Salvemos la magia…
... que
llevamos en el corazón, por favor, salvemos su realeza, su inocencia descarada
e infantil, la de quienes se obstinan en creer en los mensajes de las
estrellas, en la bondad de los reyes y en la presencia visible e indiscutible
de Dios;
... protejámosla,
intentemos no arrugar sus preciosas vestimentas, de la realeza de su andar, del
perfume de Oriente y de los límites infinitos de los desiertos que llevan
impresos en sus pupilas;
... que
llevamos dentro, sus sueños, sus peregrinaciones, sus inquietudes, el sentido
de la aventura, del misterio;
... del
momento del descubrimiento celeste de un cometa, del entusiasmo, de la
terquedad, de su misteriosa y regia belleza, de sus cálculos astrales, de su
incalculable sed de camino;
... de
la locura de quienes aún quieren intentar unir los caminos celestiales con los
terrestres, de quienes no se avergüenzan de preguntar «¿dónde está?»,
dónde está el Dios que ha nacido, porque sabemos que existe, sin duda, solo
tenemos que encontrarlo;
... que
tenemos en el corazón del cínico asalto de Herodes y de toda Jerusalén poderosa,
de esas estructuras que parecen sólidas por su aparente seguridad, por sus
órdenes gritadas, por la arrogancia con la que consideran inútiles las
preguntas, por su obsesión de querer resolver todos los problemas sin tener
siquiera la sabiduría de saborear el misterio inherente a toda duda;
... que
llevamos en el corazón del encanto del poder que, inmóvil, siempre pretende que
el mundo se mueva para él;
... de
la arrogancia del saber que basta con descifrar libros para conocer, y así se
olvida de caminar, de exponerse a las inclemencias del tiempo, de probar las
tesis con la vida, la verdadera, la expuesta y arriesgada, la que ama y se
pierde y se reencuentra;
... que
llevamos en el corazón de nuestras ilusiones de movimiento, de la incapacidad
de querer cambiar de verdad, del miedo que siempre es falta de fe en el Dios
que se deja encontrar en todas partes, bajo cualquier cielo, en el polvo de
cualquier camino, en cada momento de desequilibrio que precede al paso
siguiente, en el transcurso del tiempo que pacientemente sale a la luz y se
deja llevar en los brazos del Eterno, de un Dios nómada por amor que tiene como
huellas el camino del Éxodo;
... que
llevamos en el corazón y salvemos su libertad de arrodillarse para una
adoración divina, que inclinarse ante una maternidad es como querer pedir, sin
palabras, con lágrimas en los ojos, que solo se desearía volver al seno de la
Madre para renacer a una nueva vida;
... de
la valentía de adorar a ese niño, precisamente a ese, es decir con seguridad
que a partir de ese momento nunca se adorará a nadie más, que ya no se podrá
adorar por interés, por miedo o por astucia.
Sí, salvemos
la magia de nuestro corazón…
... de
ese Herodes que habita en nosotros y que aún no acepta creer, no acepta ceder,
salvémonos de ese Herodes que nubla con su turbamiento su propio corazón y el
de quienes le rodean, un turbamiento hecho de una razonabilidad contable y
miope por la que la felicidad correspondería a ser servido y no a servir, a ser
obedecido y no a obedecer, a ser respetado, por miedo, quizás, a no ser digno
de ser amado;
... de
ese Herodes que llevamos dentro, ese que no duda en matar, tal vez con el arma
agria de la ironía, los intentos ingenuos de la vida que nace, de lo invisible
que crece, de lo puro que no tiene la malicia suficiente para bajar a competir
con violencia en la arena del mundo;
... de
ese Herodes que con arrogancia mata toda primogénita inocencia solo porque está
dispuesta a creer en un Padre, solo porque minaría el derecho del déspota a la
tristeza, al cálculo, a la cínica devaluación del mundo.
Y seamos,
pues, de los que creen que las estrellas han sido puestas en el cielo para ser
seguidas, de los que confían en los sueños para transfigurar inmediatamente en
realidad, de los que no temen cambiar de camino para no tropezar con la
tentación del poder, de los que resisten la tentación de perderse en los
laberintos de Jerusalén para ser alguien y prefieren volver a su país, para ser
fieles a su identidad profunda.
P. Joseba
Kamiruaga Mieza CMF



No hay comentarios:
Publicar un comentario