Vivir resucitados en el Resucitado
Hay una paradoja, a menudo silenciosa, que atraviesa la vida de nuestras comunidades cristianas.
Dedicamos semanas intensas, cuidadas, ricas en signos
y propuestas para prepararnos para la Pascua, y luego corremos el riesgo de
dejar pasar precisamente el tiempo en el que la Pascua ocurre de verdad, se
despliega, se convierte en una experiencia viva.
La Cuaresma es densa, llena, casi «abarrotada»
de iniciativas. El Tiempo Pascual, en cambio, aunque es más largo, a veces
parece más plano, como sin relieve, menos destacado y vivido.
Y, sin embargo, es precisamente en el Tiempo Pascual donde
se juega el corazón de la fe, no tanto en la preparación, sino en la vida nueva
que brota de la Resurrección.
Hemos aprendido el lenguaje de la penitencia, del recogimiento, de la conversión. Nuestras comunidades no dejan de celebrar el Vía Crucis, los retiros, los ejercicios espirituales, los gestos de caridad y solidaridad… Todo esto es valioso, necesario, profundamente evangélico.
Sin embargo, me surge una pregunta: ¿por qué no
custodiamos con la misma intensidad el tiempo de la alegría? ¿Por qué no
educamos con el mismo cuidado en la «vida de resucitados»?
El Tiempo Pascual, que se extiende hasta Pentecostés,
no es un simple «eco» de la fiesta, sino la fiesta misma que continúa, se
profundiza y pide ser vivida. Es el tiempo en el que el Resucitado se
manifiesta, habla, camina con los suyos, abre las Escrituras a nuestra
inteligencia, parte el pan para nuestra hambre y sed infinitas, dona el
Espíritu que nos hace hijos en el Hijo.
Es el tiempo pascual el tiempo de la familiaridad con
una presencia viva: la del Resucitado. ¿O es que acaso nos sentimos más cómodos con el rostro sufriente de Jesús
que con el glorioso?
La cruz nos parece concreta, incluso comprensible, cercana a nuestras fatigas; la Resurrección, en cambio, nos desestabiliza, porque nos pide un salto, no solo cambiar algo, sino vivir de un modo nuevo, es decir, creer de verdad que la vida nueva ya es posible ahora.
De aquí debería surgir también una provocación
pastoral: si en Cuaresma no falta el Vía
Crucis, ¿por qué no dar espacio con constancia y creatividad al Vía Lucis? Si acompañamos a los
fieles a detenerse en las estaciones de la Pasión, ¿por qué no ayudarles a
contemplar también los signos de la Resurrección?
Si los ejercicios espirituales y los retiros
penitenciales marcan el tiempo cuaresmal, ¿por qué no pensar en itinerarios
pascuales que ayuden a reconocer la presencia del Resucitado en la vida
cotidiana?
Tal vez momentos de relectura, de testimonio, de alegría
compartida, de servicio, de redescubrimiento de la comunidad como lugar de vida
nueva…. De lo contrario, se corre el riesgo de una espiritualidad
desequilibrada, que insiste en la conversión y le cuesta celebrar la
«transformación», que se concentra en el pecado pero no se atreve a vivir
plenamente la Gracia.
Es decir, una espiritualidad que sigue siendo siempre
un poco «cuaresmal», como si la Resurrección fuera un acontecimiento que hay
que recordar, más que una condición que hay que vivir.
En cambio, la Pascua nos pide algo más radical: convertirnos en hombres y mujeres resucitados en Cristo, habitar la esperanza, elegir la luz, creer que la muerte no tiene la última palabra.
La Pascua nos invita a llevar a la vida cotidiana un
estilo nuevo, hecho de relaciones reconciliadas, de miradas renovadas, de una
alegría no superficial.
Deberíamos aprender a «detenernos» más en el tiempo
pascual, a no correr enseguida más allá, a dejarnos educar, con paciencia, en
la alegría; porque, si la Cuaresma nos prepara para la Pascua, es la Pascua la
que da sentido a la Cuaresma.
Y sin una verdadera experiencia del Resucitado, que es nuestro camino de fe, de discipulado, de seguimiento, corre el riesgo de perder su horizonte: la de la vida nueva como criaturas ya resucitadas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


No hay comentarios:
Publicar un comentario