miércoles, 7 de enero de 2026

De pie en la vida.

De pie en la vida 

El cambio de año es solo una ilusión del calendario, nada más, una frontera ficticia, convencional; pero es la ocasión para hacer balance, fijarse metas, medirse con el tiempo que pasa. Y quizá prometer algo a alguien… 

Un primer compromiso personal y universal puede ser éste: ser un hombre vertical. ¿Qué es un hombre vertical? 

Simplemente un hombre que se mantiene erguido, de pie, quizá entra las ruinas de… o tal vez entre muchos tumbados, arrodillados, …, o boca abajo. Estar de pie significa mantener una compostura, un estilo, una dignidad. Restablecer una jerarquía de prioridades y principios en la vida. Y mantener una coherencia libre. Sin pretensiones de superhombre, sin arrogancia de raza elegida. Porque conozco mis límites y mis debilidades, pero considero que la coherencia, el respeto por uno mismo, y por los demás, y por tanto el sentido del honor, no son negociables. 

El hombre vertical ama aún más, por encima de todo, la verdad. Amar la verdad significa dar testimonio de lo verdadero, sin pretender poseer la verdad. Porque la verdad es más grande que nosotros y que nuestra mente, no la poseemos, sino que somos poseídos por ella; y nunca la conocemos en su totalidad, sino solo por uno o varios aspectos. 

La poliédrica verdad… Solo Dios conoce la verdad en su totalidad. Lo que importa, por tanto, no es la pretensión de conocer la verdad, que sería vanidosa y arrogante pretensión, sino la búsqueda de lo verdadero y el amor por lo verdadero. Podemos equivocarnos, pero si decimos o hacemos, lo decimos o hacemos porque lo consideramos verdadero. 

En consecuencia, hay que estar dispuestos a soportar las reacciones y las represalias, los mordiscos de los perros, los insultos de los cortesanos, las representaciones de los títeres, pero no serán suficientes para detenernos o hacernos callar. Ponemos todo nuestro ser en lo que decimos, todo menos la pretensión de tener la verdad en el bolsillo; también podemos equivocarnos. 

Me gustaría que este fuera el compromiso para el año que viene; pero se entiende que no es una promesa ligada a un año, porque se vincula, y nos vincula, a toda una vida. Si nos encontramos con los poderosos, tendremos poco que dar, pero nada que pedir. Esta es nuestra libertad y nuestra verdadera riqueza. 

Pero «hombre vertical» no significa solo eso. Significa no agotar la propia vida y la propia mirada en clave horizontal y, por tanto, en la relación con los demás hombres y con la sociedad; significa mirar hacia arriba, tender hacia el cielo, comprender que el destino, la gracia, la providencia, lo divino no te esperan a la vuelta de la esquina o bajo una trampilla, sino que descienden desde lo alto y te llevan de vuelta a lo alto. 

La dimensión vertical es la visión de la trascendencia y el anhelo de elevarse hacia el cielo. En realidad, el hombre vertical más completo es aquel que no solo vive de pie, sino que cultiva el pensamiento vertical. No solo las piernas lo mantienen de pie, sino también la cabeza. 

En cuanto a mantener la posición erguida y considerar al hombre y al pensamiento verticales, me gustaría que se sumara otro compromiso para el futuro: cerrar el círculo de la vida, hasta que el final coincida con el principio, volver al principio, en todos los sentidos. 

La tarea de una vida es cerrar el círculo, completar el camino, volver al lugar donde comenzó nuestra aventura terrenal. No importa la duración de la vida, sino su plenitud, es decir, la capacidad de cerrar el círculo y la tensión para hacerlo. 

Pensamiento vertical y vida circular: me gustaría que este fuera el sentido y la brújula de nuestra vida, la tensión ideal y moral, y que todo lo demás se incluyera en este doble propósito: el pensamiento vertical es nuestro padre, la vida circular es nuestra madre. 

Pero todo esto tiene sentido si no son solo palabras, sino actos consecuentes, comportamientos, actitudes que afectan concretamente a nuestra vida, tienen repercusiones precisas en nuestras elecciones cotidianas y producen transformaciones en nosotros y a nuestro alrededor. 

Hay que saber traducirlos a la vida cotidiana, aprender el arte del círculo y de la recta. Eso, creo, es esencial. En los propósitos para el nuevo año no hay lugar para la política; no vale la pena enredarse en ese sotobosque rancio. Tiempo perdido que arrastra al fango y a la telaraña. 

¿Y con respecto al tiempo y al mundo, qué compromisos asumir? Dar vida, cada uno en su ámbito y según sus posibilidades. Es decir, plantar árboles, generar vidas, obras, iniciar, fundar, construir, trabajar. Amar. Empezando por los que están cerca. Es la verdadera respuesta a la acedia y al malestar, difundidos y concentrados. 

Por eso, el cambio de año no es para mí ese rito de fin de año de euforia prescrita y de fiesta del calendario. Tampoco la ocasión alegre para una distracción general de la vida real. Yo creo que es la ocasión para retomar las riendas de nuestra vida, pensarla, orientarla hacia las cosas que están en nuestro poder y que son nuestra meta. Lo otro está a merced de la «fortuna» y de otros nombres más adecuados que indican todo lo que nos ha tocado en suerte y que no podemos determinar nosotros mismo. 

La mitad de nuestra vida está iluminada, la otra mitad está en la sombra. Nos corresponde elegir y decidir en el hemisferio de lo que podemos elegir y decidir. Y no sabría decir si nos corresponde decidir en la parte iluminada o en la oscura. Seguramente tenemos que dejar al misterio la mitad que no nos compete... Pero es bello, es justo, es necesario intentar guiar la mitad que está en nuestras manos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dejar hacer a Dios - San Mateo 3, 13-17 -.

Dejar hacer a Dios - San Mateo 3, 13-17 -

El bautismo de Jesús en el Jordán por Juan, acontecimiento tras el cual el Espíritu de Dios desciende sobre Jesús (Mt 3,13-17), es anunciado por la figura del Siervo del Señor sobre el que Dios pone su Espíritu (Is 42,1-4.6-7) y proclamado por Pedro en su predicación como el acto por el cual Dios «ungió» a Jesús con el Espíritu Santo (Hch 10,34-48). 

El Espíritu de Dios que permanece sobre Jesús significa la plena comunión entre el Padre y el Hijo, entre Dios y Jesús. La comunión de Jesús con Dios se expresa horizontalmente, es decir, en las relaciones humanas, por un lado como rechazo a condenar, por otro como hacer el bien activamente y sanar a los necesitados. 

El sentido de todo ello es que el Siervo del Señor no viene a condenar, sino a dar vida. En la predicación de Pedro, Jesús aparece como aquel que «pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban bajo el poder del diablo, porque Dios estaba con él». 

De este modo, la comunión con Dios no se explica, sino que se afirma y se muestra en sus consecuencias. Se presentan los frutos de la comunión, más que las condiciones que la han hecho posible. 

Será Lucas, en el relato paralelo al de Mateo, quien mostrará a Jesús en oración (Lc 3,21), mostrando así la fuente en la que Jesús fundamenta su comunión con Dios: la oración, la escucha de las Escrituras, la intimidad con el Padre. 

¿Cómo se reconoce al hombre de Dios? ¿Por la comunión con Dios que él vive? ¿Y cuáles son sus expresiones? 

La comunión de Dios vivida por el Siervo del que habla Isaías se manifiesta como una fuerza que lleva a este enviado a no juzgar, a abstenerse de ese movimiento de condena del otro que siempre es sembrar muerte y no vida. 

La comunión de Dios con Jesús se manifiesta en la acción de bendecir y hacer el bien activamente, de cuidar y sanar a tantos que están bajo el dominio del mal. Hay una expropiación de sí mismo en favor de los demás, a quienes se alcanza en su necesidad, en su enfermedad, en su pobreza. 

La comunión con Dios se expresa como la extrema libertad de Jesús al someterse en consciente obediencia al bautismo de Juan y en la creación de una comunión fraterna con el propio Juan gracias a la común —de Jesús y de Juan— obediencia a la voluntad de Dios, que supera la voluntad, aunque justificada, del propio Juan. 

La comunión con Dios se capta en la capacidad de crear fraternidad y de vivir juntos en libertad, renunciando a hacer prevalecer la propia voluntad. 

El acontecimiento del bautismo es fruto de una elección, de una decisión tomada por Jesús. Mateo subraya la intencionalidad de Jesús: «Jesús vino de Galilea al Jordán, a Juan, para ser bautizado por él» (Mt 3,13). Al mismo tiempo, el bautismo se presenta como el acontecimiento en el que Jesús aparece como el elegido por el Señor. 

La voluntad de Dios y la voluntad de Jesús coinciden, y esta coincidencia se llama obediencia. La obediencia de Jesús al Padre también se pone de manifiesto en el diálogo —presente solo en el evangelio según Mateo— entre el Bautista y Jesús (Mt 3,14-15). 

Jesús decide sumergirse en el Jordán por Juan. Ha deliberado en su corazón y ahora lleva a cabo el proyecto de seguir los pasos del movimiento bautista de Juan. 

Jesús aparece como un hombre que sabe decidir y elegir asumiendo los riesgos del caso. Elige seguir a un hombre que pide conversión, que con parresía cuestiona las acciones de los poderosos, que anuncia la llegada del Reino de Dios, que sacude las conciencias y que está muy lejos de los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Y Jesús elige con valentía a un grupo minoritario y marginal. 

Y en el Jordán se produce el encuentro entre estos dos hombres, dos solteros, dos personalidades fuertes, dos hombres de Dios. Son dos personas que presentan muchas similitudes… pero también tantas diferencias… 

¿Qué caracteriza el encuentro entre Juan y Jesús y lo convierte en un ejemplo de encuentro en la madurez humana y en la libertad? 

Ante todo, la franqueza de palabra. La palabra que no se calla, que no teme al otro, que no es tímida y no se esconde. Juan dice expresamente, en presencia de Jesús, que le parece absurdo que Jesús quiera ser bautizado por él. Es más, reconoce y dice su necesidad de ser bautizado por Jesús. 

El valor de la palabra es el primer elemento de una relación que quiere ser clara y transparente. Juan ni siquiera duda en intentar impedir que Jesús sea bautizado: Juan «quería impedírselo». Juan motiva con palabras claras su voluntad de negar el bautismo a Jesús y argumenta diciendo que es él mismo quien necesita el bautismo que Jesús administrará. No hay miedo al enfrentamiento ni a la tensión. 

Los dos dejan claras sus posiciones divergentes: Jesús, la voluntad de ser sumergido por Juan, y Juan, la voluntad de no hacerlo. Una vez más, con palabras argumentadas y motivadas, sin autoritarismos, Jesús lleva a Juan a renunciar a su intención. Y no afirmando su punto de vista, sino asociando a Juan a su obediencia a la voluntad de Dios y a las Escrituras. El «conviene que cumplamos toda justicia» es una llamada a la obediencia de ambos a Dios. 

Jesús no pide obediencia a sí mismo, sino que sitúa a Juan y a sí mismo en la única obediencia a Dios y a su palabra. Hay una libre obediencia recíproca: Jesús al bautismo de Juan, Juan a la voluntad de Dios. 

Este encuentro entre los dos es especialmente intenso porque reconocen la vocación peculiar del otro. Si Juan reconoce que necesita ser sumergido en el Espíritu Santo por Jesús (cf. Mt 3,11.14), Jesús reconoce que la inmersión de Juan viene de Dios (cf. Mt 21,25) y que el Bautista ha venido por el camino de la justicia (cf. Mt 21,32). 

El criterio que hace libre la relación es hacer la voluntad de Dios. Jesús no se somete a la inmersión de Juan para complacerlo o por amistad, sino porque solo así se realiza la voluntad de Dios. Este es el criterio que debe reinar en la comunidad cristiana (cf. Mt 7,21; 12,50: «Quien hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es para mí hermano, hermana, madre»). 

Juan es precursor del Mesías al dejar hacer, al consentir a Jesús (cf. Mt 3,15). Y es que hay una forma de eficacia que no está en absoluto relacionada con la iniciativa o la acción, sino con la no acción, con dejar hacer al Señor, con consentir al Señor. 

Juan deja espacio a Jesús. La fe, como dejar hacer al Señor, es el activo y fatigoso dejar espacio al Señor. Es una acción sobre uno mismo, y este tipo de acción es la más difícil. Dejar hacer al Señor es también y simultáneamente dejar espacio al otro. Para Juan, dejar hacer (al Señor) se convierte concretamente en hacer espacio (a Jesús). 

Y es que dejar paso a los demás es la postura de la generatividad. En la relación parental, pero también en la relación entre maestro y discípulo, y en muchas otras situaciones de la vida, …, llega el momento de ceder el paso y dejar el lugar. Simplemente porque no somos eternos y porque otros, que no somos nosotros, deben tomar el relevo y vivir, y porque nuestra presencia puede convertirse en un obstáculo y dejar de ser una ayuda para el crecimiento del otro o de una comunidad, o de una misión, ... 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mesías Siervo: hijo obediente - San Mateo 3, 13-17 -.

Mesías Siervo: hijo obediente - San Mateo 3, 13-17 -

Después de haber contemplado la manifestación del Mesías Jesús a los pueblos en la solemnidad de la Epifanía (Mt 2,1-12), en la celebración del bautismo de Jesús contemplamos su manifestación a Israel. 

Jesús es presentado a Israel por Juan, profeta y precursor del Mesías, a cuyo bautismo se somete Jesús. El Evangelio subraya la dimensión de elección deliberada e intencionada que Jesús lleva a cabo al decidir el viaje que le lleva desde la zona norte de Galilea hasta el sur, a Judea, en la zona cercana al Jordán donde Juan ejercía su ministerio. 

Mateo escribe que «Jesús vino de Galilea al Jordán, a Juan, para ser bautizado por él» (Mt 3,13). Al elegir ser sumergido en las aguas del Jordán por Juan, Jesús se expone públicamente ante Israel, realizando un acto que lo sitúa como discípulo y seguidor del predicador de un movimiento de conversión y radicalidad en espera de la llegada del Reino de Dios. 

Jesús realiza un discernimiento y una elección dentro del panorama fragmentado de los movimientos espirituales judíos de la época, decidiendo adherirse y seguir los pasos del Bautista, su predicación y su movimiento. El acontecimiento del bautismo es, ante todo, el fruto de una elección, de una decisión clara y neta tomada por Jesús. 

Y, al mismo tiempo, el bautismo, obra de la elección de Jesús, se presenta como el acontecimiento en el que Jesús es confirmado como el elegido de Dios, aquel a quien el Señor mismo ha elegido. 

El acontecimiento del bautismo marcará entonces el comienzo de una nueva etapa en la vida de Jesús con su predicación y su ministerio público. Tanto es así que en este acontecimiento se puede ver también la primera manifestación de su conciencia mesiánica expresada por la voz desde lo alto: «Tú eres mi hijo». 

Por lo tanto, Mateo no se limita a anotar el viaje de Jesús, sino que nos hace entrar en la vida interior de Jesús, nos dice que ese viaje respondía a una elección precisa suya y que lo perseguía con voluntad y determinación. Jesús quiere este gesto, quiere ser bautizado por Juan. 

Mateo inserta un diálogo entre Juan y Jesús que tal vez refleja la dificultad que suponía para las comunidades cristianas el hecho de que Jesús, el más grande, el Mesías, el que venía, el que bautizaría en Espíritu Santo, se sometiera al bautismo de Juan, el que solo bautizaba en agua. El diálogo permite a Mateo dar una explicación a esto en el sentido de la obediencia mutua del uno al otro que permite la realización del designio de Dios. 

El texto afirma que, cuando Jesús llegó a Juan con la intención de ser sumergido por él en el Jordán, el Bautista se mostró vacilante y, de hecho, trató de disuadir a Jesús de este acto. El texto dice literalmente que «Juan se lo impedía», es decir, que intentaba impedirlo. Y lo hacía diciéndole esto: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». 

Juan se opone basándose en lo que sabe y conoce, en su propio discernimiento y en su propio conocimiento espiritual. Anuncia a aquel que bautizará con Espíritu Santo y fuego (Mt 3,11) y sabe que solo él puede recibir ese bautismo del que viene, y ahora se ve contradicho, él que sabe, él que conoce al que viene, él que puede decir a sus oyentes: «En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis» (Jn 1,26), ahora se ve paradójicamente llamado a sumergir en el agua a aquel por quien él hubiera querido ser sumergido en el Espíritu Santo. 

La obediencia que se le pide a Juan es particularmente fuerte en el plano espiritual: «Yo necesito ser sumergido por ti». Juan confía en lo que Jesús le dice y renuncia a algo que él percibe como bueno e incluso esencial desde el punto de vista espiritual. E incluso acepta realizar él mismo el gesto que significará, en cierto modo, el fin de su ministerio, porque ahora, el que viene después de él le sucederá con un bautismo de muy diferente calidad al suyo. 

Juan es uno de esos hombres del umbral que guían hasta una frontera, hasta un límite, y luego se detienen; abren el camino, indican la dirección, pero luego tienen la fuerza de detenerse y dejar paso a otros, un poco como Moisés, que no entró en la tierra prometida, sino que se la señaló a su pueblo y solo la vislumbró desde lo alto del monte Nebo. 

Juan, dirá el cuarto evangelio, es el hombre capaz de disminuir, y disminuir en la alegría (Jn 3,28-30) ante aquel que viene después y detrás de él. 

Juan quizá no entiende por qué Jesús debe dejarse bautizar por él: ¿para qué lo necesita? Hay algo similar a la actitud de Pedro narrada en el cuarto evangelio, que se niega a dejar que Jesús le lave los pies: no entiende inmediatamente el sentido de lo que Jesús quiere hacer (Jn 13,6-9). 

Así, la actitud de Juan es intentar poner un obstáculo e impedir. Pero ahora es Jesús quien le pide a Juan que le deje hacer, para cumplir toda justicia, es decir, para cumplir las Escrituras, para cumplir la voluntad de Dios expresada en la Ley y en los Profetas. 

Al «Yo necesito ser bautizado por ti» de Juan, Jesús opone la necesidad a la que ambos deben someterse para permitir que se cumpla el designio salvífico. La palabra clave es «dejar hacer»: «Deja hacer por ahora... Entonces lo dejó hacer». 

Mateo nos presenta un acontecimiento de obediencia recíproca entre Jesús y Juan. Y hay algo extraordinario en este encuentro. Juan obedece a Jesús haciendo lo que no querría, y Jesús obedece a Juan sometiéndose a su bautismo. 

Extraordinario porque ocurre entre dos hombres, dos varones, dos solteros, dos personalidades fuertes, dos hombres de Dios. En esa obediencia recíproca hay una libertad y una madurez sobre las que se posa la voluntad de Dios. El amor que muestran es un amor amado por Dios, un amor humano tan amplio y profundo que se convierte en espacio de revelación y conocimiento del amor de Dios. 

No hay celos, ni envidia, ni rivalidad entre los dos, sino reconocimiento mutuo y acogida mutua, incluso de sus respectivos ministerios. Entonces Juan deja hacer. ¡Y el bautismo que él mismo administra se convierte en un dejar hacer a Jesús! Casi como si ya ni siquiera fuera un gesto suyo. Ese gesto bautismal revela entonces la cualidad de Jesús que el mismo Juan no podía prever: 

a.- Jesús será el Mesías, sí, como se desprende de la referencia que la voz del alto («Este es mi hijo»: Sal 2,7), 

b.- pero lo será en la forma del Siervo del que habla Isaías («en él he puesto mi complacencia»: Is 42,1), y «siervo» significa «obediente». 

Jesús será el Mesías, pero en la forma y el destino doloroso de Isaac, el hijo destinado al sacrificio («el amado», referencia a Gn 22,2). La voluntad de impedir el bautismo de Jesús expresa también que la comprensión de Jesús por parte de Juan aún debe perfeccionarse. He aquí, pues, el acto de confianza de Juan. 

No hay recriminaciones por parte de Juan, ni explicaciones adicionales por parte de Jesús, hay un acto de confianza renovada, y tal vez este sea el bautismo en el que se sumerge Juan, se sumerge en un acto de abandono y confianza radicales en Jesús y en su voluntad, en su palabra. 

Un acto de confianza es un acto de fe, y aquí el acto de fe es entre Juan, que conoce a Jesús, sabe quién es en verdad, y por mucho que pueda contradecir lo que siente y sabe que es su necesidad espiritual, confía en él. Y a este acto de obediencia, que en verdad es una obediencia recíproca, de uno al otro, responde la obediencia de Dios, que manifiesta su beneplácito. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 6 de enero de 2026

Hijos de un deseo… hijos de una estrella… hijos de un don.

Hijos de un deseo… hijos de una estrella… hijos de un don

«De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente: solo la sed nos alumbra, solo la sed nos alumbra»: https://www.youtube.com/watch?v=yC71CD9P7h4 

El hermoso canto de Taizé, inspirado en La noche oscura de San Juan de la Cruz, tal vez ayude a intuir lo que impulsó a los Magos. Sí, la estrella luminosa. Yo añadiría también el profundo sentido de una carencia, el deseo de plenitud, la sed de conocimiento, la búsqueda de la verdad. 

Nunca sabes dar nombre a lo que te falta, pero si te falta es porque existe: la falta no es ausencia ni vacío; sabes que debes buscarla infinitamente y que no puedes prescindir de ella, porque el hombre es siempre su falta, es siempre lo que desea. 

Y siempre es deseo de algo ajeno a sí mismo. El deseo arranca al ego de sus necesidades narcisistas, lo desequilibra, lo inquieta, lo expone más allá... por eso da vida y sentido a la existencia. 

Es este tipo de sed la que pone en movimiento a los Magos de Oriente. No saben lo que encontrarán, su sed-deseo no les deja quietos, genera una inquietud interior, una desorientación necesaria: deben ponerse en marcha y partir. Por menos de un deseo así no se encuentra nada. 

La sed, por lo tanto, es una figura del deseo que enciende la búsqueda de algo que no se sabe muy bien qué es, pero que se siente una fuerte falta. 

De hecho, la palabra «deseo» proviene del verbo latino «desiderare», compuesto por la partícula de —que puede indicar una falta o una acción destructiva— y el término sidus, sideris (plural sidera), que significa precisamente «estrella». Todo depende de cómo se interprete la partícula de. 

Por un lado, podría expresar el sentimiento de una falta de constelaciones —sidera— que orientan y, por lo tanto, la nostalgia de puntos de referencia para el viaje o la navegación. Por otro lado, el significado opuesto: de-sidera en el sentido de destruir y liberarse de aquellas constelaciones que pueden aprisionar la vida y, por lo tanto, ir en busca de aquellas estrellas que pueden orientar el comienzo de un nuevo rumbo en la vida. 

Ambas etimologías sugieren que la estrella de los magos tiene que ver con su deseo. La estrella no es la «cosa» que hay que buscar y encontrar, es el deseo, la sed que los mueve, los agita, subvierte la existencia. No hay puerto, no hay lugar ni niño que encontrar si no dejamos que la vida nos desbarate. Y no hay Herodes que pueda impedir la búsqueda. 

Deberíamos dar más crédito al camino espiritual de tantas generaciones —jóvenes y adultos— que ya no encuentran «estrellas» ni motivos para la búsqueda espiritual: nuestras liturgias parecen apagadas, las palabras vacías, los gestos descoloridos... en las formas en las que las comunidades cristianas viven la religión. 

Seguramente la Epifanía es como esa puerta abierta a cruzar otros cruces de caminos... caminar otros horizontes… Se dice que los Magos, al ver la estrella, sintieron una gran alegría. Su camino no fue en vano. La alegría no es un sentimiento abstracto, sino que tiene la forma concreta de un niño. 

Y esa alegría tiene la forma de un encuentro: la búsqueda de sabor universal que pertenece a toda la humanidad - los Magos encarnan el perfil del ser humano que busca - llega a la singularidad de una historia y de una vida, la de un ser humano, la de un niño, la de Jesús. 

No se sabe nada de lo que ocurre en esa casa. Sin embargo, sucede que los Magos, al ofrecer sus dones —todos ellos altamente simbólicos—, reciben como regalo algo que nunca hubieran podido imaginar. El don genera don. 

Sí, somos hijos de las estrellas. Y también somos hijos de un don. Al final se descubre que el destinatario de los dones es, en realidad, el dador de todos los dones, la fuente de toda gracia: nosotros llevamos dones… pero el don es Él. 

Dios quiere hacerse hombre, débil, desarmado, indefenso…: un recién nacido. Creyentes o no, celebramos un misterio: Dios ha dejado de «demostrarse» como Dios y se ha limitado a «mostrar» quién es realmente. Sin complejos de superioridad sino haciéndose inferior. 

Si un Dios envuelto en pañales y acostado en un pesebre no «demuestra» nada sino que se muestra como un niño, entonces la versión divina del ser humano, o de la Iglesia, es aquella en la que no debemos «demostrar» nada, sino solo mostrar lo que ya somos: hijos. 

Los Magos, al llegar a su destino, solo encuentran a un niño acostado en un pesebre, envuelto en pañales, al calor de sus padres… Y, sin embargo, se postran y ofrecen regalos: se liberan de la idea de rey que tenían en la cabeza y se inclinan ante la realidad en su sincera verdad. 

El mundo con sus apariencias se derrumba. Lo «real» es más sencillo: es un niño. La «gracia» es más simple: es ser hijo de un don. 

«De noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente: solo la sed nos alumbra, solo la sed nos alumbra»: https://www.youtube.com/watch?v=zkjDNdrzj1k 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 5 de enero de 2026

Yo soy la ley y yo la dicto y sentencio.

Yo soy la ley y yo la dicto y sentencio 

Soy prisionero porque tú ganaste y nosotros perdimos, no porque seas moralmente superior” (Herman Göring en la película Núremberg de 2025). 

He querido comenzar esta reflexión con esta frase que me ha dado, y me sigue dando, tanto qué pensar. 

Operación clásica, para quienes tienen el poder militar y la arrogancia y prepotencia. Llevar un poco de guerra donde sea… para acallar una crisis interna… En definitiva, pura distracción de masas. Esto también está presente en el ataque estadounidense y en la captura de Nicolás Maduro y su esposa, a quienes los marines sorprendieron en plena noche en el dormitorio de la pareja presidencial. 

Por eso Donald Trump, rechazado rotundamente en sus Estados Unidos por las encuestas, y en importantes votaciones regionales, para redimirse puede haber decidido ajustar cuentas con el presidente venezolano sin esperar más: el pretexto es el narcotráfico, del que el secuestrado será acusado por un tribunal norteamericano; pero las verdaderas razones son más profundas y todas ellas están relacionadas con el nuevo imperialismo arrogante y prepotente de la superpotencia. 

Con esta espectacular decisión, el todopoderoso norteamericano asesta otro duro golpe al derecho internacional, violándolo de forma flagrante y consolidando la práctica de la política del más fuerte: un nuevo Far West en el contexto de los países occidentales que en los últimos ochenta años habían intentado establecerse normas comunes - no siempre respetadas - para resolver sus controversias. 

Y en esta nueva era, en la que no hay reglas que valgan, también se resiente la democracia. Pueden ganar las autocracias que predican la superación total del parlamentarismo liberal, considerado un instrumento superado, obsoleto e ineficaz. 

Ciertamente, Rusia y China condenan la ofensiva estadounidense, pero ahora se encuentran ideológicamente flanqueadas por el líder de la nación considerada la más democrática del mundo: ¿cómo contestar a la invasión rusa de Ucrania o a una próxima iniciativa de Pekín para anexionar Taiwán? 

Fiel a su convicción de que la política solo se hace con dinero y negocios, Donald Trump pone sus manos sobre el petróleo de Venezuela, que posee el mayor yacimiento del mundo. ¿Lo necesitan los Estados Unidos de América? No, porque se han convertido en grandes exportadores de energía. Pero el petróleo venezolano servirá para dictar las reglas, los flujos y los precios en el mercado mundial del oro negro. 

Por lo tanto, hay un mensaje dirigido al mundo: el de una renovada y consolidada, indiscutible y musculosa doctrina con la que Estados Unidos de América considera oficialmente a toda América Latina como su patio trasero, y donde el trumpismo ya se está extendiendo como la pólvora: una ideología adoptada de forma confusa y aplicada de manera desordenada también en esta zona del mundo, donde los gobiernos de derecha y de izquierda democrática han fracasado, dando la espalda a las masas pobres que siguen viviendo en condiciones de mera supervivencia. 

Donald Trump está convencido de que sus Estados Unidos podrá gobernar la riqueza y la pobreza venezolanas todo el tiempo que sea necesario. Como si se tratara de otra Gaza. Una apuesta arriesgada. Tal vez también peligrosa. Pero, en todo caso, la ley del más fuerte. 

Todo parece muy complicado, o tal vez no tanto, en esta nueva era de oscuridad e ilegalidad, en la que el presidente Donald Trump anuncia a bombo y platillo que el dominio de Estados Unidos de América en el hemisferio occidental ya no se pondrá en tela de juicio. 

«Somos dominantes», afirma como si estuviera hablando de la final de la Super Bowl. Las democracias liberales del siglo XX ya no existen. Eso es lo que nos dice el golpe de Estado en Venezuela. La diplomacia se hace a un lado. Es la hora del sheriff. 

Nicolás Maduro que ha asfixiado a su país durante trece años, valiéndose del ejército y de una propaganda orwelliana. Destruyendo la economía y los derechos. Aterrorizando a sus oponentes, explotando el narcotráfico, tolerando y alimentando la corrupción, desmoronando el producto interior bruto, manipulando las elecciones, aplastando a las minorías, empujando a la huida a ocho de sus treinta millones de compatriotas. 

Un hombre peligroso, inestable, grosero, codicioso, incapaz de gestionar los fabulosos yacimientos de petróleo (el 18 % de las reservas mundiales), en una nación rica en oro, coltán y tierras raras, y sin embargo reducida al hambre. No es del todo fácil llorar por su detención y la de su esposa. 

Dicho esto, ¿qué derecho tiene el presidente de los Estados Unidos de América a perseguirlo hasta su dormitorio, a secuestrarlo hasta Nueva York, a determinar el cambio de régimen y a asumir, de hecho, el control de Venezuela? 

Ninguno, por supuesto. 

Simplemente, a Donald Trump no le interesa el derecho. La ley es él. Gran parte del planeta lo aplaude. Lo único que importa es la fuerza. La capacidad de ejercerla, en desprecio de cualquier ley internacional, que ahora es papel mojado para los nostálgicos ingenuos de un equilibrio global que ya no existe. 

Dicen que todo estaba ya escrito en el documento sobre seguridad nacional. Washington reivindica su esfera de influencia sobre todo el continente americano, Norte, Centro y Sur, desde Canadá hasta Chile, pasando, con un gran desvío, por Groenlandia. Y si se preguntan qué diferencia hay con el presidente ruso, Vladimir Putin, que exige el vasallaje de Ucrania, con el chino, Xi Jinping, dispuesto a imponer una nueva obligación de lealtad a Taiwán, y con el israelí, Bibi Netanyahu, decidido a martirizar Gaza para siempre, la respuesta es similar: casi ninguna. 

Nicolás Maduro, acusado de terrorismo y tráfico internacional de drogas, se enfrenta a la pena de muerte en Estados Unidos de América. O, si le va bien, a treinta años de cárcel. Eufórico, en pleno delirio de omnipotencia, con la misma felicidad de un niño pocos años (pero con la bomba atómica y el ejército más fuerte de la Tierra), Donald Trump comenta con orgullo el ataque contra el presidente venezolano. 

La violencia lo embriaga. La acción lo emociona. El petróleo es su objetivo. Sin embargo, no es nada sorprendente. Es la enésima marcha atrás que devuelve el reloj de la historia a los años de la Guerra Fría. El juego de la estupidez humana que vuelve a presentarnos la factura. El poder recupera su paradigma más clásico: quien golpea más fuerte gana. Desde Atenas hasta la Edad Media, desde Napoleón hasta Hitler, ¿eres capaz de derrocar un régimen? Hazlo. ¿Hay un Irán después de Venezuela? Se aceptan apuestas, mientras Kiev y Taipéi cruzan los dedos. Gaza, sencillamente, ya no tiene opción. 

La foto de Nicolás Maduro, esposado y vendado, exhibida como un trofeo de salón de caza, es el testimonio escalofriante de una voluntad de poder reivindicada en repetidas ocasiones. Esa foto del secuestrado y prisionero Nicolás Maduro es la imagen de la obsesión de Donald Trump con la idea del control total. Cuando la democracia y la libertad entran en contradicción, la ley del más fuerte se impone desde arriba y a la fuerza desde la Casa Blanca. 

Mientras Donald Trump exhibe a sus enemigos esposados y se regodea de éxitos militares que nadie más es capaz de lograr se siente un dios. Él ha elegido al dios de la guerra. No está mal para alguien que pretendía el Nobel de la Paz. Solo estamos en los primeros días de enero... Y uno ya intuye que aún no hemos visto nada de lo que va a ocurrir durante este año 2026. 

Sí, soy prisionero, diría Nicolás Maduro, porque tú, Donald Trump, ganaste y yo he perdido, no porque tú seas moralmente superior. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios sale al encuentro de la humanidad - San Mateo 2, 1-12 -.

Dios sale al encuentro de la humanidad - San Mateo 2, 1-12 - 

La celebración de la manifestación del Señor a los pueblos subraya el carácter universal de la encarnación: tiene lugar en el seno de Israel, pero trasciende a Israel; es confesada por la Iglesia, pero no concierne solo a la Iglesia. 

Así, la peregrinación de los pueblos hacia Jerusalén (Is 60) y la llegada de los Magos a Jerusalén y luego a Belén (Mt 2) aparecen como dos momentos constitutivos del mismo aspecto universalista del «misterio» divino (Ef 3). 

«Con la encarnación, el Hijo de Dios se ha unido de algún modo a cada hombre» (GS 22). En la particularidad del hombre Jesús de Nazaret —el judío Jesús— Dios encuentra la universalidad de la humanidad. 

El texto evangélico dice que Jesús no es solo el Mesías destinado a Israel («el rey de los judíos»), sino también el buscado por las gentes. Pero para encontrarlo, los Magos, figura de los pueblos en búsqueda, deben pasar por Jerusalén y encontrarse con las Escrituras judías, que orientan su búsqueda. La Escritura es luz para el camino del hombre y camino que conduce a Jesús. 

Y Jesús, desde su nacimiento, es espacio de encuentro entre judíos y paganos. 

Los Magos son buscadores de la verdad: son sabios que, con su elaboración cultural y religiosa, con su investigación del libro de la creación, se ponen en camino tras las huellas de Jesús. Representan a los pueblos que tienen su propia gloria que llevar a Jerusalén (cf. Is 60), su propio tesoro espiritual que llevar al Mesías y que los dirige hacia Él. 

Por otra parte, la estrella que guía a los Magos se parece más a un ángel que a un cometa. Y el Antiguo Testamento conoce la tradición de los ángeles asignados por Dios a cada pueblo, idea que afirma la protección y la guía de Dios en las historias de los pueblos. 

La confianza en la presencia del Espíritu y del Logos (Verbo) en toda la tierra llevó al Concilio Vaticano II a afirmar: 

«Debemos considerar que el Espíritu Santo da a todos la posibilidad de entrar en contacto, de la manera que Dios conoce, con el misterio pascual» (GS 22). 

Con la encarnación, el Hijo reveló a Dios haciéndose hombre para encontrarse con cada hombre; con la muerte en la cruz reveló a Dios llegando a cada hombre en su muerte; con la resurrección reveló a Dios que es promesa de comunión y salvación para todos los pueblos. 

Esto significa que el universalismo cristiano se declina como necesidad universal del otro. 

La identidad cristiana se realiza en su superación gracias al encuentro con el otro: allí se realiza la lógica pascual como muerte a sí mismo por exceso de amor. El diálogo y el encuentro con otras culturas y experiencias religiosas están en el corazón de la identidad cristiana. 

«Al entrar en contacto con las culturas, la Iglesia debe acoger todo lo que en las tradiciones de los pueblos es conciliable con el Evangelio, para aportarles las riquezas de Cristo y enriquecerse con la sabiduría multiforme de los pueblos de la tierra» (Papa Juan Pablo II a la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, 17 de enero de 1987). 

El pasaje evangélico de los Magos nos lleva a afirmar el estatus dialógico del cristianismo y su carácter transcultural (es decir, el hecho de que el cristianismo no debe elegir entre las culturas, sino encarnarse en las existentes y darles un nuevo significado en Jesús).

La epifanía de Jesús a los pueblos es también el misterio de la luz que ilumina a cada hombre y orienta su camino. 

Esta luz, reflejo de la luz que surgió del sepulcro en el alba de la resurrección, quiere transfigurar la mirada humana haciéndola capaz de ver la presencia de Dios en la carne de un recién nacido, de reconocer la grandeza de Dios en la pobreza y la debilidad de un niño. 

La paradoja de la fe cristiana ya está plenamente activa en el momento del nacimiento del Mesías. El niño nacido en Belén aparece como el don de Dios a la humanidad: un don al que se responde con la alegría de la gratitud y la gratuidad expresadas por los regalos de los Magos. 

El encuentro de los Reyes Magos con el Mesías no significa el final de su búsqueda, sino la reorientación de su camino: «regresaron por otro camino...». 

Y es que encontrar a Jesús lleva a cambiar de camino, a convertirse, a nacer de nuevo, de lo alto, de los sueños y visiones... 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 3 de enero de 2026

El misterio de la vida oculta de Jesús en Nazaret.

El misterio de la vida oculta de Jesús en Nazaret 

Nunca se habla de los treinta años de silencio de Jesús en Nazaret y sus alrededores. Es curioso que los Evangelios silencien este aspecto de la humanidad de Jesús. ¿Qué significaron para la vida de Jesús? ¿Formación de la conciencia? ¿Estudio? ¿Construcción de relaciones? 

Seguramente ha sido San Carlos de Foucauld uno de los que ha dado importancia al «carácter oculto» de la biografía de Jesús. Y es que seguramente los treinta años de Nazaret no son una simple premisa o prólogo de la revelación, sino la plenitud de la revelación. 

Nazaret es ciertamente el prólogo de la vida pública, el momento preparatorio de la misión, la forma de evangelización que se realiza en un compartir cotidiano genérico y en un testimonio diario tantas veces anónimo. Sí, Jesús de Nazaret es desde el principio el Hombre de la encarnación… 

Y por eso, también Nazaret es la vida de Jesús, no simplemente su prefacio. Es su misión redentora en acción, no su mera condición histórica. 

No tenemos ningún testimonio de aquellos años. Solo podemos aventurar hipótesis... Y, sin embargo, es interesante que también haya algo no dicho sobre Jesús. Y es importante que siga sin decirse porque en él hay un misterio envuelto en la oscuridad. 

¿No sugiere esto algo más sobre nuestra humanidad? ¿Somos realmente totalmente transparentes para nosotros mismos, o tal vez también hay en nosotros un secreto, un no expresado, guardián del misterio de Dios en nosotros? 

Incluso en Jesús no todo es expresable. 

Cuando releemos a San Juan escuchamos: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que haya oído y os anunciará las cosas futuras» (Jn 16,13). Y aún más: «El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,16). 

El Espíritu es el intérprete no solo de las palabras y los gestos de Jesús, sino también de lo no dicho, incluso del silencio de Jesús. 

El Espíritu Santo es como ese puente entre la vida de Jesús y la vida de los creyentes, en la que incluso lo que no sabemos de Jesús, lo que no se ha dicho ni escrito, es decisivo para la fe de los creyentes: «Hay aún muchas otras cosas hechas por Jesús que, si se escribieran una por una, creo que el mundo mismo no bastaría para contener los libros que habría que escribir» (Jn 21,25). 

Lo no dicho protege el misterio de la persona y custodia el misterio de Dios en esa persona, como probablemente nos ocurre a todos nosotros, que no siempre somos tan transparentes. San Marcos, por ejemplo, presenta inmediatamente a Jesús ya adulto. Los Evangelios no quieren agotar el misterio de Jesús, lo dejan abierto. 

Serán las comunidades cristianas a lo largo de la historia, bajo la guía del Espíritu, las que busquen de forma creativa, con valentía, con inventiva, con inteligencia, con imaginación, decir lo que aún no se ha dicho de Jesús. 

Hay que retomar la imagen de los Padres de la Iglesia, según la cual los creyentes son los pies y las manos de Dios en la historia: «El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, y las hará mayores que estas» (Jn 14,12). 

Hay que salvaguardar ese silencio, es importante que permanezca lo no dicho. Es algo así como la modestia de Dios. 

La modestia es siempre guardiana de la libertad y la intimidad del otro. Entonces, lo no dicho se convierte en fuente vital. No todo se puede agotar con palabras. También hay que escuchar el lenguaje del silencio. 

Quizás San Carlos de Foucauld iba precisamente en esta dirección: ponerse ante Dios y adorar este silencio cargado de misterio, de palabra, de presencia, de intimidad. 

Revelación no significa decirlo todo, hay revelación en lo no dicho, en el silencio. Es el tema del «secreto mesiánico». 

Hay un elemento interesante, entre tantos, de la humanidad de Jesús. Por un lado, la identidad de Jesús la revelan aquellos que no deberían revelarla, como todos los que están poseídos por un demonio; por otro lado, a quienes deberían anunciarla —los discípulos, en primer lugar— Jesús les impide decirla. Esto es particularmente evidente en el Evangelio de San Marcos. 

La orden de Jesús de no hablar no significa solo callar porque los discípulos no saben de qué hablan, sino también que hay algo de Jesús que simplemente no se puede saber. 

Creo que esto nos permite alcanzar el significado profundo de la palabra "misterio", una palabra que ya ha sido prácticamente eliminada del vocabulario. 

El misterio no define solo algo que es incomprensible, eso es más bien el enigma. 

El misterio es algo que se me revela poco a poco, con pudor, delicadamente y sin violencia: nunca puedo pretender agotarlo. 

El misterio no es lo incognoscible, sino algo en lo que cuanto más te sumerges, más grande e interesante se vuelve. El misterio no está compuesto solo por palabras que ilustran, sino también por un silencio que hay que escuchar. 

Los treinta años de silencio de Jesús son coherentes con la palabra y el ministerio público de Jesús: el silencio y la palabra forman parte del mismo misterio. Revelo a Dios con la palabra y con el silencio. 

Tal vez, incluso, el «no se lo digáis a nadie» significa quizás que incluso Jesús no sabe inmediatamente cuál es su identidad porque llega a ella poco a poco… Si fuera así, seguramente es también porque hubo una evolución en el camino de Jesús, su propia conciencia progresó hasta comprender plenamente su misión, comprendiéndola desde dentro y a la luz de las Escrituras. 

Ni siquiera Jesús lo sabía todo, no era omnisciente. 

En cuanto al fin del mundo, por ejemplo, sostiene que «en cuanto a ese día o esa hora, nadie lo sabe, ni los ángeles en el cielo ni el Hijo, excepto el Padre» (Mc 13,32). Esto también forma parte de ese misterio que nunca está totalmente disponible. 

«No se lo digáis a nadie» no tiene nada de prudente o esotérico, como si hubiera una verdad que debe permanecer entre unos pocos. 

Jesús, por otra parte, no parece tan interesado en su propia identidad, en revelar quién es. Me parece que está más interesado en vivir una obediencia a las Escrituras y a la voluntad de Dios, porque es esta obediencia la que revela quién es. 

Y, además, es Dios mismo quien confirma la identidad de Jesús ante todos. Como en el bautismo y en la transfiguración: «Vino una nube que los cubrió con su sombra y de la nube salió una voz: ‘Este es mi Hijo, el amado: ¡escuchadle!’» (Mc 9,7). 

En otras palabras, Dios no fingió «hacerse» hombre, no tomó prestado ningún cuerpo para estar en este mundo. 

Por eso me es problemático hablar de dos conciencias de Jesús, la humana y la divina. El discurso de las dos naturalezas es totalmente inconcebible para el judaísmo. Sencilla y llanamente porque Jesús vivía y se movía dentro del mundo judío, de las categorías culturales judías, no poseía los conceptos de la physis griega y sus discípulos tampoco, porque todos eran de ambiente palestino. 

Lo que quiere decir que ha sido una construcción teológica la que ha tratado de explicar el misterio a su manera. Sí, el Credo Nicenoconstantinopolitano se trata de una inculturación más que legítima, pero que siempre, también hoy, debe revisarse. 

El reto, no sé si incluso ‘problema’, es siempre el mismo: no podemos fijarnos en las definiciones dogmáticas considerándolas verdaderas para la eternidad, ya que solo son enfoques lingüísticos relativos a verdades establecidas en determinados contextos históricos, culturales y geográficos. 

No podemos seguir haciendo pasar por verdades las formulaciones lingüísticas de la verdad. La verdad está más allá, Dios es siempre otro. Porque, de lo contrario, estamos perdidos. Ya es suficiente… dejar que Dios sea Dios… y respetar y acoger que así sea. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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