La vocación de Dios - San Juan 14, 15-21 -
Si me amáis, cumpliréis mis mandamientos…
Sin amenazas, sin coacciones: puedes aceptarlo o
rechazarlo con total libertad: Jesús, hombre libre, palabra liberadora.
Si me amáis, cumpliréis...
Jesús no impone: Debéis cumplir. No se trata de una
orden, sino de una constatación: cuando amas suceden cosas, lo sabemos por
experiencia: todas las acciones se cargan de fuerza gozosa, de calor renovado,
de intensidad inesperada. Trabajas con ímpetu, con plenitud, con facilidad,
como el florecer de una flor espontánea.
Guardaréis mis mandamientos…
La construcción de la frase pone el acento en «mis».
Y «mis»
no tanto porque los haya dictado yo, sino porque los he vivido, porque son mi
vida. No se trata de guardar los 10 mandamientos, ¡sino su vida! Si me
amas, guarda mi vida… Si me amas, ¡conviértete en mí!...
Amar transforma, uno se convierte en lo que ama, las
pasiones modifican la vida. Si amas a Cristo, lo tomas como medida suprema de
la vida, para adquirir ese sabor suyo de libertad, de mansedumbre, de paz, de
enemigos perdonados, de mesas bien puestas, de pequeños abrazados, de buenas
relaciones que son la belleza de vivir.
Siete veces, en los siete versículos que componen el
pasaje, Jesús reitera un concepto, más bien un sueño: unirse a mí, habitar en mí.
Lo hace utilizando palabras que hablan de unión,
compañía, encuentro, en una especie de persuasiva monotonía: estaré
con vosotros, vendré a vosotros, en vosotros, a vosotros, vosotros en mí, yo en
vosotros.
¡Uno se convierte en lo que lo habita! Jesús busca
espacios, espacios en el corazón, espacios de relación. Busca amor. Y el
Evangelio narra la pasión de Jesús por unirse a mí utilizando una palabra de
solo dos letras: yo en el Padre, vosotros en mí, yo en vosotros.
Dentro, sumergidos, unidos, íntimos. Sarmiento unido a
la vid madre, gota en la fuente, rayo en el sol, chispa en el gran brasero de
la vida, aliento en su viento.
Jesús insiste en que su amor es pasión por unirse a
mí. Y esto me reconforta: que yo sea amado depende de Él, no de mí; el hombre
puede incluso decir que no a Dios, pero Dios no puede decir que no al hombre.
Tú puedes negarlo, Él nunca podrá renegarte.
De hecho: no os dejaré huérfanos.
No lo sois ahora y nunca lo seréis, nunca huérfanos,
nunca separados. La presencia de Cristo en mí no hay que conquistarla, no hay
que alcanzarla, no está lejos. Ya está dada, está dentro, es indisoluble,
fuente que nunca se agotará.
Y, por último, el objetivo de Jesús: Yo
vivo y vosotros viviréis: dar vida es la vocación de Dios; Jesús vino como
intención de bien, como dador de vida en abundancia (Jn 10,10). La suya es
también nuestra misión: ser todos, en la vida, dadores de vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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