Jesús está en nuestro mismo camino - San Lucas 24, 13-35 -
El camino de Emaús nos habla de trayectorias marcadas por la decepción, de sueños en los que habían depositado tantas esperanzas y que se han desvanecido.
Y de un Dios, que no nos encuentra en la Iglesia, sino
en los lugares de la vida, en los rostros, en los pequeños gestos cotidianos.
Los dos discípulos han abandonado Jerusalén: todo ha
terminado, se cierra el ciclo, se regresa a casa. Y he aquí que se acerca Otro,
un desconocido que solo ofrece su disposición a escuchar y el tiempo de la
compañía a lo largo del mismo camino.
Alguien que no es una presencia intrusiva de
respuestas ya preparadas, sino alguien que hace preguntas. Se comporta como
quien está dispuesto a recibir, no como quien está lleno de algo que ofrecer;
actúa como un pobre que acepta su hospitalidad.
Jesús se acercó y caminaba con ellos. Jesús no impone ningún paso, sigue el mío. Nada es
obligatorio. Cualquier camino le vale. Siempre que uno camine. Le basta el paso
del momento, el paso cotidiano.
Y ralentiza su paso al compás del nuestro, incierto y breve. Se hace caminante, peregrino, fugitivo, igual que los dos; sin distancia ni superioridad les ayuda a elaborar, en el relato de lo que ha sucedido, su tristeza y su esperanza: ¿Qué son estas conversaciones que mantenéis entre vosotros por el camino?
No han entendido la cruz, al Mesías derrotado, y Él vuelve a explicar: interpretando las Escrituras, les mostraba que el Cristo debía sufrir.
Los dos caminantes escuchan y descubren una verdad
inmensa: la mano de Dios está posada allí donde parece imposible, precisamente
allí donde parece absurdo, en la cruz. Tan oculta que parece ausente, mientras
teje el hilo de oro del tapiz del mundo. Quizás, cuanto más oculta está la mano
de Dios, más poderosa es.
Y el primer milagro ya se cumple en el camino: ¿no
arde nuestro corazón mientras nos explica las Escrituras?
Transmitir la fe no es impartir nociones de catecismo,
sino encender corazones, contagiar calor y pasión. Y del corazón encendido de
los dos peregrinos brotan palabras que se han quedado entre las más bellas que
conocemos: quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde.
Quédate con nosotros cuando la noche caiga en el
corazón, quédate con nosotros al final del día, al final de la vida. Quédate
con nosotros, y con aquellos a quienes amamos, en el tiempo y en la eternidad.
Y lo reconocieron por su gesto inconfundible, al
partir el pan y dárselo.
Y justo en ese momento desaparece. El Evangelio dice
literalmente: se hizo invisible. No se ha ido a otra parte, se ha hecho
invisible, pero sigue con ellos.
Desaparecido a la vista, pero no ausente. Más bien, en
camino con todos los que están en camino, Palabra que explica, interpreta y
nutre la vida. Está en nuestro mismo camino.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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