sábado, 11 de abril de 2026

Jesús vive para nosotros - San Lucas 24, 13-35 -.

Jesús vive para nosotros - San Lucas 24, 13-35 -

Jesús se acercó y caminaba con ellos.

 

Dios siempre se acerca, caminante de los siglos y de los días, y mueve toda la historia.

 

Camina con nosotros, no para corregir nuestro paso ni para dictar el ritmo. No impone ningún paso, sino que sigue el nuestro. Nada es obligatorio. Cualquier camino le vale. Siempre y cuando uno camine. Le basta con el paso del momento.

 

Jesús alcanza a los dos caminantes, los mira, los ve tristes, reduce el paso: ¿qué son estas conversaciones? Y ellos le cuentan su historia: una ilusión naufragada en la sangre sobre la colina.

 

Lo han seguido, lo han amado: esperábamos que fuera Él... Es la única vez que aparece el término «esperanza» en los Evangelios, pero solo como pesar y nostalgia, mientras que ella es «el presente del futuro» - Tomás de Aquino -; como pesar por las expectativas de poder que se han desvanecido.

 

Por eso «no pueden reconocer» a ese Jesús que había trastocado al sol y al aire las raíces mismas del poder. Y es, como en los comienzos en Galilea, todo un hablar, confrontarse, enseñar, aprender, debatir,…, durante largas horas de camino.

 

Al llegar a Emaús, Jesús muestra que quiere «ir más lejos». Como un vagabundo, un Dios migrante por espacios libres y abiertos que pertenecen a todos.

 

Entonces surgen palabras que se han convertido en canto, una de nuestras oraciones más bellas: quédate con nosotros, porque ya es tarde.


Tienen hambre de palabra, de compañía, de hogar. Lo invitan a quedarse, de una manera tan delicada que casi parece que son ellos quienes piden hospitalidad.

 

Luego, la casa: no se dice nada de ella, para que pueda ser la casa de todos. Dios no está en todas partes, está en la casa donde se le deja entrar. Quédate. Y el caminante se detiene; se sentía a gusto en el camino, donde todos son más libres; se siente a gusto en la casa, donde todos son más auténticos.

 

El relato se centra ahora en el aroma del pan y en la mesa, hecha para reunir a muchos a su alrededor, para estar rodeada por todos lados de comensales, para conectarlos entre sí: las miradas se buscan, se cruzan, se funden, se alimentan unos de otros.

 

Lo reconocieron al partir el pan. Lo reconocieron no porque fuera un gesto exclusivo e inconfundible de Jesús —todo padre partía el pan a sus hijos—; quién sabe cuántas veces lo habían hecho también ellos, quizá en esa misma habitación, cada vez que caía la noche sobre Emaús.

 

Pero tres días antes, el jueves por la noche, Jesús había hecho algo inaudito, se había entregado a sí mismo en forma de pan: tomad y comed, este es mi cuerpo.

 

Lo reconocieron porque partir, romper y entregarse contiene el secreto del Evangelio: Dios es pan que se entrega al hambre del hombre. Se dona, nutre y desaparece: «¡Tomad y comed, es para vosotros!».

 

El gran milagro: no somos nosotros los que existimos para Dios, es Dios quien vive para nosotros.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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