El diálogo ininterrumpido del amor - San Juan 14, 15-21 -
Antes de pasar de este mundo al Padre, Jesús promete a
sus discípulos el don del Espíritu, del Paráclito, es decir, del
abogado defensor que protegerá a los propios discípulos en la lucha que deberán
librar en un mundo hostil (Jn 14,15-21); este Espíritu guía la presencia
cristiana en el mundo por el camino de la mansedumbre y el respeto hacia todos
y acompaña la predicación de los Apóstoles que da vida a nuevas comunidades
cristianas.
Las palabras de Jesús presentes en el Evangelio
parecen esbozar un diálogo ininterrumpido entre el Resucitado y el creyente.
Jesús sabe que el discípulo es aquel que ama al Señor, es decir, que quiere
amarlo y que busca amarlo. Y sabe que este amar y este buscar amar ya es
respuesta al Dios que primero amó a los hombres.
Y así, quien ama al Señor no hace otra cosa que entrar
en diálogo con quien habló primero, donando su palabra: quien ama al Señor,
observa los mandamientos (cf. Jn 14,15), es decir, responde a la palabra del
Señor que, en síntesis, pide una sola cosa: amaos unos a otros como yo os he
amado.
La observancia de los mandamientos encuentra respuesta
en la oración con la que Jesús entra en diálogo con el Padre para que el Padre
dé su Espíritu a los discípulos. Es decir, que conceda el don que permite
continuar en la historia el diálogo de la oración entre el creyente y su Señor.
El hablar de los creyentes entre ellos y con los demás
debe ir acompañado de la capacidad del creyente para dialogar con su Señor,
para orar. Pero este diálogo no es más que diálogo y transmisión de amor.
El Espíritu, que permanece con el discípulo
atestiguando con su cercanía el amor del Padre y del Hijo, no es acogido por
quien se cierra al amor. Y esto es posible tanto entre los discípulos como
entre los demás hombres, quienes, de hecho, a veces, por sed de amor, se
muestran más abiertos al amor.
Y al amor de los discípulos responde la promesa del
Señor que dice: «No os dejaré huérfanos, sino que vendré a vosotros» (cf. Jn
14,18). Y el diálogo continúa con los discípulos que verán al Señor, es decir,
que verán que su presencia entre ellos no se interrumpe.
Es más, el diálogo se convierte en interioridad del
Señor hacia los discípulos y de los discípulos hacia el Señor. «Entonces
sabréis que yo estoy en vosotros y vosotros en mí».
Este versículo refleja la fórmula de la alianza, de la
pertenencia recíproca entre el Señor y su pueblo, pero con un acento de marcada
intimidad e interioridad. Es la presencia del uno en el otro propia del amor.
Y puesto que el amor responde al amor haciendo la
voluntad del amado, al final vuelve el tema de la observancia de los
mandamientos, pero expresado de manera inversa con respecto al versículo
inicial: «El que acoge mis mandamientos y los observa, ese es el que me ama».
Y el amor de los discípulos recibe como eco el amor
del Padre y del Resucitado, en un diálogo que sencillamente no tiene fin porque
es lo que sustenta la vida del creyente en relación con su Señor.
El Espíritu que Jesús promete estará en el discípulo
(cf. Jn 14,17), convirtiéndose en principio de vida interior e interiorizando
en él la presencia de Cristo.
La secuencia de Pentecostés canta al Espíritu como dulcis
hospes animae. La dulzura y la ternura que fueron de Cristo, son
también del Espíritu, que en la tradición se ha evocado a menudo con imágenes
maternas.
El Espíritu crea en el creyente una fuente de vida;
más aún, hace de él un espacio de vida para los demás, haciéndolo capaz de dar
vida. Es decir, de amar.
El Espíritu, promesa y don del Resucitado, es también
ternura maternal. Y si enseña a orar, lo hace como una madre:
«El
Espíritu Santo nos enseña a clamar “Abbá” comportándose como una madre que
enseña a su hijo a llamar “papá” y repite ese nombre con él hasta que le lleva
a la costumbre de llamar a su padre incluso en sueños» (Diádoco de
Fotica).
Pero precisamente, el fruto del Espíritu en el
creyente es la vida interior, porque tampoco el amor puede subsistir sin raíces
interiores. Y la acción del Espíritu de Dios es la acción materno-paterna que
convierte al discípulo en hijo.
Tanto es así que podemos decir que cuando Jesús
afirma: «yo me manifestaré a él», también podríamos entender: « me
manifestaré en él». Es decir, el amor del creyente podrá manifestar el
amor del Señor.
El creyente se convierte en el testigo, creado por el
Espíritu, del amor de Dios. El discípulo narra al Señor con su humilde vida, lo
hace visible en su humilde persona, lo manifiesta en su humilde y, al mismo
tiempo, grande e inestimable porque única, experiencia humana. Este es el fruto
del Espíritu Santo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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