lunes, 15 de diciembre de 2025

Una parábola de nuestra vida: los Magos.

Una parábola de nuestra vida: los Magos

Nosotros somos los magos, somos nosotros los que nos ponemos en camino mirando al cielo, no tanto por valentía como por necesidad, la que tienen todos aquellos que miran las nubes del cielo y piensan que están hechos solo para volar.

 

Nosotros somos los magos, impulsados por el deseo de quien cree ciegamente en los sueños y se entristece ante la obvia concreción de ciertos proyectos.

 

Los magos somos nosotros, impulsados por la necesidad de abandonar territorios existenciales acogidos solo por herencia, de abandonar amores normales a cambio de ideales, magos a la conquista descarada de la vida, también nosotros cautivados por un sueño, por utopías tan grandes como el mundo.

 

Los magos somos nosotros y cuando partimos, aquel día, aferrándonos a la cola de un cometa que brillaba solo para nosotros, con la ilusión en el bolsillo de que el mundo se alegraría de nuestro sueño, estábamos seguros, realmente seguros, de que cualquiera se habría confiado a nuestro nuevo mapa del mundo, finalmente revelado por nuestro total y apasionado coraje.

 

Los magos somos nosotros, nosotros que entramos en las fauces de cualquier Herodes, nosotros que, cegados por la imprudencia, corremos el riesgo de echar por tierra incluso los planes divinos.


 

Nosotros somos los magos cuando creemos que los sueños pueden cambiar la piel del poder, que el ideal puede doblegar el sistema.

 

Nosotros somos los magos cuando acariciamos la idea de triunfar donde todos han fracasado, y así es justo, intentar y fracasar, es parte de la vida. Solo hay que aprender a fracasar.

 

Somos los magos cuando, por un momento, nos volvemos para mirar a los ojos a Herodes y a los jefes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo y nos reconocemos, porque nosotros también somos ellos, cada vez que nos quedamos quietos, cada vez que la Verdad sigue siendo una explicación y no se transforma en camino, en riesgo, en principio de conversión.

 

Somos los magos y somos espléndidos cuando no nos sentimos mejores que nadie, cuando reconocemos que hay momentos en la vida en los que uno está cansado de caminar y tiene miedo de perderse, porque el viaje es siempre un enigma.

 

Somos los magos cuando no nos limitamos a condenar al Herodes que llevamos dentro, sino que aceptamos que hay una parte de nosotros que se apega a la protección segura y confortable de lo que ha construido, incluso a nuestros errores y a nuestras manías.

 

Nosotros somos los magos cuando acariciamos el poder y lo vemos por lo que es, un animal asustado, un grito que vomita desesperadamente todo su miedo a morir.

 


Nosotros somos los magos cuando reemprendemos la andadura pero por otro camino, para aprender finalmente a morir, pero sin rencor. Sin condena. 


Nosotros somos los magos cuando vemos aparecer de nuevo una estrella y sabemos que es la misma que seguíamos al principio, pero ahora hemos cambiado, hemos atravesado Jerusalén, ya no somos jóvenes.

 

Nosotros somos los magos cuando conseguimos volver a partir, aprendemos a ser quizás menos audaces, pero mucho, mucho más misericordiosos, ya no nos da miedo la suciedad, nuestros mantos se han arrugado, hay jirones y rasgaduras.

 

Nosotros somos los magos, cuando la estrella se detiene, cuando bajamos del caballo, cuando al final de una trayectoria encontramos un comienzo, cuando nos inclinamos ante nuestro niño, una vez más, descubierto solo al final del viaje.

 

Nosotros somos los magos cuando comprendemos que aquí es donde teníamos que llegar, y nos conmueve nuestra vejez, los ojos ingenuamente llorosos, la insignificancia de un itinerario que se creía memorable y que ya ha llegado a su fin.



Nosotros somos los magos, mientras los mapas en los que imaginábamos el futuro se han arrugado y han sido superados por nuevos y emocionantes descubrimientos.

 

Nosotros somos los magos cuando, viejos, medimos nuestros viajes con pasos lentos y pesados por la paciente sedimentación del tiempo, nosotros somos los magos cuando nos refugiamos bajo mantas de recuerdos.

 

Nosotros somos los viejos magos, que ya no necesitamos partir desorientados hacia Jerusalén, sino que regresamos lentamente a nuestro oriente, volvemos a casa y abrazamos con fuerza nuestra infinita vulnerabilidad.

 

Nosotros somos los magos, o esperamos aprender a serlo, cuando un día, como en un sueño, la Vida nos diga que es hora de volver, pero de hacerlo cambiando de camino, que ha llegado la hora de volver, pero tomando una vía nueva, inédita, única.

 

Esta página, la página de los Reyes Magos, me parece que contiene la historia, la historia de cómo podría ser nuestra vida, si finalmente tuviéramos el valor de vivir de amor y morir consumiéndonos tras Su estrella.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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