Se trata de acompañar, es decir, de caminar juntos
Sí, siempre nos lo repetimos: vivimos en la era de la sobreinformación, que nos impide estar informados; del individualismo exacerbado, que destruye las relaciones; de la política vaciada por el populismo; de los oligarcas y los plutócratas que hacen lo que quieren, incluida la declaración de guerras ilegítimas (como todas las guerras, por cierto) …
En definitiva, ya no sabemos quiénes somos ni adónde queremos ir. Ya no somos capaces de responder a la pregunta: ¿cómo podemos mirar hacia el futuro? Y más concretamente: ¿cómo podemos mirar hacia el futuro como creyentes?
Una primera respuesta puede ser ésta: necesitamos una pausa. Empecemos a pensar de nuevo. A mirar a nuestro alrededor. Porque si todo esto es cierto, también lo es que quizá, dentro de una realidad compleja, fragmentada y aterradora como la nuestra, podamos —y debamos— encontrar signos de esperanza a los que aferrarnos para cambiar de rumbo.
Porque esto también es una cuestión de miradas.: de detenernos, para leer en los puntos sensibles de nuestro tiempo, en busca de señales que nos ayuden a responder a la pregunta sobre el futuro.
Es necesario seguir caminando (a pie, quizá, porque caminar es la mejor manera de hacerlo), porque no hay felicidad para el hombre que no camina. Cada itinerario nos construye, es una búsqueda en el mundo, pero antes aún dentro de nosotros. Y, por otra parte, ¿no es acaso el camino la metáfora más utilizada para describir la vida?
Es cierto, de hecho, que necesitamos un lugar donde detenernos, construir relaciones, sentirnos en casa. Pero si la forma de vivir se solidifica hasta petrificarse, si los lazos se esclerotizan y pierden flexibilidad, si la casa se cercó, si la tierra se defiende a toda costa, si las tradiciones se entumecen, …, ya no hay aroma, sabor ni aliento.
Solo si el hogar, la tierra, los lugares que habitamos, los vínculos que tejemos, se abren a un espacio más amplio, pueden ser para nosotros verdaderamente un espacio de vida.
Es cierto que todo camino conlleva riesgos y peligros, pero sin él no habría vida, ni experiencia, ni conocimiento: solo la defensa exasperada de nuestras propias seguridades. Que se convierten así en una prisión.
Y mientras se camina… traspasar fronteras. En realidad, la reacción más común ante el cambio, que nos envuelve vertiginosamente, es precisamente la de encerrarnos en nuestras propias fronteras: lo que pensamos, lo que creemos, lo que desearíamos…
Todas cosas que nos protegen de lo que no conocemos. Hay que aprender a estar dentro del cambio, a asumirlo, para no dejar que nos arrolle arrancándonos de nosotros mismos… Hay que comprender, debatir y, sobre todo, reflexionar, abriendo el corazón y la mente a lo que ocurre.
Por lo tanto, hay que tener el valor de cruzar la frontera, mirar a nuestro alrededor, escuchar. Porque estamos llamados a cuidar de nosotros mismos, pero también de los demás. Y para poder hacerlo debemos «comprender» el cambio: adónde nos lleva y qué posibilidades nos ofrece. El hombre está hecho para las relaciones, no puede vivir asfixiado por los muros.
Al fin y al cabo, como creyentes, no deberíamos tenerle miedo, porque la fe es cambio. Es revuelo, transformación, conversión», …, traspasamiento de fronteras, en definitiva.
Es cierto que, en muchas situaciones, las religiones contribuyen a trazar las fronteras: definen identidades y formas de moverse en la realidad. Y son instrumentalizadas por la política como bastiones de defensa de identidades amenazadas, por lo que traspasan fronteras sí, pero para hacer la guerra.
También es cierto, sin embargo, que las religiones pueden ser promotoras de una cultura del encuentro, protagonistas de tramas de diálogo y de paz.
Creo que también hay otra dimensión que nos ayuda a traspasar fronteras: es la de la utopía, pero no entendida banalmente como un sueño irrealizable, sino, al contrario, como un sueño con los pies en la tierra: es el sueño que se convierte en mirada abierta y con visión de futuro, capacidad de apostar y de arriesgarse, capacidad de relación, de encuentro, de proyectos compartidos, de compromiso y de esperanza.
Y en este camino que traspasa fronteras, otro punto cardinal es la fraternidad. Ese reconocerse como hermanos que abre a la misericordia. Sí, esa misericordia, que no es el piadoso sentimiento de unas pocas almas elegidas, sino más bien un principio de transformación de la realidad y de humanización del mundo. Una mirada que ve, reconoce, libera.
Por ejemplo, ve los problemas a los que se enfrentan las personas de origen migratorio en nuestro país y no pretende imponerles que renuncien a su propia identidad para convertirse en ciudadanas de nuestro país.
Se abre al intercambio, a la influencia recíproca —como, por otra parte, siempre ha ocurrido en nuestra historia, que ha visto a pueblos y culturas superponerse, fusionarse, mezclarse, enriqueciendo constantemente la identidad compartida.
Nada que ver con guerras prepotentes y crueles para conquistar un poco de petróleo y un poco más de poder. Fraternidad significa decidir juntos qué mundo queremos construir.
Y no podemos olvidar tampoco la «ecología humana»: la salvaguardia del medio ambiente y la salvaguardia del ser humano van de la mano. La fraternidad conlleva el cuidado del medio ambiente, una economía solidaria y la justicia social. La fraternidad realmente cambia el mundo.
En realidad, se trata de otra mirada: esa atención que nos permite ver e intuir más de lo que parece. Es la mirada la que nos permite reconocer en el otro la fragilidad, pero también el potencial y la dignidad. La que hace que el mundo no sea simplemente un estorbo en nuestro camino, sino una realidad que nos envuelve, en la que estamos inmersos.
Nuestra relación con el mundo (y, por tanto, con los demás) es una cuestión de mirada, pero también lo es la de quienes ejercen la responsabilidad de gobernar: de la mirada depende la capacidad de percibir o ignorar, o peor aún, de mistificar y utilizar el sufrimiento, el drama de las desigualdades, la desesperación y la degradación de las numerosas periferias del sistema, pero también de los recursos, las potencialidades, el deseo de redención, los sueños y los impulsos de creatividad, las posibilidades de bien y de encuentro, el tejido de buenas relaciones que la polis, cada una de nuestras ciudades, custodia.
Para los creyentes, la fe es lo que impide detenerse; lo que impulsa a caminar y a buscar, a transformar las dificultades en recursos, a liberar el potencial del bien incluso en medio de la negatividad; lo que nos hace capaces de construir el futuro con paciencia y juntos… Sin dejar de soñar. Nada que ver con el «opio del pueblo».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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