La mística del amor divino - San Juan 14, 15-21 -
El Evangelio tiene como eje central la promesa del
Espíritu del Señor a los discípulos. Y nos acerca a la Ascensión y a
Pentecostés. Es decir, a los acontecimientos que cumplen las palabras de Jesús
en el cuarto Evangelio: la Ascensión, «Yo voy al Padre» (Jn 14,12) y Pentecostés,
«El
Padre os dará otro Paráclito» (Jn 14,16).
El Paráclito designa al Espíritu
Santo definiéndolo con un término que indica cercanía y protección: es
el defensor que ayuda y sostiene como un abogado en un juicio. Este término
griego, Parakletos, se
reserva, por un lado, a Cristo, que es, según la Primera Carta de Juan, «el
Paráclito (advocatus) que
tenemos ante el Padre» (1 Jn 2,1) y, por otro, al Espíritu Santo, que
es, «el
otro Paráclito» (Jn 14,16), es decir, distinto de Cristo, que desempeña
su función en el tiempo de la Iglesia, en el tiempo posterior a la
resurrección.
Junto a la promesa del Espíritu, el texto presenta otras
promesas de Jesús. «Yo rogaré al Padre», «No os dejaré huérfanos», «Vendré
a vosotros». Jesús pone en escena el lenguaje de la promesa.
Prometer es dar forma al futuro mediante nuestras
palabras. La promesa dibuja el futuro, aunque sea el futuro limitado que a
menudo es el horizonte de nuestras pequeñas promesas cotidianas. Además,
prometer es siempre prometerse a uno mismo y, en ese sentido, estas palabras de
Jesús son expresión de amor.
La promesa es el amor que se compromete, que se
convierte en responsabilidad, que asume al otro y a la historia. Sí, la palabra
de la promesa expresa el amor de quien promete. Y manifiesta el amor como
voluntad de cercanía, de presencia, de no abandono: no os dejaré huérfanos,
vendré a vosotros, estaré en vosotros.
Aquí Jesús promete tanto el don del Espíritu como su
propia venida. Y las dos cosas no son simplemente sucesivas: primero el don del
Espíritu con Pentecostés y luego la venida del Señor en la parusía.
En realidad, la presencia del Espíritu y la venida del
Señor son acontecimientos concomitantes. Esto es tan cierto que, en el pasaje
evangélico, a la palabra de Jesús que dice que el mundo no ve ni conoce al
Espíritu, le sigue la indicación de que los discípulos, en cambio, lo conocen,
y que lo verán a él, es decir, no al Espíritu, sino al Señor.
Los discípulos verán al Resucitado gracias al don del
Espíritu: esta visión tiene lugar en la fe y en el Espíritu Santo. He aquí las
palabras que dicen que la muerte no interrumpe el diálogo de amor entre el
Señor, que ama a los suyos y los ha amado hasta el final, y los discípulos, que
a través de sus palabras han aprendido que la única palabra que hay que vivir
es el amor.
Por eso el amor entre Jesús y sus discípulos no es
solo cosa del pasado, no es solo un hecho que terminó con la muerte de Jesús,
sino que continúa y puede continuar: es un diálogo de amor.
Quien me ama será amado por mi Padre y yo también lo
amaré. Así como la promesa del
Señor es señal de amor, también nuestra promesa humana es expresión de amor, de
fidelidad, de voluntad de cercanía. Y como todo amor auténtico, es compromiso y
esfuerzo.
El Evangelio relaciona el amor a Jesús con la
observancia de los mandamientos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»;
«El
que acoge mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama».
Guardar los mandamientos remite a una práctica que
abarca todo el cuerpo, como recuerda el Deuteronomio, que pide que los
mandamientos estén grabados en el corazón, atados a la mano, sean como un
colgante entre los ojos, se repitan mientras se camina, cuando se está en casa,
se enseñen a los hijos, estén presentes en el espíritu del hombre cuando se
acuesta y cuando se levanta, es decir, siempre (cf. Dt 6,6-9).
Y esto es lo que cumple el mandamiento del Señor: «Amarás
al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus
fuerzas» (Dt 6,5). Solo cuando el mandamiento del Señor pasa al cuerpo,
es decir, cuando se convierte en gesto, relación, historia, moldea y cambia a
quien lo pone en práctica.
«Cumplir los mandamientos», es decir,
ponerlos en práctica, permite que los mandamientos formen al hombre, den forma
al creyente, transformen a la persona humana. Los mandamientos moldean la
mirada, trabajan la mente, orientan los pasos, el comportamiento, las acciones,
el corazón, es decir, a toda la persona: cuerpo, alma y espíritu.
A quienes le aman y observan sus mandamientos, Jesús
promete que se dirigirá al Padre y el Padre les dará otro Paráclito para que
permanezca con ellos para siempre. La función de «estar con» del Paráclito
respecto a los discípulos es expresión de bendición. La bendición se expresa a
menudo con la fórmula: «El Señor esté contigo».
He aquí dónde y cómo se manifiesta el amor al Señor y
la observancia de los mandamientos: en ser bendición para los demás. Esta es la
función del Paráclito: estar con el discípulo, con el creyente. Pero «estar
con» no es más que un comentario al propio nombre de Paráclito y es
sinónimo de «ser bendición».
El Espíritu que «estará con vosotros para siempre»
cumple la promesa del Resucitado en Mateo: «Yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). El Paráclito, de hecho,
también se define como «Espíritu de la verdad», pero
«verdad» es un atributo cristológico: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»
(Jn 14,6).
Jesús es, es decir, la revelación de Dios, pero
también aquel que obra y suscita un juicio entre quienes lo acogen y quienes lo
rechazan, entre los creyentes y el mundo, entre «vosotros» que conocéis al
Paráclito y quienes, en cambio, no lo conocen. «Vosotros lo conocéis porque él
permanece con vosotros y estará en vosotros».
En la persona de Jesús, habitada y movida por el
Espíritu, el Espíritu está desde ahora junto a los discípulos, y ellos pueden
conocer al Espíritu viendo y escuchando a Jesús, observando cómo vive y se
mueve Jesús, cómo se relaciona y cómo actúa.
Y el Paráclito que ahora está junto a
ellos, después estará en ellos, convirtiéndose en principio
íntimo de vida, es decir, de palabra, de acción y de presencia. Palabra, acción
y presencia que tendrán como signo de autenticidad el ser bendición.
Y así como, mientras Jesús está vivo y camina junto a
sus discípulos, estos pueden ver
al Espíritu que actúa en Él, es decir, tener experiencia del Espíritu, así
también cuando Jesús sea elevado y ascienda al Padre y el Espíritu sea
derramado sobre los discípulos, ellos podrán ver al Señor gracias al Paráclito,
es decir, podrán vivir como Jesús vivió gracias al mismo Espíritu, podrán dejar
que el Señor mismo viva en ellos. Y vivirán de su misma vida: «Yo
vivo y vosotros viviréis»; «sabréis que vosotros estáis en mí y yo en
vosotros».
¿Qué ocurre en el corazón del hombre que deja que el
Espíritu del Señor more en él? Podemos decirlo con las palabras de Isaac el
Sirio:
«Cuando
el Espíritu establece su morada en un hombre, este ya no puede detener su
oración, porque el Espíritu no cesa de orar por él. Ya sea que duerma o vigile,
la oración no se separa de su corazón. Mientras come, mientras bebe, mientras
descansa, mientras trabaja, mientras está sumido en el sueño, el aroma de la
oración emana espontáneamente de su corazón».
Él no es tanto alguien que reza, sino que se ha
convertido en oración, es decir, es una presencia bendita, que derrama el bien
y la paz a su alrededor. Ciertamente, a costa de una gran lucha, de una lucha
dirigida contra sí mismo y contra los impulsos que le empujan a seguir «centrándose
en sí mismo», es decir, a hacer valer sus propias razones, la voluntad
de afirmarse, de exaltar su propio ego.
Este Evangelio nos introduce en la Ascensión, que
podemos entender como una gran epíclesis a la que Pentecostés, la efusión del
Espíritu, es la respuesta. Pero el resultado del don del Espíritu es
transformar a quienes se dejan habitar por Él en hombres y mujeres portadores
de bendición para los demás… para todos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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