sábado, 25 de abril de 2026

Un Dios en - San Juan 14, 15-21 -.

Un Dios en - San Juan 14, 15-21 -

 

Si me amáis, cumpliréis mis mandamientos…

 

Todo comienza con una frase llena de delicadeza y respeto: Si me amáis... «Si»: un punto de partida tan humilde, tan libre, tan confiado. No se trata de una orden («debéis cumplir»), sino de una constatación: si amáis, entraréis en un mundo nuevo.

 

Lo sabemos por experiencia: si amas, se enciende un sol, las acciones se cargan de fuerza y de calor, de intensidad y de alegría. La vida florece como una flor espontánea.

 

Guardaréis mis mandamientos.

 

Y son míos no tanto porque yo los haya prescrito, sino porque resumen quién soy yo y toda mi vida. ¡Si me amáis, viviréis como yo! Si amas a Cristo, Él habita en tus pensamientos, acciones y palabras, y los transforma. Y tú empiezas a imbuirte de ese sabor suyo de libertad, de paz, de perdón, de mesas repletas y de pequeños abrazados, de buenas relaciones, de la belleza de su vida. Empiezas a vivir su vida buena, bella y dichosa.

 

Ama y haz lo que quieras - San Agustín -. Si amas, no podrás herir, traicionar, robar, violar, burlarte. Si amas, no podrás sino socorrer, acoger, bendecir. Y esto por una ley interior mucho más exigente que cualquier ley externa. Ama y luego ve adonde te lleve el corazón.

 

En una especie de conmovedora y persuasiva monotonía, Jesús repite siete veces en el pasaje: vosotros en mí, yo en vosotros, estaré con vosotros, vendré a vosotros.

 

A través de una palabra de solo dos letras, «en», cuenta su sueño de comunión.

 

Yo en el Padre, vosotros en mí, yo en vosotros: dentro, sumergidos, unidos, íntimos. Jesús que busca espacios, espacios en el corazón. Yo soy sarmiento unido a la vid madre, gota en la fuente, rayo en el sol, chispa en el gran brasero de la vida, aliento en su viento.

 

No os dejaré huérfanos.

 

No lo sois ahora y nunca lo seréis: nunca huérfanos, nunca abandonados, nunca separados. La presencia de Cristo no hay que conquistarla, no hay que alcanzarla, no está lejos. Ya está dada, está dentro, es indisoluble, fuente que nunca se agotará.

 

Muchos entienden la fe como una tensión hacia un objeto de deseo nunca alcanzado o como el recuerdo de un tiempo dorado perdido. Pero Jesús da la vuelta a esta actitud: funda nuestra fe en un pleno, no en un vacío; en el presente, no en el pasado; en el amor por un ser vivo, no en la nostalgia.

 

Ya estamos en Dios, como un niño en el vientre de su madre. Y aunque no pueda verla, tiene sin embargo mil señales de su presencia, que lo envuelve, lo calienta, lo nutre, lo acuna.

 

Y, por último, el objetivo de Jesús: Yo vivo y vosotros viviréis: dar vida es la vocación de Dios, la obsesión de Jesús; su labor es ser, en la vida, dador de vida. Es muy hermoso saber que la prueba definitiva de la bondad de la fe reside en su capacidad de transmitir y custodiar la humanidad, la vida, la plenitud de vida. Y, además, de hacernos traspasar los límites hacia Dios.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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