Donde hay amor allí está Dios - San Juan 3, 16-18 -
El Domingo después de Pentecostés, los cristianos
occidentales celebran el misterio de la Trinidad de Dios, del Dios uno y tres
veces santo. Dios es una comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo, una comunión que no permanece cerrada en sí misma, sino que se abre a
nosotros, los hombres, llamados a acoger y a responder a ese amor. Y, como
siempre ocurre en el cristianismo, la meditación sobre Dios parte del hombre
Jesucristo, «el Hijo unigénito que ha dado a conocer a Dios» (cf. Jn 1,18).
En particular, la Iglesia nos invita a contemplar este
misterio a través de la lectura de un breve pasaje tomado del capítulo tercero
del Evangelio según San Juan. En los versículos que lo preceden se narra un
diálogo entre dos maestros, el fariseo Nicodemo y Jesús, «el maestro que viene de Dios»
(Jn 3,2).
Discuten sobre una cuestión difícil y, al mismo
tiempo, crucial: la posibilidad de un auténtico renacimiento del hombre. Jesús
afirma que esto solo puede ocurrir «desde lo alto» (Jn 3,3), por obra
del poder de Dios, pero el otro no lo entiende… Jesús replica entonces que ese
poder es el Espíritu de Dios, es Él quien puede obrar un nuevo nacimiento (cf.
Jn 3,5-8).
Luego añade una revelación a primera vista enigmática:
para que el Espíritu sea derramado por Dios sobre la humanidad, es necesario
que Él, el Hijo del hombre, sea «elevado», como Moisés había elevado
una serpiente de bronce durante el camino de Israel por el desierto (cf. Núm
21,4-9). Al mirar aquella imagen, el pueblo se salvaba de la muerte que le
asolaba a causa de las serpientes venenosas: así como la serpiente era un signo
de salvación, también lo será el Hijo del hombre una vez levantado de la
tierra, y todo aquel que crea en él tendrá vida eterna (cf. Jn 3,14-15).
Pero, ¿qué significa «ser elevado»? Significa
ciertamente ser elevado de la tierra, y Jesús lo será en la cruz (cf. Jn 8,28);
pero significa también ser levantado por Dios (cf. Jn 12,32), quien tomará a
Jesús en su gloria y lo proclamará Señor.
En definitiva, nos encontramos ante el anuncio central de nuestra fe, expresado en el lenguaje joaneo: el de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Por eso el evangelista siente la necesidad de interrumpir el relato para comentar el anuncio de Jesús, y lo hace con palabras que constituyen una especie de Evangelio dentro del Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna».
Con toda su vida entregada hasta la muerte en libertad
y por amor a nosotros, con su paso entre nosotros haciendo el bien en el poder
del Espíritu Santo (cf. Hch 10,38), Jesús nos ha narrado que «Dios
es amor» (1 Jn 4,8.16); nos ha manifestado, en la concreción de una
existencia humana, el acto gratuito con el que Dios ha elegido enviar al mundo
a Él, su único Hijo, entregándose sin reservas a nosotros, los hombres.
Por eso Juan puede continuar: «Dios no envió a su Hijo al mundo
para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él».
Somos nosotros quienes nos juzgamos a nosotros mismos, al acoger o rechazar el
amor vivido por Jesús…
Juan expresará de nuevo esta realidad en su Primera Carta,
con palabras de contemplación que son el mejor comentario a las del Evangelio:
«En
esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: Dios envió a su Hijo al
mundo, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no somos
nosotros los que hemos amado a Dios, sino que es él quien nos ha amado y ha
enviado a su Hijo como víctima expiatoria por nuestros pecados… Por esto
sabemos que permanecemos en Dios y Dios en nosotros: por el Espíritu que él nos
ha dado como don. Y nosotros hemos contemplado y damos testimonio de que el
Padre ha enviado al Hijo como Salvador del mundo» (1 Jn 4,9-10.13-14).
Sí, el amor viene de Dios y llega a nosotros, los
hombres, y no al revés: «amamos porque Dios nos amó primero»
(1 Jn 4,19). Se nos pide, pues, que nos reconozcamos como criaturas amadas
desde el principio por Dios en el poder de su Espíritu Santo, que «creamos
en el amor» (cf. 1 Jn 4,16), manifestado definitivamente en el Hijo
Jesucristo.
Al acoger ese amor, nos hacemos capaces de ejercerlo a
nuestra vez, amándonos unos a otros: así es como el amor de Dios puede
difundirse y manifestarse en la historia. En verdad, como canta un antiguo
himno de la Iglesia, «donde el amor es verdadero, allí está Dios».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario