sábado, 25 de abril de 2026

El diálogo ininterrumpido del amor - San Juan 14, 15-21 -.

El diálogo ininterrumpido del amor - San Juan 14, 15-21 -

 

Antes de pasar de este mundo al Padre, Jesús promete a sus discípulos el don del Espíritu, del Paráclito, es decir, del abogado defensor que protegerá a los propios discípulos en la lucha que deberán librar en un mundo hostil (Jn 14,15-21); este Espíritu guía la presencia cristiana en el mundo por el camino de la mansedumbre y el respeto hacia todos y acompaña la predicación de los Apóstoles que da vida a nuevas comunidades cristianas.

 

Las palabras de Jesús presentes en el Evangelio parecen esbozar un diálogo ininterrumpido entre el Resucitado y el creyente. Jesús sabe que el discípulo es aquel que ama al Señor, es decir, que quiere amarlo y que busca amarlo. Y sabe que este amar y este buscar amar ya es respuesta al Dios que primero amó a los hombres.

 

Y así, quien ama al Señor no hace otra cosa que entrar en diálogo con quien habló primero, donando su palabra: quien ama al Señor, observa los mandamientos (cf. Jn 14,15), es decir, responde a la palabra del Señor que, en síntesis, pide una sola cosa: amaos unos a otros como yo os he amado.

 

La observancia de los mandamientos encuentra respuesta en la oración con la que Jesús entra en diálogo con el Padre para que el Padre dé su Espíritu a los discípulos. Es decir, que conceda el don que permite continuar en la historia el diálogo de la oración entre el creyente y su Señor.

 

El hablar de los creyentes entre ellos y con los demás debe ir acompañado de la capacidad del creyente para dialogar con su Señor, para orar. Pero este diálogo no es más que diálogo y transmisión de amor.

 

El Espíritu, que permanece con el discípulo atestiguando con su cercanía el amor del Padre y del Hijo, no es acogido por quien se cierra al amor. Y esto es posible tanto entre los discípulos como entre los demás hombres, quienes, de hecho, a veces, por sed de amor, se muestran más abiertos al amor.

 

Y al amor de los discípulos responde la promesa del Señor que dice: «No os dejaré huérfanos, sino que vendré a vosotros» (cf. Jn 14,18). Y el diálogo continúa con los discípulos que verán al Señor, es decir, que verán que su presencia entre ellos no se interrumpe.

 

Es más, el diálogo se convierte en interioridad del Señor hacia los discípulos y de los discípulos hacia el Señor. «Entonces sabréis que yo estoy en vosotros y vosotros en mí».

 

Este versículo refleja la fórmula de la alianza, de la pertenencia recíproca entre el Señor y su pueblo, pero con un acento de marcada intimidad e interioridad. Es la presencia del uno en el otro propia del amor.

 

Y puesto que el amor responde al amor haciendo la voluntad del amado, al final vuelve el tema de la observancia de los mandamientos, pero expresado de manera inversa con respecto al versículo inicial: «El que acoge mis mandamientos y los observa, ese es el que me ama».

 

Y el amor de los discípulos recibe como eco el amor del Padre y del Resucitado, en un diálogo que sencillamente no tiene fin porque es lo que sustenta la vida del creyente en relación con su Señor.

 

El Espíritu que Jesús promete estará en el discípulo (cf. Jn 14,17), convirtiéndose en principio de vida interior e interiorizando en él la presencia de Cristo.

 

La secuencia de Pentecostés canta al Espíritu como dulcis hospes animae. La dulzura y la ternura que fueron de Cristo, son también del Espíritu, que en la tradición se ha evocado a menudo con imágenes maternas.

 

El Espíritu crea en el creyente una fuente de vida; más aún, hace de él un espacio de vida para los demás, haciéndolo capaz de dar vida. Es decir, de amar.

 

El Espíritu, promesa y don del Resucitado, es también ternura maternal. Y si enseña a orar, lo hace como una madre:

 

«El Espíritu Santo nos enseña a clamar “Abbá” comportándose como una madre que enseña a su hijo a llamar “papá” y repite ese nombre con él hasta que le lleva a la costumbre de llamar a su padre incluso en sueños» (Diádoco de Fotica).

 

Pero precisamente, el fruto del Espíritu en el creyente es la vida interior, porque tampoco el amor puede subsistir sin raíces interiores. Y la acción del Espíritu de Dios es la acción materno-paterna que convierte al discípulo en hijo.

 

Tanto es así que podemos decir que cuando Jesús afirma: «yo me manifestaré a él», también podríamos entender: « me manifestaré en él». Es decir, el amor del creyente podrá manifestar el amor del Señor.

 

El creyente se convierte en el testigo, creado por el Espíritu, del amor de Dios. El discípulo narra al Señor con su humilde vida, lo hace visible en su humilde persona, lo manifiesta en su humilde y, al mismo tiempo, grande e inestimable porque única, experiencia humana. Este es el fruto del Espíritu Santo.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

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