sábado, 25 de abril de 2026

Si me amáis…- San Juan 14, 15-21 -.

Si me amáis…- San Juan 14, 15-21 -

 

En el dolor, la verdad se hace más clara, escribía en una carta Fiódor Dostoievski.

 

Esto es lo que descubrieron los discípulos del Resucitado, en el largo camino de conversión hacia la alegría que, partiendo de la cruz, los llevó, finalmente, a acoger la inesperada novedad de Dios.

 

Por eso, el tiempo que vivimos es gracia, oportunidad, epifanía. Y el miedo no asusta, no abruma, no apaga. El mundo se tambalea (como siempre) y prevalecen las noticias sombrías que invaden nuestros teléfonos, un cierto clima de fin de imperio, el victimismo rampante.

 

Al igual que la experiencia de muchos de ver derrumbarse el mundo que han conocido hasta hoy.

 

Pero es tiempo de creer, no de ceder.

 

De ir a lo esencial. De volver a Él. De hablar de Él. De amar y nada más.

 

Si me amáis…

 

Jesús habla ahora de sí mismo en el último gran discurso que, en el Evangelio de Juan, dirige a sus discípulos.

 

Es una especie de testamento definitivo, de compartir sus propias emociones. Los Apóstoles están desconcertados por esos discursos de despedida, aún no saben lo que está a punto de suceder. Y en esas palabras, como decíamos el domingo pasado, Jesús concentra toda su apasionada pasión, su amor, la intensidad de su misión.

 

Si me amáis...

 

Cuántas veces usamos esta expresión con nuestros hijos, con nuestros familiares, con nuestras parejas…

 

Si de verdad me quieres, deberías… Pruebas, chantajes, subterfugios para acorralar a quien dice amarnos.

 

Esta afirmación tiene un lado negativo.

 

El rostro del juicio, del examen, del cuestionamiento continuo. Donde nosotros somos los jueces.

 

Y una ambigüedad insuperable: somos nosotros quienes establecemos las condiciones que el otro debe cumplir para demostrar su amor. Como si supiéramos qué es el amor.

 

Yo desconfío del uso masivo del término amor.

 

No solo porque muestro cierta timidez a la hora de expresar emociones y afectos. Sino, sobre todo, porque detrás de este término, a estas alturas, hemos escondido todo y lo contrario de todo.

 

Como el asesino que, desesperado, afirma haber matado a su amada porque la amaba demasiado.

 

Amor y locura, amor supremo y egoísmo supremo, casi siempre coinciden.

 

¿Qué quiere decir Jesús, entonces, cuando dice «si me amáis»?

 

Lo suyo no es un chantaje. No es un manipulador. No provoca sentimientos de culpa.

 

Si me amáis, observad mis mandamientos…

 

El mandamiento principal, ante todo: «amaos los unos a los otros con el amor con que yo os he amado».

 

Podemos amar si acogemos su amor incondicional.

 

Nos hacemos capaces de amar con ese amor que recibimos. No porque seamos mejores, más sensibles o más buenos.

 

Porque somos amados. Porque aprendemos en la escuela de quien nos ama sin condiciones.

 

El «mandamiento», entonces, pierde toda su sombría valencia jurídica, de obligación, de ley, de mandato.

 

Y se convierte en la forma del amor. La manera concreta que tenemos de manifestar afecto por otra persona.

 

Si digo que te amo y nunca te veo, ¿quién me va a creer? Si digo que te amo y te dejo morir de hambre o de soledad, ¿de qué sirve? El mandamiento, entonces, se convierte en la forma práctica de expresar el amor que siento por ti.

 

Y el mandamiento del que habla Jesús es el que acaba de entregar durante la Última Cena, que completa y sustituye a cualquier otro mandamiento.

 

Amaos como yo os he amado. Es decir: acoge mi amor para ser capaz de amarte a ti mismo y a los demás.

 

Amar a los demás como Él nos ha amado. Como una palangana que se llena de agua y se desborda, regando todo lo que la rodea. Llevando vida.

 

A veces, sin embargo, no somos capaces de acoger el amor de Dios. Nos lo impide el hecho de que nos reprochamos algo, porque el mundo, que en Juan indica la parte oscura que habita en nosotros, nos acusa, nos hace sentir culpables, nos condena, nos juzga.

 

Y el mundo no es capaz de conocer el amor. Ni a Cristo. Ni a Dios.

 

El mundo no ve a Cristo, nosotros sí. El mundo no sabe reconocerlo, lo relega a un personaje (improbable e inaceptable) perdido en los meandros de la Historia. Para nosotros está vivo, presente, es fuego, está aquí.

 

Y sin amor, sin la fuente del amor, nuestra vida interior se enreda, se equivoca.

 

Estamos llenos de culpa, siempre sometidos a juicio. Y a menudo, por desgracia, ¡decimos que es Dios quien lo quiere!

 

Jesús, entonces, nos envía al Espíritu Paráclito.

 

En el derecho judío no existía la figura del abogado defensor. El acusado podía, en su defensa, llamar a testigos. Pero si, al final, esto no era suficiente, una persona que gozara de estima pública podía situarse al lado del acusado sin decir nada. Y su integridad suplía la del acusado. Se le llamaba en auxilio, de ahí el término paráclito.

 

El Espíritu nos saca de la terrible lógica del juicio hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Pero para que eso ocurra, el Espíritu debe conducirnos hacia la verdad.

 

La verdad de nosotros mismos, conscientes de nuestras limitaciones, pero, sobre todo, conscientes del gran don para los demás en que podemos convertirnos. Que ya somos.

 

La verdad que es Cristo, inquietud del mundo.

 

Si realmente es así, entonces la dificultad, el límite, se convierten en una oportunidad extraordinaria, una ocasión de anuncio, una razón de conversión.

 

De ello sabe algo Felipe, quien, a causa de la persecución desatada contra la comunidad primitiva, huyó y se encontró en Samaria, la tierra abandonada, la tierra herética, la esposa infiel que el mismo Jesús intentó seducir y reconquistar (Jn 4).

 

La huida se convierte en lugar para el anuncio y la conversión de nuevos discípulos.

 

Cada dificultad se convierte en oportunidad para ir a lo esencial, para purificar nuestras estructuras y nuestras cansadas costumbres.

 

Para que, hoy como entonces, haya una gran alegría en esa ciudad. La que habitamos.

 

Permanecer en el amor, no desanimarse y profundizar en la fe, como sugiere Pedro.

 

Siempre dispuestos a dar cuenta de la esperanza que hay en nosotros. Porque somos amados, porque amamos. Porque (no siempre) somos amables.

 

Superando los sentimientos de culpa y el juicio, atentos a la verdad que para nosotros es una persona, Cristo, podemos con libertad decir Dios, hablar de Dios.

 

Si me amáis…

 

Sí, te amamos, Señor. Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amamos.

 

Nos hemos descubierto amados. Y somos tuyos, y lo decimos y te esperamos, viviéndote.

 

Por una vida nueva y desbordante.

 

Aquella en la que, por fin, aprendemos a amar como Tú.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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