Dios se encuentra en el umbral
En la puerta de la casa de Isabel… Es aquí donde nos detiene el relato de la Visitación. Un umbral que no hay que cruzar a toda prisa. Un umbral ante el que hay que detenerse largo rato si queremos captar el sentido del misterio de aquella visita, que no estaba programada en ningún calendario salvo en el del corazón de María.
En ese umbral descubrimos, desde un punto de vista
privilegiado, qué y cómo mira Dios.
Ha mirado la humildad de su sierva, canta María en ese
himno que la Iglesia nos hace rezar al final de cada día, casi como si quisiera
enseñarnos cómo debe releerse el tiempo transcurrido: como una ocasión para
destacar no los grandes acontecimientos, sino aquello que, tal vez, sin darnos
cuenta, consideraríamos material de desecho.
En esa puerta, de hecho, se pone de relieve la
marginalidad, la de María aquella vez, la mía esta vez, reconocidas y
contempladas por el Señor. Incluso tomadas prestadas —casi un refugio
improvisado en esa generación perenne del Verbo de Dios— para que Él pueda
darse a conocer de nuevo como el Dios-con-nosotros.
En esa puerta de la casa de Isabel entramos en
contacto con los desvíos de Dios: Dios se ha confiado al seno de una joven.
Inconcebible: una joven se convierte en el arca de la presencia de Dios en
medio de su pueblo. Por fin el sueño de Dios ha encontrado un trozo de tierra
en el que germinar y crecer, sin resistencias.
En esa puerta aprendemos la belleza del asombro, de no
dar nada por sentado: ¿A qué se debe
que la madre de mi Señor venga a mí? Qué bonito que estas palabras
salgan de la boca de una mujer de edad avanzada pero aún capaz de asombrarse.
En esa puerta de casa, el encuentro de dos mujeres que
han dado cobijo a lo imposible se convierte en el primer fruto del descenso del
Espíritu Santo: Bienaventurada la que
ha creído en el cumplimiento de lo que le ha dicho el Señor.
Cuando se da crédito a lo que dice el Señor, es
garantía de que el Espíritu descienda de nuevo para fecundar a la humanidad.
¿Qué vientre, qué espacio me atrevo a poner a disposición para que otros puedan
tener esperanza? Si nos atreviéramos…
En esa puerta, dos mujeres nos ofrecen casi un lugar
privilegiado si no queremos quedarnos al margen de lo que continuamente ocurre
en nuestra vida. María e Isabel anuncian a un Dios que da un vuelco a todos
nuestros parámetros de grandeza, un Dios que invierte o subvierte nuestros
esquemas.
María e Isabel, de hecho, no hablan de sí mismas:
ellas, en realidad, nos hablan de Dios, de lo que ha realizado en ellas, de un
Dios que tiene ojos para la esterilidad de una y para la imposibilidad de la
otra, como ya había tenido ojos para un lugar del que no puede salir nada
bueno, Nazaret. De un Dios que aún se hace presente, pero no en el estruendo,
no en la ostentación.
En la puerta de esa casa encontramos a dos mujeres que
no se han endurecido por la costumbre, mujeres que no han permitido que la vida
defraude sus sueños, mujeres que no están secuestradas, ni encerradas en el
esquema de un modelo único: una concibe sin intervención humana, la otra cuando
la intervención humana ha agotado todas sus posibilidades.
En la puerta de esa casa, dos mujeres nos dan
testimonio de que celebra continuamente el misterio de la Encarnación quien no
ha apagado el deseo de renacer por dentro, quien no se resigna al modelo único
de cómo deben ir necesariamente las cosas.
En la puerta de esa casa, dos mujeres narran la
irrupción de Dios en la belleza de un encuentro. Si te acojo, mi vida cambia.
Nuestros encuentros, si se viven sin empobrecimiento, se convierten en
acontecimientos del Espíritu. Y cada uno comprende el lenguaje del otro,
declinándolo ante todo como respeto y acogida de la diversidad ajena.
En la puerta de esa casa, Dios no deja de subvertir
las pretensiones de quienes querrían circunscribirlo a un espacio sagrado, casi
como si quisieran secuestrarlo, convertirlo en su propio monopolio. Dios nunca
ha dejado de atestiguar que su sueño era habitar la historia desde dentro. No
quería ser relegado a un espacio, sino que elegía estar en el ir, en ese ir de
María. Es sintomático que el ir sea el último mandato del Resucitado: ir…
llevando buenas nuevas…
Sí, al concluir el mes mariano, el ir solícito de
María es una invitación a salir y a cuidar de cada comienzo, aunque sea tímido,
aunque no sea llamativo. Que tu ir haga sobresaltar a quien visites y sea
relato de lo que Dios ha iniciado en ti.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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