Emaús: una catequesis del Evangelio de Jesús - San Lucas 24, 13-35 -
El Evangelio de Emaús se desarrolla como una gran liturgia en tres etapas: la liturgia del camino, de la palabra y del pan.
Emaús se encuentra a once kilómetros de Jerusalén,
tres horas de camino, que pasaron hablando del sueño en el que tanto habían
invertido y que se había hundido en sangre.
Y he aquí que Jesús se acercó y caminaba con ellos. Como un Dios esparcido por todas las calles, que no
impone ningún paso, sino que toma el mío. Le basta el paso del momento, el
cotidiano. Cualquier caminar le vale, siempre que sea camino.
Luego, la liturgia de la palabra: y comenzando por Moisés y los
profetas les explicaba las Escrituras, explicaba la vida con la
Palabra, explicaba que la Cruz no es un accidente, sino la plenitud.
Y los dos descubren la inmensa verdad: ven a un Dios
que, tan oculto que parece ausente, teje el hilo de oro en el tapiz del mundo
partiendo del punto más oscuro, la cruz. Ahora saben que cuanto más oculta
parece la mano de Dios, más poderosa es. Cuanto más silenciosa, más eficaz.
Al llegar a Emaús, Jesús muestra que quiere «ir
más lejos». Como un vagabundo, un Dios migrante por espacios libres y
abiertos que pertenecen a todos.
Entonces se abre la liturgia del pan, en torno al primer altar que es la mesa de casa: lo reconocieron al partir el pan.
Sí, porque un jueves, al atardecer, Jesús había
pronunciado aquellas palabras enigmáticas sobre el pan y el vino:
tomad y comed. Este es mi cuerpo. Es todo de mí,
hasta la última fibra, hasta la última herida. Es para vosotros.
La historia de Jesús huele a pan. El pan, bueno por sí
solo y bueno con todo.
Pero partir el pan no marca el final, es
solo la primera fase del dar. Tomo algo mío y te lo doy. Dejo
en tus manos un pedazo de mí, una porción, una fracción, migajas, algo que de
mío pasa a ser tuyo.
Partir:
ahí se resume el alma de Jesús, su historia, su misión. Él no parte a nadie, se
parte a sí mismo. Él no pide nada, lo ofrece todo. Durante siglos, la Eucaristía
se ha llamado fractio panis, el partir el pan y donarlo.
Tomado de Isaías 58: parte tu pan con el hambriento y
tu hambre terminará; ilumina a otros y te iluminarás; cura la herida de otros y
tu herida sanará.
El eje central del Evangelio es el don y no el
sacrificio.
Partieron sin demora y regresaron a Jerusalén; partieron como llamados, como si la noche no fuera a
volver jamás; partieron con el sol dentro, sin miedo. Un milagro.
Pero el primer milagro fue otro: ¿no nos ardía el corazón mientras,
por el camino, nos explicaba el sentido de las Escrituras y de la vida?
Porque, como dice Efrén el Sirio, «¡quien me come, come fuego! Hemos comido
fuego en el pan».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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