Dios es el don de los dones - San Juan 3, 16-18 -
La Iglesia profesa la Trinidad de Dios siempre, en cada Liturgia, pero recientemente se ha sentido la necesidad de instituir una fiesta teológico-dogmática, que no es conocida ni en la antigüedad cristiana ni, hasta ahora, en la tradición cristiana oriental.
Es, sin embargo, una ocasión para la alabanza, el
agradecimiento y la adoración del misterio de nuestro Dios, comunión de amor
entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
A algunos les puede sorprender que el texto evangélico
elegido por la Iglesia para esta fiesta hable de manera manifiesta solo del
Padre y del Hijo, mientras que parece guardar silencio sobre el Espíritu Santo.
En realidad, el Espíritu está presente como amor
de Dios» y como «compañero inseparable del Hijo, porque allí donde está
escrito que «Dios amó tanto al mundo», el cristiano comprende que Dios amó
al mundo con su amor, que es el Espíritu Santo del Padre y del Hijo.
Ha sido muy largo el camino de la revelación, y por
tanto de la adhesión a ella por parte de los creyentes, en lo que respecta a la
Trinidad de Dios. Pero no es ahora el momento de detenernos en esa historia.
No sé si es casualidad que, a menudo, para decir algo sobre la Trinidad de Dios, tras siglos sigamos recurriendo a la intuición de San Agustín, que ve en el Padre al Amante, en el Hijo al Amado y en el Espíritu el Amor que transita entre ambos.
Y San Bernardo de Claraval, por su parte, interpretaba
la Trinidad de Dios como un beso «circular» y eterno: «El Padre da el beso, el
Hijo lo recibe y el beso mismo es el Espíritu Santo, aquel que está entre el Padre
y el Hijo, la paz inalterable, el amor indiviso, la unidad indisoluble» (Sermones
sobre el Cantar de los Cantares 8,2).
La Trinidad de Dios no es una fórmula cristalizada y
no es necesario nombrar siempre a las tres personas para evocarla: Padre, Hijo
y Espíritu Santo son términos que indican una vida de amor plural, comunitario;
son una comunión que intentamos expresar con nuestras pobres palabras, siempre
incapaces de decir el misterio, de expresar la revelación de nuestro Dios.
El relato del Evangelio acontece en el contexto de la
conversación nocturna entre Jesús y Nicodemo (cf. Jn 3,1-21), un «maestro
de Israel» (Jn 3,10) que representa la sabiduría judía en diálogo con
Jesús. Se trata de un diálogo arduo para Nicodemo, que tiene fe en Jesús pero
le cuesta acoger la novedad de la revelación traída por este rabino «venido
de Dios».
Jesús responde a las preguntas de su interlocutor,
pero la última respuesta, la más larga, parece estar contenida en una
meditación del autor del Cuarto Evangelio. ¿En estos versículos es Jesús quien
habla o se trata de una meditación del Evangelista Juan?
En cualquier caso, son palabras de Jesús, ciertamente no reproducidas tal cual, sino meditadas, comprendidas y repetidas en el seno de una comunidad cristiana que ha tratado de creerlas y de vivirlas.
Así comienza el pasaje: «Tanto amó Dios al mundo que dio a
su Hijo unigénito, para que todo aquel que crea en él… tenga vida eterna».
Justo antes está escrito: «Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado,
para que todo aquel que crea en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15).
Estas dos afirmaciones son paralelas y se explican
mutuamente. Para que todo ser humano pueda creer, adherirse al Hijo del hombre
y poner su confianza en Él, es necesario que conozca el amor de Dios por toda
la humanidad, por este mundo.
Ese amor de Dios tuvo su epifanía en un acto concreto,
datado y localizado en la historia y en la tierra: un hombre, Jesús de Nazaret,
nacido de María pero Hijo de Dios, fue levantado en la cruz, donde murió «habiendo
amado hasta el final» (cf. Jn 13,1), y en ese acontecimiento todos
pudieron ver que Dios ha amado tanto al mundo que le entregó a su único Hijo, «enviado
por Él al mundo».
En aquella hora de la cruz, «la hora de Jesús», se
manifestó más que nunca la gloria de Jesús como gloria de Aquél que amó hasta
el final, narrando el amor de Dios a través de la ofrenda de su vida a todos,
sin discriminaciones. Esa fue la hora de la exaltación del Hijo del Hombre, a
quien todos los seres humanos, de todos los siglos y de todas las generaciones,
miran como al «traspasado por amor» (cf. Zc 12,10; Jn 19,37; Ap 1,7).
He aquí el don de los dones de Dios: don gratuito, don de sí mismo, don irrevocable y sin arrepentimiento; un don que nunca hay que merecer, sino acoger con fe; un don hecho solo por un amor loco de Dios, que quiso hacerse hombre, carne frágil y mortal (cf. Jn 1,14), para estar entre nosotros, con nosotros, y así compartir nuestra vida, nuestra lucha, nuestra sed de vida eterna.
He aquí lo que ocurrió con la venida en la carne del
Hijo de Dios y con la venida del Espíritu, que es siempre el compañero
inseparable del Hijo; he aquí el misterio del amor de Dios vivido en comunión,
comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Ese mundo que a veces en el Cuarto Evangelio se lee
bajo el signo del mal, del dominio de Satanás, «el príncipe de este mundo»
(Jn 12,31; 16,11; cf. 14,30), aquí se lee como humanidad, como universo que
Dios vio «como algo bueno» (Gn 1,4.10.12.18.21.25) y «muy
bueno» (Gn 1,31), al que amó hasta la locura, hasta el don de sí mismo,
don que le exigió despojo, pobreza, humillación.
Ser salvado significa pasar de la muerte a la vida
definitiva, y esto es posible para quien acepta el don adhiriéndose a Jesús,
aquel que da el Espíritu de vida. Este don loco de Dios al mundo no tiene como
fin el juicio del mundo, sino su salvación: Dios quiere que la humanidad
conozca la vida para siempre, la vida plena, que solo él puede darle.
Pero ante el don permanece la libertad humana. El don
se ofrece sin condiciones, por lo que puede ser acogido o rechazado. Quien lo
acoge escapa al juicio y vive la vida para siempre, pero quien no lo acoge se
juzga a sí mismo. No es Dios quien juzga o condena, sino que cada uno, al
acoger o rechazar el amor, entra en la vida o se aleja de la fuente de la vida,
recorriendo un camino mortífero.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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