viernes, 15 de mayo de 2026

El amor es el distintivo del Dios cristiano - San Juan 3, 16-18 -.

El amor es el distintivo del Dios cristiano - San Juan 3, 16-18 -

El Evangelio afirma que «tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito» (Jn 3,16): lo que subraya la modalidad del amor de Dios.

 

¿Cómo amó, pues, Dios? Amó dando. No tomando para sí, no haciendo suyo, no apoderándose, sino dando. El verbo amar lo usamos a menudo en el sentido de aspirar a poseer, de querer hacer nuestro. Dios ama dando.

 

¿Y qué dio Dios? No un objeto, sino al Hijo. Al dar al Hijo, el Padre pone en riesgo su propio ser de Padre. El verdadero don es el riesgo de uno mismo. Es un riesgo excesivo que llega a dar vida a otros. El verdadero don es el propio donante. Cualquier otro don que sea menor que esto es un don inadecuado.

 

Por lo tanto, Dios ama dándose a sí mismo. Una vez más: ¿cómo amó Dios? Ese «tanto» subraya la continuidad del don de Dios con el gesto que realizó Moisés en el desierto al levantar la serpiente: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15).


Hay una forma del amor de Dios que se manifiesta como fidelidad: la fidelidad de Dios al pueblo con el que se ha unido en alianza, la fidelidad a la historia que ha recorrido con el pueblo, la fidelidad a su Nombre, en el que la medida de la misericordia supera con creces la medida del juicio (cf. Éx 34,7).

 

Se trata de fidelidad al pueblo infiel y de amor por el pueblo que no le corresponde: la fidelidad y el amor de Dios se convierten en su compromiso, en su responsabilidad para con los hombres. Solo así el amor de Dios es verdaderamente para el mundo, para toda la humanidad, para cada hombre. Y solo así su amor, unilateral e incondicional, no condena, sino que salva.

 

Por tanto, el amor con el que Dios amó está hecho de fidelidad y de responsabilidad. Y subrayo la forma verbal: amó. Se trata de una acción puntual que tuvo lugar históricamente en un momento histórico concreto. El amor tiene una forma histórica, concreta.

 

El don, es decir, el Hijo Jesucristo, aquel que fue dado, es quien a su vez se da, se entrega; es quien ama de manera concreta a los suyos y los ama hasta el final. El Dios que ama dando es narrado por el Hijo, quien a su vez ama dándose, y dándose con fidelidad a los suyos a quienes ama, haciendo del amor su compromiso, su voluntad, su responsabilidad hacia ellos.

 

Y el Hijo es también aquel que da el Espíritu, que entrega el Espíritu («Inclinando la cabeza, entregó el Espíritu»: Jn 19,30) y, a su vez, el Espíritu, don del Dios altísimo, se convierte en el «dador de dones». El Espíritu derrama dones e inspira y suscita el acto mismo de dar en los creyentes y en la comunidad cristiana. Él es el don por excelencia prometido a la oración de los creyentes (Lc 11,13).

 

El modo de vida trinitario es el de la entrega. Y este es también el culmen del amor de los creyentes: «No hay mayor amor que este: dar la vida por los amigos» (Jn 15,13).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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