El centurión que vio a un rey morir de amor - San Mateo 26,14-27,66 -
Con la lectura de la Pasión del Señor se abren los días supremos, aquellos de los que deriva y a los que conduce toda nuestra fe. Y aquellos que aún nos enamoran.
¿Queréis saber algo de vosotros y de mí? -dice el Señor- Os doy una cita: un hombre en la cruz. La cruz es la imagen más pura y más elevada que Dios ha dado de sí mismo. Y, sin embargo, es una pregunta perpetuamente abierta.
Incluso antes la cita de Jesús fue otra: uno que se coloca abajo. Que se ciñe una toalla y se inclina para lavar los pies a los suyos.
¿Quién es Dios? Mi lavapiés. De rodillas delante de mí. Sus manos sobre mis pies. De verdad, como Pedro, querría decir: déjalo, para, no lo hagas, es demasiado. Y Él: soy como el esclavo que te espera y, a tu regreso, te lava los pies.
San Pablo tiene razón: el cristianismo es escándalo y locura. Dios es así: besa a quien lo traiciona, no rompe a nadie, se rompe a sí mismo. No derrama la sangre de nadie, derrama su propia sangre. No pide más sacrificios, se sacrifica a sí mismo.
Esto da un vuelco a toda imagen, a todo temor de Dios. Y es lo que nos permite volver a amarlo como enamorados y no como sumisos.
La belleza suprema de la historia es la que ocurrió fuera de Jerusalén, en la colina, donde el Hijo de Dios se deja clavar, pobre y desnudo, en un madero para morir de amor.
La piedra angular de la fe cristiana es lo más bello del mundo: bello es quien ama, bellísimo quien ama hasta el final.
El primero en comprenderlo no fue un discípulo, sino un extraño, el centurión pagano: verdaderamente este hombre era hijo de Dios. No desde un sepulcro que se abre, no desde un resplandor de luz, sino en la desnudez de aquel viernes, al ver a aquel hombre en la cruz, en el patíbulo, en el trono de la infamia, un gusano al viento, un soldado experto en la muerte dice: verdaderamente este era Hijo de Dios. Ha visto a alguien morir de amor, ha comprendido que es cosa de Dios.
Había allí muchas mujeres que observaban desde lejos. En esa mirada, brillante de amor y lágrimas, en ese aferrarse con los ojos a la cruz, nació la Iglesia.
Y renace cada día en quienes tienen hacia Jesús, aún crucificado en sus hermanos, la misma mirada de amor y dolor. Que circula por las venas del mundo como una poderosa energía pascual.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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