martes, 19 de mayo de 2026

"Por sus frutos los conoceréis": el déficit de una sinodalidad real y efectiva -

"Por sus frutos los conoceréis": el déficit de una sinodalidad real y efectiva

Uno mira desde la distancia aunque sea con interés e, incluso, preocupación. Y se pregunta si la mentalidad sinodal ha entrado efectivamente a formar parte del modo de ver, pensar, actuar de los Obispos.

 

Y pienso esto porque la sinodalidad también consiste en reconocer el carácter normativo de la categoría Pueblo de Dios que, tras haber sido recuperada por el Concilio Vaticano II, se había ido como difuminando en el magisterio y en los tratados teológicos.

 

Al revitalizar la fructífera relación recíproca entre el Pueblo de Dios y la jerarquía, y al afirmar la igual dignidad de todos los creyentes en Cristo en una corresponsabilidad diferenciada, la sinodalidad está destinada a desmontar la lógica piramidal típica de la eclesiología preconciliar.

 

Una mentalidad que aún perdura, incluso inconscientemente, en el íntimo de no pocos pastores. También entre agentes pastorales y fieles.

 

Y pienso esto porque, siempre desde la distancia, ante ciertas circunstancias creo que aquí hay una clave (no digo “la” clave) que ayuda a explicar ciertas situaciones actuales en algunas Iglesias Locales.

 

La experiencia personal (también he sido, solamente a un cierto nivel, una persona de gobierno en el ambiente eclesial) me lleva a pensar que la sensibilidad sinodal no ha entrado, aún, en ciertas mentalidades episcopales (probablemente tampoco en otras que no tenemos ni báculo ni mitra).


Nos entretenemos en frases hechas del tipo «la Iglesia o es sinodal o no es Iglesia», «la sinodalidad es la dimensión constitutiva de la Iglesia», «la Iglesia es constitutivamente sinodal»,…, que parecen concitar el aplauso fácil pero está por ver si aquella mentalidad de “lo que concierne a todos, debe ser discutido y aprobado por todos” ha entrado a formar parte del ADN cordial y mental del episcopado (y también de la formación de cara al ministerio ordenado).

 

Y pienso esto porque el primer nivel de ejercicio de la sinodalidad tiene lugar en una Iglesia particular. No en la Santa Sede ni en la Iglesia universal.

 

El Pueblo de Dios no es una masa informe e inarticulada. Existe en las Iglesias particulares y a partir de las Iglesias particulares. Y la forma sinodal de Iglesia debe concebirse a partir del conjunto de las Iglesias Locales donde nace y crece en la escucha de la Palabra, en la participación en la Eucaristía y en el testimonio de la caridad, acompañado por la presidencia del Obispo y de su presbiterio.

 

Así lo afirmaba un importante documento de la Comisión Teológica Internacional de 2 de marzo de 2018, titulado “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia: «El primer nivel de ejercicio de la sinodalidad tiene lugar en una Iglesia particular» (cf. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_20180302_sinodalita_sp.html). 



Una consecuencia de tal visión se encuentra en la correcta comprensión de la identidad y la misión del ministerio jerárquico, al que debe conferirse un carácter de servicio transitorio, histórico, temporal, más que ontológico, pero nunca absoluto ni autorreferencial.
 

Esa comprensión tiene como consecuencia, por ejemplo y entre otras, que poco tiene que ver con un estilo sinodal la práctica de ordenar Obispos que no tienen un vínculo real con una Iglesia Local o que no muestran sintonía efectiva y real con un modelo de Iglesia de comunión y sinodalidad, y que corren el riesgo de hablar siempre al Pueblo de Dios sin escucharlo nunca (o escuchando a aquellos que le hacen coro amable o eco de resonancia afín).

 

De todo ello se deriva asimismo la necesidad de involucrar al Pueblo de Dios en su totalidad en todos los procesos de conversión y de reforma que la Iglesia emprende, puesto que el Espíritu habla a todos a través de diversas mediaciones, como la escucha asidua de la Palabra, la oración, la caridad vivida, la relectura creyente de los acontecimientos de la vida y de la historia, pero también como el diálogo y la expresión serena de los diversos puntos de vista.

 

Por el momento, y siempre desde la distancia, me es complejo imaginar una conversión sinodal de algunos Obispos. También de la estructura de la Iglesia sin la participación activa de todos los componentes del Pueblo de Dios.

 

Para que esta participación activa sea eficaz, es necesario poner en marcha prácticas y dinámicas comunicativas adecuadas para que los diversos sujetos que participan en el desarrollo de la vida eclesial puedan interactuar de manera orgánica y comunitaria, tanto con fines consultivos como deliberativos.


Quiero decir que en una Iglesia que quiera avanzar en el proceso de la sinodalidad efectiva, una dinámica comunicativa fundamental es la escucha recíproca, que no es un fin en sí misma, sino que sirve para generar procesos personales y comunitarios que pueden conducir a cambios reales, tanto en las mentalidades como en las estructuras.

 

Me refiero a una escucha que no sea una simple consulta sino que se convierta en un diálogo creativo, caracterizado no solo por la apertura confiada al otro, la intención de trabajar y pensar juntos, la empatía, el respeto recíproco, la naturaleza participativa y la dimensión generativa de la visión y las relaciones. Por supuesto, que sea también generadora de una nueva comprensión más rica y más profunda del Evangelio que genera la Iglesia.

 

La fuerza del diálogo reside en negarse a privilegiar una sola voz, perspectiva o ideología, y en reconocer el valor de la aportación de muchas voces independientes pero dirigidas mutuamente-recíprocamente.

 

Una Iglesia sinodal tiene la obligación de escuchar sin prejuicios, sobre todo a ciertas categorías de personas.

 

Hay que escuchar a los laicos, reconociéndolos como verdaderos compañeros de camino, por su aportación —en carismas, competencias profesionales, experiencias de vida— única e insustituible. Y esto supone que haya que dirigirse a ellos con un lenguaje distinto del habitual en los ámbitos clericales y eclesiales, el de la vida cotidiana del trabajo, de la vida familiar, de la economía y la política,…, es decir, el lenguaje que los laicos y las laicas emplean en su día a día.

 

Hay que escuchar a las mujeres, cuyas palabras, gracias al Concilio Vaticano II, se han vuelto públicas, autorizadas y competentes en el ámbito eclesial, pero siguen sin ser debidamente tenidas en cuenta debido al legado androcéntrico y patriarcal que aún aflige a la Iglesia católica.

 

Hay que escuchar a los jóvenes, que a menudo expresan un profundo malestar en una Iglesia gobernada no pocas veces por una “gerontocracia.

 

Hay que escuchar a aquellos grupos de creyentes que, tal vez porque expresan críticas son en su mayoría marginados de la vida eclesial.

 

Hay que escuchar a los religiosos y religiosas que, con su experiencia secular de sinodalidad vivida, pueden ser de gran ayuda en la renovación de las diócesis, promoviendo la idea de que los cargos de autoridad se asuman solo por un período, de forma rotativa, y mostrando la eficacia de unir el poder de uno (superior/a) con la contribución constante de un grupo de consejeros y con momentos de asamblea en los que participan todos (asambleas, capítulos,…).

 

Toda esta reflexión nace de una intuición - no una certeza - que ha ido y continúa creciendo en mí: en este proceso eclesial de sinodalidad, y que quiso poner en marcha el Papa Francisco, no todos los Obispos muestran efectivamente esa sintonía ni están alineados con esa sinodalidad como nueva forma de la Iglesia que es comunión. Probablemente porque no la han incorporado a su ADN de gobierno pastoral.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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