lunes, 15 de diciembre de 2025

Salvemos la magia… la magia de nuestro corazón.

Salvemos la magia…

... que llevamos en el corazón, por favor, salvemos su realeza, su inocencia descarada e infantil, la de quienes se obstinan en creer en los mensajes de las estrellas, en la bondad de los reyes y en la presencia visible e indiscutible de Dios;

... protejámosla, intentemos no arrugar sus preciosas vestimentas, de la realeza de su andar, del perfume de Oriente y de los límites infinitos de los desiertos que llevan impresos en sus pupilas;

... que llevamos dentro, sus sueños, sus peregrinaciones, sus inquietudes, el sentido de la aventura, del misterio;

... del momento del descubrimiento celeste de un cometa, del entusiasmo, de la terquedad, de su misteriosa y regia belleza, de sus cálculos astrales, de su incalculable sed de camino;

... de la locura de quienes aún quieren intentar unir los caminos celestiales con los terrestres, de quienes no se avergüenzan de preguntar «¿dónde está?», dónde está el Dios que ha nacido, porque sabemos que existe, sin duda, solo tenemos que encontrarlo;

... que tenemos en el corazón del cínico asalto de Herodes y de toda Jerusalén poderosa, de esas estructuras que parecen sólidas por su aparente seguridad, por sus órdenes gritadas, por la arrogancia con la que consideran inútiles las preguntas, por su obsesión de querer resolver todos los problemas sin tener siquiera la sabiduría de saborear el misterio inherente a toda duda;

... que llevamos en el corazón del encanto del poder que, inmóvil, siempre pretende que el mundo se mueva para él;

... de la arrogancia del saber que basta con descifrar libros para conocer, y así se olvida de caminar, de exponerse a las inclemencias del tiempo, de probar las tesis con la vida, la verdadera, la expuesta y arriesgada, la que ama y se pierde y se reencuentra;

... que llevamos en el corazón de nuestras ilusiones de movimiento, de la incapacidad de querer cambiar de verdad, del miedo que siempre es falta de fe en el Dios que se deja encontrar en todas partes, bajo cualquier cielo, en el polvo de cualquier camino, en cada momento de desequilibrio que precede al paso siguiente, en el transcurso del tiempo que pacientemente sale a la luz y se deja llevar en los brazos del Eterno, de un Dios nómada por amor que tiene como huellas el camino del Éxodo;

... que llevamos en el corazón y salvemos su libertad de arrodillarse para una adoración divina, que inclinarse ante una maternidad es como querer pedir, sin palabras, con lágrimas en los ojos, que solo se desearía volver al seno de la Madre para renacer a una nueva vida;

... de la valentía de adorar a ese niño, precisamente a ese, es decir con seguridad que a partir de ese momento nunca se adorará a nadie más, que ya no se podrá adorar por interés, por miedo o por astucia.

Sí, salvemos la magia de nuestro corazón…

... de ese Herodes que habita en nosotros y que aún no acepta creer, no acepta ceder, salvémonos de ese Herodes que nubla con su turbamiento su propio corazón y el de quienes le rodean, un turbamiento hecho de una razonabilidad contable y miope por la que la felicidad correspondería a ser servido y no a servir, a ser obedecido y no a obedecer, a ser respetado, por miedo, quizás, a no ser digno de ser amado;

... de ese Herodes que llevamos dentro, ese que no duda en matar, tal vez con el arma agria de la ironía, los intentos ingenuos de la vida que nace, de lo invisible que crece, de lo puro que no tiene la malicia suficiente para bajar a competir con violencia en la arena del mundo;

... de ese Herodes que con arrogancia mata toda primogénita inocencia solo porque está dispuesta a creer en un Padre, solo porque minaría el derecho del déspota a la tristeza, al cálculo, a la cínica devaluación del mundo.

Y seamos, pues, de los que creen que las estrellas han sido puestas en el cielo para ser seguidas, de los que confían en los sueños para transfigurar inmediatamente en realidad, de los que no temen cambiar de camino para no tropezar con la tentación del poder, de los que resisten la tentación de perderse en los laberintos de Jerusalén para ser alguien y prefieren volver a su país, para ser fieles a su identidad profunda.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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