El Pastor de la Libertad - San Juan 10, 1-10 -
Al atardecer, los pastores solían llevar a su rebaño a un corral para pasar la noche; un solo corral servía para varios rebaños. Por la mañana, cada pastor lanzaba su llamada y sus ovejas, al reconocer su voz, lo seguían.
Sobre este trasfondo familiar, Jesús introduce lo
extraordinario de su visión, detalles que parecen excesivos y que, en cambio,
son reveladores: llama a sus ovejas, a cada una por su nombre. ¿Qué pastor
conoce por su nombre a los cientos de ovejas de su rebaño y las llama una a
una? Para Jesús, cada oveja tiene un nombre, cada una es única, irrepetible; te
quiere a ti, tal y como eres, por lo que eres.
Y las conduce fuera. Es más: las invita a salir fuera. No es un Dios de
los cercados, sino uno que abre espacios más amplios, pastor de la libertad y
no de los miedos. Que impulsa a un valiente viaje fuera de los rediles y de los
refugios, al descubrimiento de nuevos horizontes en la fe, en el pensamiento,
en la vida.
Ovejas que no pueden volver a los pastos de ayer, so
pena de pasar hambre, sino un «rebaño en salida», en marcha, que
confía en el pastor y también en la historia, negra de ladrones y desiertos,
pero blanca de senderos y manantiales.
El pastor camina delante de las ovejas. No tenemos un pastor de retaguardia, sino un guía
que abre caminos. No un pastor a nuestras espaldas, que grita o agita el
bastón, sino uno que nos precede y nos convence, con su andar tranquilo, de que
el camino es seguro.
Las ovejas escuchan su voz. Y le siguen. Basta con la voz, no hacen falta órdenes, porque confían y se entregan.
¿Por qué le siguen? Sencillo, para vivir, para no
morir. El que camina delante, el que pronuncia el nombre profundo de cada uno,
no es un ladrón de felicidad ni de libertad: cada uno entrará, saldrá y
encontrará pastos. Encontrará futuro.
Yo soy la puerta: no un muro, ni una vieja cerca, donde todo da vueltas y vueltas y
vuelve a sus giros. Jesús es puerta abierta, agujero en la red, paso, tránsito,
por donde va y viene la vida de Dios.
Se trata de amar las puertas abiertas que dejan entrar
noches y tormentas, polen y espigas. Puertas libres que se arriesgan al error y
al amor. Amar las puertas abiertas de quien invita a cruzar el umbral. Caminos
para todos nosotros. Amar las puertas abiertas de Dios.
He venido para que tengan vida, en abundancia. Este es el Evangelio que me seduce y me regenera
cada vez que lo escucho: Él está aquí para mi vida plena, abundante, poderosa,
vida «cien veces más», como le dirá a Pedro.
La prueba definitiva de la bondad de la fe cristiana
reside en su capacidad de comunicar vida, humanidad plena, futuro; y de crear
en nosotros el deseo de una vida más grande, vida eterna, de una calidad
indestructible, donde se viven cosas que merecen no morir jamás.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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