Jesús vive para nosotros - San Lucas 24, 13-35 -
Jesús se acercó y caminaba con ellos.
Dios siempre se acerca, caminante de los siglos y de
los días, y mueve toda la historia.
Camina con nosotros, no para corregir nuestro paso ni
para dictar el ritmo. No impone ningún paso, sino que sigue el nuestro. Nada es
obligatorio. Cualquier camino le vale. Siempre y cuando uno camine. Le basta
con el paso del momento.
Jesús alcanza a los dos caminantes, los mira, los ve
tristes, reduce el paso: ¿qué son estas conversaciones? Y
ellos le cuentan su historia: una ilusión naufragada en la sangre sobre la
colina.
Lo han seguido, lo han amado: esperábamos que fuera Él...
Es la única vez que aparece el término «esperanza» en los Evangelios, pero
solo como pesar y nostalgia, mientras que ella es «el presente del futuro» -
Tomás de Aquino -; como pesar por las expectativas de poder que se han
desvanecido.
Por eso «no pueden reconocer» a ese Jesús que
había trastocado al sol y al aire las raíces mismas del poder. Y es, como en
los comienzos en Galilea, todo un hablar, confrontarse, enseñar, aprender, debatir,…,
durante largas horas de camino.
Al llegar a Emaús, Jesús muestra que quiere «ir
más lejos». Como un vagabundo, un Dios migrante por espacios libres y
abiertos que pertenecen a todos.
Entonces surgen palabras que se han convertido en
canto, una de nuestras oraciones más bellas: quédate con nosotros, porque ya
es tarde.
Tienen hambre de palabra, de compañía, de hogar. Lo invitan a quedarse, de una manera tan delicada que casi parece que son ellos quienes piden hospitalidad.
Luego, la casa: no se dice nada de ella, para que
pueda ser la casa de todos. Dios no está en todas partes, está en la casa donde
se le deja entrar. Quédate. Y el caminante se detiene; se sentía a gusto en el
camino, donde todos son más libres; se siente a gusto en la casa, donde todos
son más auténticos.
El relato se centra ahora en el aroma del pan y en la
mesa, hecha para reunir a muchos a su alrededor, para estar rodeada por todos
lados de comensales, para conectarlos entre sí: las miradas se buscan, se
cruzan, se funden, se alimentan unos de otros.
Lo reconocieron al partir el pan. Lo reconocieron no porque fuera un gesto exclusivo e
inconfundible de Jesús —todo padre partía el pan a sus hijos—; quién sabe cuántas
veces lo habían hecho también ellos, quizá en esa misma habitación, cada vez
que caía la noche sobre Emaús.
Pero tres días antes, el jueves por la noche, Jesús
había hecho algo inaudito, se había entregado a sí mismo en forma de pan: tomad
y comed, este es mi cuerpo.
Lo reconocieron porque partir, romper y entregarse
contiene el secreto del Evangelio: Dios es pan que se entrega al hambre del
hombre. Se dona, nutre y desaparece: «¡Tomad y comed, es para vosotros!».
El gran milagro: no somos nosotros los que existimos
para Dios, es Dios quien vive para nosotros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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