domingo, 17 de mayo de 2026

Dios se encuentra en el umbral.

Dios se encuentra en el umbral

En la puerta de la casa de Isabel… Es aquí donde nos detiene el relato de la Visitación. Un umbral que no hay que cruzar a toda prisa. Un umbral ante el que hay que detenerse largo rato si queremos captar el sentido del misterio de aquella visita, que no estaba programada en ningún calendario salvo en el del corazón de María.

 

En ese umbral descubrimos, desde un punto de vista privilegiado, qué y cómo mira Dios.

 

Ha mirado la humildad de su sierva, canta María en ese himno que la Iglesia nos hace rezar al final de cada día, casi como si quisiera enseñarnos cómo debe releerse el tiempo transcurrido: como una ocasión para destacar no los grandes acontecimientos, sino aquello que, tal vez, sin darnos cuenta, consideraríamos material de desecho.

 

En esa puerta, de hecho, se pone de relieve la marginalidad, la de María aquella vez, la mía esta vez, reconocidas y contempladas por el Señor. Incluso tomadas prestadas —casi un refugio improvisado en esa generación perenne del Verbo de Dios— para que Él pueda darse a conocer de nuevo como el Dios-con-nosotros.

 

En esa puerta de la casa de Isabel entramos en contacto con los desvíos de Dios: Dios se ha confiado al seno de una joven. Inconcebible: una joven se convierte en el arca de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Por fin el sueño de Dios ha encontrado un trozo de tierra en el que germinar y crecer, sin resistencias.


 

En esa puerta aprendemos la belleza del asombro, de no dar nada por sentado: ¿A qué se debe que la madre de mi Señor venga a mí? Qué bonito que estas palabras salgan de la boca de una mujer de edad avanzada pero aún capaz de asombrarse.

 

En esa puerta de casa, el encuentro de dos mujeres que han dado cobijo a lo imposible se convierte en el primer fruto del descenso del Espíritu Santo: Bienaventurada la que ha creído en el cumplimiento de lo que le ha dicho el Señor.

 

Cuando se da crédito a lo que dice el Señor, es garantía de que el Espíritu descienda de nuevo para fecundar a la humanidad. ¿Qué vientre, qué espacio me atrevo a poner a disposición para que otros puedan tener esperanza? Si nos atreviéramos…

 

En esa puerta, dos mujeres nos ofrecen casi un lugar privilegiado si no queremos quedarnos al margen de lo que continuamente ocurre en nuestra vida. María e Isabel anuncian a un Dios que da un vuelco a todos nuestros parámetros de grandeza, un Dios que invierte o subvierte nuestros esquemas.

 

María e Isabel, de hecho, no hablan de sí mismas: ellas, en realidad, nos hablan de Dios, de lo que ha realizado en ellas, de un Dios que tiene ojos para la esterilidad de una y para la imposibilidad de la otra, como ya había tenido ojos para un lugar del que no puede salir nada bueno, Nazaret. De un Dios que aún se hace presente, pero no en el estruendo, no en la ostentación.


 

En la puerta de esa casa encontramos a dos mujeres que no se han endurecido por la costumbre, mujeres que no han permitido que la vida defraude sus sueños, mujeres que no están secuestradas, ni encerradas en el esquema de un modelo único: una concibe sin intervención humana, la otra cuando la intervención humana ha agotado todas sus posibilidades.

 

En la puerta de esa casa, dos mujeres nos dan testimonio de que celebra continuamente el misterio de la Encarnación quien no ha apagado el deseo de renacer por dentro, quien no se resigna al modelo único de cómo deben ir necesariamente las cosas.

 

En la puerta de esa casa, dos mujeres narran la irrupción de Dios en la belleza de un encuentro. Si te acojo, mi vida cambia. Nuestros encuentros, si se viven sin empobrecimiento, se convierten en acontecimientos del Espíritu. Y cada uno comprende el lenguaje del otro, declinándolo ante todo como respeto y acogida de la diversidad ajena.

 

En la puerta de esa casa, Dios no deja de subvertir las pretensiones de quienes querrían circunscribirlo a un espacio sagrado, casi como si quisieran secuestrarlo, convertirlo en su propio monopolio. Dios nunca ha dejado de atestiguar que su sueño era habitar la historia desde dentro. No quería ser relegado a un espacio, sino que elegía estar en el ir, en ese ir de María. Es sintomático que el ir sea el último mandato del Resucitado: ir… llevando buenas nuevas…

 

Sí, al concluir el mes mariano, el ir solícito de María es una invitación a salir y a cuidar de cada comienzo, aunque sea tímido, aunque no sea llamativo. Que tu ir haga sobresaltar a quien visites y sea relato de lo que Dios ha iniciado en ti.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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