domingo, 8 de marzo de 2026

El centurión que vio a un rey morir de amor - San Mateo 26,14-27,66 -.

El centurión que vio a un rey morir de amor - San Mateo 26,14-27,66 - 

Con la lectura de la Pasión del Señor se abren los días supremos, aquellos de los que deriva y a los que conduce toda nuestra fe. Y aquellos que aún nos enamoran. 

¿Queréis saber algo de vosotros y de mí? -dice el Señor- Os doy una cita: un hombre en la cruz. La cruz es la imagen más pura y más elevada que Dios ha dado de sí mismo. Y, sin embargo, es una pregunta perpetuamente abierta. 

Incluso antes la cita de Jesús fue otra: uno que se coloca abajo. Que se ciñe una toalla y se inclina para lavar los pies a los suyos. 

¿Quién es Dios? Mi lavapiés. De rodillas delante de mí. Sus manos sobre mis pies. De verdad, como Pedro, querría decir: déjalo, para, no lo hagas, es demasiado. Y Él: soy como el esclavo que te espera y, a tu regreso, te lava los pies. 

San Pablo tiene razón: el cristianismo es escándalo y locura. Dios es así: besa a quien lo traiciona, no rompe a nadie, se rompe a sí mismo. No derrama la sangre de nadie, derrama su propia sangre. No pide más sacrificios, se sacrifica a sí mismo. 

Esto da un vuelco a toda imagen, a todo temor de Dios. Y es lo que nos permite volver a amarlo como enamorados y no como sumisos. 

La belleza suprema de la historia es la que ocurrió fuera de Jerusalén, en la colina, donde el Hijo de Dios se deja clavar, pobre y desnudo, en un madero para morir de amor. 

La piedra angular de la fe cristiana es lo más bello del mundo: bello es quien ama, bellísimo quien ama hasta el final. 

El primero en comprenderlo no fue un discípulo, sino un extraño, el centurión pagano: verdaderamente este hombre era hijo de Dios. No desde un sepulcro que se abre, no desde un resplandor de luz, sino en la desnudez de aquel viernes, al ver a aquel hombre en la cruz, en el patíbulo, en el trono de la infamia, un gusano al viento, un soldado experto en la muerte dice: verdaderamente este era Hijo de Dios. Ha visto a alguien morir de amor, ha comprendido que es cosa de Dios. 

Había allí muchas mujeres que observaban desde lejos. En esa mirada, brillante de amor y lágrimas, en ese aferrarse con los ojos a la cruz, nació la Iglesia. 

Y renace cada día en quienes tienen hacia Jesús, aún crucificado en sus hermanos, la misma mirada de amor y dolor. Que circula por las venas del mundo como una poderosa energía pascual. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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