¿Qué medida tiene el amor a Jesús? - San Juan 14, 15-21 -
«Creed en Dios y creed también en mí»
(Jn 14,1). Jesús pide que los discípulos depositen en Él la misma fe que
depositan en Dios: Él es digno de confianza, lo ha demostrado a lo largo de
toda su vida, por lo que merece la misma fe que se deposita en Dios.
En este Evangelio Jesús pide a los discípulos que lo
amen, que le profesen un amor verdadero. Lo que en el Shemá Israel (cf. Dt 6,4-9)
se pide al creyente: «Amarás al Señor tu Dios» (Dt 6,5),
Jesús tiene la audacia de pedirlo para sí mismo. Pero debemos preguntarnos qué
significa amar a Dios, amar a Jesús.
No es fácil responder y hay que comprender bien qué
amor indica y quiere el Señor hacia Él. Los humanos conocemos el amor sobre
todo como deseo, es nuestra experiencia en las historias de amor y en la vida
cotidiana: amamos cuando pensamos en el otro, cuando deseamos su presencia,
cuando deseamos su abrazo, cuando recordamos al otro con nostalgia y, por
tanto, lo invocamos.
En este amor, Dios se convierte en el Otro, pero el
Otro como objeto, y se le ama como se ama a una mujer, a un hombre, a un hijo.
Pero ¿se puede amar así a Dios, a Él que es invisible,
a quien no podemos ver? En verdad, debemos estar muy atentos al engaño
inherente al acto de amar a Dios.
Al escuchar con atención la Biblia, nos damos cuenta
de que muchas veces Dios pide al hombre que lo ame y que muchas veces el hombre
responde a esta invitación amando a Dios, pero también comprendemos que este
amor del hombre hacia Dios no puede reducirse a deseo, a pasión, sino que debe
tener las características de un amor que deriva de la escucha de Dios; de un
amor —podríamos decir— obediente (de ob-audire), un amor que es escucha
de la palabra, de la voluntad de Dios, y al mismo tiempo asentimiento a ella.
Y así, amar a Jesús no puede significar convertirlo en
el objeto de nuestro deseo, también porque de ese modo se corre el riesgo de
amar una proyección nuestra, una imagen de Jesús fabricada por nosotros. En
este caso, nuestro amor se enciende, se vuelve más ardiente, pero es amor por
un producto nuestro, por un ídolo.
El amor auténtico por el Señor, en cambio, se deja
moldear por la palabra que el Señor nos dirige, y por tanto es siempre
realización de la palabra de Dios, es hacer lo que Él manda y quiere. Cuando un
cristiano sustituye su propia voluntad por la del Señor, entonces ama al Señor;
cuando un cristiano vive en sí mismo «los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús»
(Fil 2,5), entonces ama a Jesús.
Por eso Jesús dice: «Si me amáis, guardaréis mis
mandamientos»; lo que también significa: «Si no los cumplís, entonces no me
amáis verdaderamente, aunque creáis amarme por el deseo de Dios, del Señor que
habita en vosotros».
El amor de deseo no es suficiente, y a nosotros, que
separamos fácilmente el amor y la obediencia, nos cuesta entenderlo: nos
resulta más fácil el amor que creemos leer en los místicos, un amor ardiente
por Dios hasta consumirse… No, Jesús dice: «Vosotros sois mis amigos, si
hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).
Este es el amor liberador del Señor en nosotros y el verdadero
amor en nosotros por Él: no el amor de uno mismo en el otro, no la proyección
de una imagen fabricada por nosotros y aplicada a Jesús para amarlo más, sino
un amor que es imitatio Dei, que es necesidad de conformidad con Cristo, que
es seguimiento allá donde Él vaya (cf. Ap 14,4), para estar siempre con Él
viviendo como Él quiere que vivamos. Amar a Dios es querer lo que Él quiere, es
amarlo como Él ama.
Para que esto se cumpla en nosotros, Jesús promete «otro
Paráclito», otro a nuestro lado, otra guía, otro defensor, siempre con
nosotros como Soplo de verdad y de fidelidad que puede inspirarnos, sostenernos
y ayudarnos a realizar la obra que Dios nos confía.
Así, los discípulos no son huérfanos: Jesús ya no está
en la tierra junto a ellos, pero aquel que siempre ha sido el compañero
inseparable de Jesús permanecerá con ellos y en ellos, con nosotros y en
nosotros.
Es Espíritu de amor y nos enseñará el amor, nos
ordenará el amor, hará crecer en nosotros el amor a Dios y a los hermanos y
hermanas que están con nosotros en el mundo. Y amando así se conoce a Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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