El amor es el distintivo del Dios cristiano - San Juan 3, 16-18 -
El Evangelio afirma que «tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito» (Jn 3,16): lo que subraya la modalidad del amor de Dios.
¿Cómo amó, pues, Dios? Amó dando. No tomando para sí, no haciendo suyo, no apoderándose,
sino dando. El verbo amar
lo usamos a menudo en el sentido de aspirar a poseer, de querer hacer nuestro. Dios
ama dando.
¿Y qué dio Dios? No un objeto, sino al Hijo. Al dar al Hijo, el Padre pone en
riesgo su propio ser de Padre. El verdadero don es el riesgo de uno mismo. Es
un riesgo excesivo que llega a dar vida a otros. El verdadero don es el propio
donante. Cualquier otro don que sea menor que esto es un don inadecuado.
Por lo tanto, Dios ama dándose a sí mismo. Una vez
más: ¿cómo
amó Dios? Ese «tanto» subraya la continuidad del
don de Dios con el gesto que realizó Moisés en el desierto al levantar la
serpiente: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que
sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida
eterna» (Jn 3,14-15).
Hay una forma del amor de Dios que se manifiesta como fidelidad: la fidelidad de Dios al pueblo con el que se ha unido en alianza, la fidelidad a la historia que ha recorrido con el pueblo, la fidelidad a su Nombre, en el que la medida de la misericordia supera con creces la medida del juicio (cf. Éx 34,7).
Se trata de fidelidad al pueblo infiel y de amor por
el pueblo que no le corresponde: la fidelidad y el amor de Dios se convierten
en su compromiso, en su responsabilidad
para con los hombres. Solo así el amor de Dios es verdaderamente para el mundo,
para toda la humanidad, para cada hombre. Y solo así su amor, unilateral e
incondicional, no condena, sino que salva.
Por tanto, el amor con el que Dios amó está hecho de
fidelidad y de responsabilidad. Y subrayo la forma verbal: amó. Se trata de una acción puntual que tuvo lugar
históricamente en un momento histórico concreto. El amor tiene una forma
histórica, concreta.
El don, es decir, el Hijo Jesucristo, aquel que fue
dado, es quien a su vez se da, se entrega; es quien ama de manera concreta a
los suyos y los ama hasta el final. El Dios que ama dando es narrado por el
Hijo, quien a su vez ama dándose, y dándose con fidelidad a los suyos a quienes
ama, haciendo del amor su compromiso, su voluntad, su responsabilidad hacia
ellos.
Y el Hijo es también aquel que da el Espíritu, que
entrega el Espíritu («Inclinando la cabeza, entregó el Espíritu»:
Jn 19,30) y, a su vez, el Espíritu, don del Dios altísimo, se convierte en el «dador
de dones». El Espíritu derrama dones e inspira y suscita el acto mismo
de dar en los creyentes y en la comunidad cristiana. Él es el don por
excelencia prometido a la oración de los creyentes (Lc 11,13).
El modo de vida trinitario es el de la entrega. Y este
es también el culmen del amor de los creyentes: «No hay mayor amor que este: dar
la vida por los amigos» (Jn 15,13).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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