Jesús hace lo que normalmente no se hace a un mendigo: le habla y le toca.

 

La mirada de Jesús es generadora. La de los discípulos es juzgadora.

 

Confiar en una persona significa aceptar hablarle y tocarla, y por lo tanto dejarse tocar por ella y escucharla.

 

El discernimiento no es la aplicación abstracta de reglas a cada persona, sino la capacidad de ver en cada una el ser humano y aceptar que se cuestione la propia forma de mirar: la costumbre, la pereza de los ojos, del corazón y de la mente son obstáculos para el discernimiento.

 

Jesús ve lo humano incluso allí donde los hombres ven el pecado: ellos ven una prostituta en la mujer en la que Jesús ve una criatura capaz de amar (Lc 7,36-50), ven un caso de teología moral o de teodicea en el hombre en el que Jesús ve un ser marcado por el sufrimiento.

 

Jesús ve el sufrimiento de ese hombre y se pone a su lado; los discípulos ven un «caso» y se colocan en un plano de juicio que condena. Para ellos no es un hombre, sino un culpable. Y así, pueden evitar que esa persona los toque.

 

Pero el discernimiento requiere una mirada purificada de las certezas que habitan en el corazón y lo vuelven perezoso e insensible. Sin una mirada pura, se cae en la presunción y en el juicio que condena al otro.

 

No es casualidad que esto sea lo que Jesús reprochará a los fariseos en los últimos versículos del relato. Versículos que remiten, de manera singular, a la escena inicial en la que están presentes los discípulos.

 

Sin el acto preliminar de confianza en lo humano que hay en cada persona, no se podrá acceder al reconocimiento de la acción de Dios en el hombre. No se podrá ejercer ningún discernimiento.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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