De pie en la vida
El cambio de año es solo una ilusión del calendario, nada más, una frontera ficticia, convencional; pero es la ocasión para hacer balance, fijarse metas, medirse con el tiempo que pasa. Y quizá prometer algo a alguien…
Un primer compromiso personal y universal puede ser éste: ser un hombre vertical. ¿Qué es un hombre vertical?
Simplemente un hombre que se mantiene erguido, de pie, quizá entra las ruinas de… o tal vez entre muchos tumbados, arrodillados, …, o boca abajo. Estar de pie significa mantener una compostura, un estilo, una dignidad. Restablecer una jerarquía de prioridades y principios en la vida. Y mantener una coherencia libre. Sin pretensiones de superhombre, sin arrogancia de raza elegida. Porque conozco mis límites y mis debilidades, pero considero que la coherencia, el respeto por uno mismo, y por los demás, y por tanto el sentido del honor, no son negociables.
El hombre vertical ama aún más, por encima de todo, la verdad. Amar la verdad significa dar testimonio de lo verdadero, sin pretender poseer la verdad. Porque la verdad es más grande que nosotros y que nuestra mente, no la poseemos, sino que somos poseídos por ella; y nunca la conocemos en su totalidad, sino solo por uno o varios aspectos.
La poliédrica verdad… Solo Dios conoce la verdad en su totalidad. Lo que importa, por tanto, no es la pretensión de conocer la verdad, que sería vanidosa y arrogante pretensión, sino la búsqueda de lo verdadero y el amor por lo verdadero. Podemos equivocarnos, pero si decimos o hacemos, lo decimos o hacemos porque lo consideramos verdadero.
En consecuencia, hay que estar dispuestos a soportar las reacciones y las represalias, los mordiscos de los perros, los insultos de los cortesanos, las representaciones de los títeres, pero no serán suficientes para detenernos o hacernos callar. Ponemos todo nuestro ser en lo que decimos, todo menos la pretensión de tener la verdad en el bolsillo; también podemos equivocarnos.
Me gustaría que este fuera el compromiso para el año que viene; pero se entiende que no es una promesa ligada a un año, porque se vincula, y nos vincula, a toda una vida. Si nos encontramos con los poderosos, tendremos poco que dar, pero nada que pedir. Esta es nuestra libertad y nuestra verdadera riqueza.
Pero «hombre vertical» no significa solo eso. Significa no agotar la propia vida y la propia mirada en clave horizontal y, por tanto, en la relación con los demás hombres y con la sociedad; significa mirar hacia arriba, tender hacia el cielo, comprender que el destino, la gracia, la providencia, lo divino no te esperan a la vuelta de la esquina o bajo una trampilla, sino que descienden desde lo alto y te llevan de vuelta a lo alto.
La dimensión vertical es la visión de la trascendencia y el anhelo de elevarse hacia el cielo. En realidad, el hombre vertical más completo es aquel que no solo vive de pie, sino que cultiva el pensamiento vertical. No solo las piernas lo mantienen de pie, sino también la cabeza.
En cuanto a mantener la posición erguida y considerar al hombre y al pensamiento verticales, me gustaría que se sumara otro compromiso para el futuro: cerrar el círculo de la vida, hasta que el final coincida con el principio, volver al principio, en todos los sentidos.
La tarea de una vida es cerrar el círculo, completar el camino, volver al lugar donde comenzó nuestra aventura terrenal. No importa la duración de la vida, sino su plenitud, es decir, la capacidad de cerrar el círculo y la tensión para hacerlo.
Pensamiento vertical y vida circular: me gustaría que este fuera el sentido y la brújula de nuestra vida, la tensión ideal y moral, y que todo lo demás se incluyera en este doble propósito: el pensamiento vertical es nuestro padre, la vida circular es nuestra madre.
Pero todo esto tiene sentido si no son solo palabras, sino actos consecuentes, comportamientos, actitudes que afectan concretamente a nuestra vida, tienen repercusiones precisas en nuestras elecciones cotidianas y producen transformaciones en nosotros y a nuestro alrededor.
Hay que saber traducirlos a la vida cotidiana, aprender el arte del círculo y de la recta. Eso, creo, es esencial. En los propósitos para el nuevo año no hay lugar para la política; no vale la pena enredarse en ese sotobosque rancio. Tiempo perdido que arrastra al fango y a la telaraña.
¿Y con respecto al tiempo y al mundo, qué compromisos asumir? Dar vida, cada uno en su ámbito y según sus posibilidades. Es decir, plantar árboles, generar vidas, obras, iniciar, fundar, construir, trabajar. Amar. Empezando por los que están cerca. Es la verdadera respuesta a la acedia y al malestar, difundidos y concentrados.
Por eso, el cambio de año no es para mí ese rito de fin de año de euforia prescrita y de fiesta del calendario. Tampoco la ocasión alegre para una distracción general de la vida real. Yo creo que es la ocasión para retomar las riendas de nuestra vida, pensarla, orientarla hacia las cosas que están en nuestro poder y que son nuestra meta. Lo otro está a merced de la «fortuna» y de otros nombres más adecuados que indican todo lo que nos ha tocado en suerte y que no podemos determinar nosotros mismo.
La mitad de nuestra vida está iluminada, la otra mitad está en la sombra. Nos corresponde elegir y decidir en el hemisferio de lo que podemos elegir y decidir. Y no sabría decir si nos corresponde decidir en la parte iluminada o en la oscura. Seguramente tenemos que dejar al misterio la mitad que no nos compete... Pero es bello, es justo, es necesario intentar guiar la mitad que está en nuestras manos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


