Caminar en fe
La vida sucede, con o sin nosotros. La vida sigue y, en esencia, lo hace sin grandes variaciones: se come y se bebe, se toma esposa o esposo, se trabaja y se descansa, se concentra y se distrae, ...
Lo entendemos bien cuando muere una persona a la que hemos amado mucho, nos invade en esos momentos un asombro legítimo, nos sorprende que el mundo no se detenga, que continúe como si nada hubiera pasado.
Y tal vez sea así, lo que para nosotros lo es todo para
la Vida no es nada. Se nace, se vive, se muere. Siempre ha sido así, seguirá
siendo así hasta el final, y mientras tanto se mueve la vida, igual a sí misma,
con o sin nosotros.
Ampliando el flujo del tiempo, ser un héroe o un miserable no supone una gran diferencia, todo lo que ahora nos rompe el corazón se alejará del presente, insignificante como todos los dramas que nos han precedido y los que vendrán.
Como un gran río, el tiempo se lleva amores y dramas, dudas y conquistas, todo acaba en el mar indistinto del pasado. Y así será para siempre. La vida nos abruma con una sonrisa distante, no se altera demasiado, espera…, espera a que pasemos. Esto es un diluvio de aquel Noé. Y ocurre a diario.
Y así parece legítimo dejar de soñar, o mejor dicho, sucede que la vida silenciosa abruma nuestro entusiasmo. Incluso creer se reduce a un ejercicio para ingenuos. Al fin y al cabo, todo sigue igual, ¿dónde han ido a parar los propósitos de dos mil años de Adviento? ¿Dónde habitan los mejores deseos de la Navidad? ¿Dónde están los grandes impulsos de fe?
Si somos honestos, sabemos bien que el año que viene seguiremos aquí, solo que más viejos y quizás menos ingenuos, para comenzar otro Adviento más. Dan ganas de dejarlo. Solo que seguimos vivos, y eso complica las cosas.
La vida fluye y repite su llamamiento: come, bebe, toma esposa o marido, trabaja, descansa, disfruta… El primer paso es darse cuenta de esto. Un paso arriesgado, porque se puede morir de miedo ante tanta verdad descarada, ante tanto cinismo realista: no, no somos el centro del mundo.
Es un paso resbaladizo. Solamente para corazones fuertes. Es un paso que a menudo se niega. Se sigue celebrando la vida con banal ligereza, ilusionando con conquistas vacías, fingiendo que ganar y vencer hacen bella la vida. Y, al hacerlo, se desactiva el escándalo de vivir.
Insistir en una forma de vivir infantil, sonriente e ingenua, repitiendo guiones gastados e inservibles, contentándonos con el entretenimiento y la diversión, con distracciones, nos lleva a una vida dramática porque vacía.
El primer paso del Adviento suele ser mirar de frente a la vida, a esta vida que es mucho más grande que nuestros dramas. Y no recurrir inmediatamente a un Dios demasiado cómodo y consolador. Darse cuenta del drama, afrontar la tragedia de estar en el mundo. Y solo entonces, solo desde las entrañas del drama, encontrar el valor para elevar la mirada.
La vida fluye, llegan los diluvios, las vidas se ven arrasadas y no hay nada, absolutamente nada que hacer salvo seguir comiendo, bebiendo, tomando esposa o marido, quedándose en el campo, moliendo en la muela, …
Pero se puede también salvar pequeños fragmentos de vida. Salvar fragmentos de vida significa que no se puede detener el diluvio, que la vida continúa, pero que se pueden poner a salvo retazos de amor.
El Evangelio nos muestra a un Dios que se hace hombre, pequeño, insignificante, un Dios que no cambia el curso de la historia, no impide que los hombres nazcan, vivan y mueran, pero un Dios que con su vida intenta poner a salvo algunos gestos de vida.
Aparentemente inútiles, pequeños milagros, pero que tal vez marcan la diferencia, si creemos en ellos. Porque creer es precisamente eso. Tener el valor de ver el drama de una vida fatigosa y difícil, pero al mismo tiempo inventar y custodiar gestos de vida.
Por supuesto que la vida es comer y beber, pero el pan se puede exigir como algo debido o se puede partir como algo compartido. No cambia nada, lo juro, la vida no cambia, siempre habrá quienes tengan demasiado y quienes no tengan nada, pero se pueden salvar fragmentos de humanidad amorosa y gratuita.
Por supuesto, la vida es tomar esposa o esposo, pero puedes hacerlo por costumbre o puedes vivirlo con el asombro de quien nunca se siente a la altura del amor recibido. Puedes hacerlo pasando de pretensión en pretensión o esparciendo gestos gratuitos de amor.
Sí, no cambiará nada, el odio seguirá a otro odio y la vida se lo llevará todo consigo, pero el amor está hecho de pequeños gestos insignificantes que, como semillas, explotan en vida.
Creo que creer tiene que ver con el surco de la tierra donde depositar pequeños gestos de amor, como semillas.
Creo que la fe fácil y descomprometida es la blasfemia más punzante.
Creo que hay gente que, quizás sin saberlo, está sembrando gestos de amor que un día resucitarán a la vida eterna.
Creo que también mi vida, nuestras vidas, pasarán sin dejar rastro. Pero también creo que nosotros también podemos sembrar o lanzar alguna semilla de vida eterna.
Creo que la resurrección es un concepto difícil de imaginar, pero también creo que los gestos de amor, que recibimos y que regalamos, susurran Eternidad.
Y en esos momentos me parece posible incluso creer... a pie desnudo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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