Dios: esa comunión enamorada - San Juan 3, 16-18 -
Es cierto, las cosas están cambiando. Y rápidamente.
Se dan cuenta de ello quienes aman a la Iglesia. Y la
sirven, y la habitan.
Pero también los muchos que sufren al ver tantas
contradicciones e incongruencias.
Y, si sabemos leerlos, los signos de los tiempos están
ahí y, si queremos dejar de quejarnos, también se están moviendo las cosas,
dando la palabra a quienes, con demasiada frecuencia, son ignorados en la
Iglesia.
Demos por hecho que el mundo que hemos conocido, el
del cristianismo como referencia para todos, ha quedado atrás. Y que lo que
vivimos es un declive inexorable de una forma de cristianismo. Pero no lo es
del deseo de Dios y del Evangelio que, intacto, arde y quema los corazones.
Y admitamos que sí, al final nos estamos convirtiendo
en minoría. En la idea misma de concebir la fe como un discipulado, no como un
traje que ponerse en las ceremonias de la vida.
Pero, ¿por dónde empezar de nuevo?
¿De quién o de qué? ¿Cómo devolver el fuego al
anuncio, cómo hablar de Jesús a los cristianos?
¿Cómo obedecer al imperioso mandato de Jesús de
hacerlo presente en este tiempo intermedio? Dejando actuar al Espíritu, claro
(aunque no tan claro). Reavivando los corazones.
Pero, también, partiendo de las relaciones.
Haciendo de las comunidades lugares en los que, de
verdad, realmente, partimos de Dios.
Pero del Dios de Jesús, no de ese Dios aproximado de nuestro
catolicismo diluido.
Un Dios que baila.
Dios es la suma del bien, de lo bello y de lo justo. La suma de la perfección. A esto han llegado otros enfoques, otros caminos, otras religiones.
Y la realidad, lo existente, el mundo y sus
implicaciones o anhelan esa perfección, o sacan fuerza de ella, o participan de
su energía.
La tradición bíblica, compartida en parte por judíos,
cristianos y musulmanes, llega a determinar la existencia de un Dios personal
que interactúa, que crea relación, que quiere tejer vínculos con sus criaturas.
No es fácil creerlo, no es evidente.
Llevamos en nuestro interior una imagen tenebrosa de
Dios, inquietante.
Dios, en cambio, se revela a Moisés y al pueblo de
Israel. Un Dios misericordioso y
compasivo, lento para la ira y rico en amor y fidelidad.
Un Dios que hace de nosotros su heredad.
Esta primera conversión, de un dios tenebroso y vengativo, que vive exacerbando nuestras emociones y nuestros miedos, nuestras rabias y nuestras ambiciones, a un Dios compasivo y benévolo, es un salto gigantesco al que han llegado muchas experiencias religiosas.
Dios es uno, único, eterno, omnipotente, omnipresente.
Pero solo.
El supremo egoísta que se basta a sí mismo. A quien
venerar y temer. A quien invocar y halagar.
¿O no?
Dios amó
tanto al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que crea en Él
no se pierda, sino que tenga vida eterna, dice Jesús a Nicodemo.
No, dice Jesús, Dios no está encerrado en su
perfección, sino que se relaciona, se entrega, se revela, se ofrece.
Y lo hace a través de un don: su Hijo.
Jesús no es solo un gran hombre, un profeta
carismático, un luchador coherente e intenso.
Es más: la resurrección que hemos celebrado nos revela
su identidad profunda.
Más que un profeta, más que el Mesías, es Dios mismo.
El hombre Jesús habitado por el Verbo de Dios que habla de Dios de manera inesperada y nueva, íntima y absoluta. Y que dona el Espíritu, que es el amor que une al Padre con el Hijo, sin medida.
Jesús habla del Padre, porque Él y el Padre son uno.
Revela el rostro de un Dios que no condena, que no
actúa como juez supremo, sino que desea la salvación, es decir, la felicidad
plena, para cada hombre.
La idea de Dios que nos habíamos formado se va
esculpiendo, puliendo, completando.
Yo creo en el Dios que Jesús vino a anunciar.
Pero no ha terminado.
El amor intenso e inmenso que une a Dios padre/madre
con el hijo/hija es tan fuerte que es, a su vez, una presencia divina, una
persona divina. El Espíritu que hemos recibido es el amor que une al Padre con
el Hijo. Como escribe Pablo en sus cartas, la
gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo
moran en nosotros.
Gracia, amor, comunión. He aquí a Dios.
Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Una familia, una relación, un todo.
Tan unidos que, desde fuera, vemos una unidad. Uno solo. Porque quienes se aman se unen sin fundirse, sin homogeneizarse, sin desaparecer el uno en el otro.
La última pieza del rompecabezas se revela.
Ese Dios, suma de toda perfección, que entra en
contacto con la humanidad es fiesta.
Danza. Relación. Comunicación.
Y nosotros somos a su imagen, es decir, creados a
imagen de la Trinidad.
Es inútil engañarnos pensando que lo hacemos todo
solos. O que somos autosuficientes.
Si somos imagen de Dios, estamos impulsados a la
comunión.
Cuando era niño, en el catecismo, el párroco intentaba
explicarnos quién era Dios. Y, en su suma ingenuidad, escribía en la pizarra
1+1+1=1, creando una gran confusión en nuestras cabecitas intactas. Tuve que
crecer y conocer, confiar e indagar, convertirme en discípulo para comprender
que, en realidad, 1x1x1=1.
Dios es uno porque los tres son uno para el otro.
De aquí debemos partir.
De la fase trinitaria.
Luego, el resto —la pastoral, los catecismos, las Misas,
las nuevas ideas para formar a los cristianos— vendrá por consiguiente.
Recomenzamos desde Dios, desde nuestro Dios que es
comunión enamorada.
Seremos creíbles. Por fin nos uniremos al Dios que
hace nuevas todas las cosas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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