Un amor divino, es decir, apasionado - San Juan 14, 15-21 -
Si me amáis...
Con este verbo, el más importante de nuestro
vocabulario, al que rodeamos de tanta pudor y tantas expectativas, Jesús entra
en nuestros sentimientos más íntimos.
No se trata de una orden, ni de un imperativo, sino
más bien de una constatación: quien ama observará, se convertirá para él en
algo natural, casi un automatismo del corazón, observar su mandamiento, el
nuevo, el único: amaos como yo os he amado (Jn 13,34).
El amor cambia la vida; no es un vago sentimiento
mezclado de fascinación y temor lo que Jesús propone: si amas, no podrás herir,
traicionar, robar, violar, burlarte, permanecer indiferente.
Ama y haz lo que quieras - San Agustín -. Si amas, no podrás sino observar una
ley interior mucho más exigente que cualquier ley externa.
Pero, ¿es fácil o difícil amar a Cristo? Siete veces,
en los siete versículos del pasaje, Jesús habla de unión: una pasión por unirse
recorre la historia de Dios y del hombre.
Pasión por unirse por la que Dios se convirtió, en el
principio, en el aliento mismo de Adán; por la que durante milenios buscó un
pueblo, profetas de fuego, reyes y mendigos, y finalmente una joven de Nazaret
para entrar en comunión con la humanidad, comunión absoluta.
Y aquí Juan recurre al verbo más importante de la vida
espiritual: estar-en. No solo estar al lado, cerca,…, sino estar-en.
Dentro, inmersos, unidos: el Espíritu estará en vosotros... yo estoy
en el Padre, vosotros estáis en mí y yo en vosotros. Hasta que el otro
se convierta en tu morada y tu hogar.
Santo Tomás de Aquino decía que el amor es la pasión
de unirse a la persona amada. En Dios está primero esta pasión, Él es el primero
en salir al encuentro, es Él quien busca un hogar; a nosotros nos corresponde
dejarnos amar, y esto es, al fin y al cabo, gozosamente fácil y bello.
Amar a Cristo es tan fácil como dejarse amar. Entonces
los mandamientos no son más que caminos hacia la unión, pasión por hacer lo que
Dios hace, por participar de la misma energía de vida, por respirar su aliento;
ya no son una orden externa, sino una forma de parecernos a Dios, la expansión
de una historia de comunión, el desbordamiento hacia el exterior de una
sintonía interna.
Este es el mandamiento: la pasión por unirse a Dios y,
por tanto, por actuar con Él y como Él en la historia, ser sus manos, un
fragmento de su corazón. Ninguna ética vive sin una mística.
No os dejaré huérfanos, porque yo vivo y vosotros
viviréis. Huérfano es una palabra
y una experiencia ligada a la muerte. Pero quien ama vive, tan fuerte como la
muerte es el amor, las grandes aguas no pueden apagarlo, ni los ríos
arrastrarlo. Viviréis porque yo vivo: la pasión por unirse se ha convertido
en pasión por dar vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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