viernes, 15 de mayo de 2026

El Dios digno de confianza - San Juan 3, 16-18 -.

El Dios digno de confianza - San Juan 3, 16-18 -

El amanecer, una montaña y, entre las manos, unas tablas de piedra. Que arden. Están al rojo vivo, como las dos tablas de la Ley que se hicieron añicos con furia ante la traición de su pueblo.

 

Están al rojo vivo, con ese fuego que habita en el corazón de las cosas cuando estas conllevan grandes responsabilidades. Están al rojo vivo porque Moisés siente que lleva sobre sus hombros el peso de todo el pueblo que, de alguna manera, está intentando confiar en él. Y también en confiar en ese Dios con el que Moisés dice hablar. Esas piedras están al rojo vivo porque Moisés lo intuye: también la nueva ley será quebrantada, siempre será así, toda ley, de alguna manera, autoriza la traición.

 

En el fondo tienen razón, piensa Moisés, ¿cómo se puede obedecer a unas tablas de piedra? ¿Cómo se puede ser fiel a un código de normas?

 

Entonces el Señor desciende de la nube, y Moisés no se lo esperaba. Ninguna nueva regla, el Señor desciende y se detiene junto a Moisés y le revela su nombre. Y Moisés deja caer las dos tablas, y empieza a comprender.


Que las diez palabras no son solo leyes que hay que respetar, son las notas de una sinfonía, son el comienzo de una danza, son puertas que se abren a una nueva conciencia. Moisés, al ver al Señor descender de la nube y entregarse a su criatura, comprende que la verdad no es una regla, sino el acercarse a cada hombre; comprende, Moisés, en un instante, el corazón de esas diez palabras que, si se dejan en la piedra, no sirven para nada, pero si se dejan libres para encarnarse, pueden transformar a los hombres de una manada confusa en compañeros de viaje.

 

Diez palabras para inaugurar lazos de amistad, para permitir que las relaciones transformen la vida: y entonces no le robo nada a quien amo, y no porque esté escrito en algún código, sino porque siento un afecto sincero por quien vive a mi lado. Porque cuando alguien toma algo mío, me siento violado. Y porque me siento unido a mi hermano, a todo ser viviente, siento que formamos parte del mismo destino.

 

Y si consigo detenerme en la casa del hermano, seré huésped y no tendré interés en matarlo, en traicionarlo, en utilizarlo. Y si entrego mi nombre a alguien, significa que sabré amar entregando todo de mí. Y esto basta, y ya no me importa si está escrito en algún decálogo, ya no es importante ser obediente, es urgente y fundamental intentar ser feliz.

 

Moisés comprende que él no cree en el Señor porque ha leído el decálogo, sino porque se ha sentido amado. Y entonces, o la Ley ayuda a amar a Dios, a los demás e incluso a uno mismo, o la Ley misma no será más que otro ídolo, la excusa para sentirse justos.


Pero el Señor ha descendido de la nube y se ha acercado, eso es lo que cuenta, y quiere que también nosotros comencemos a creer y confiar en la posibilidad de la cercanía. Y caminar ligeros en los ojos de un amigo, como el Señor está haciendo con Moisés, y dejar un buen aroma de misericordia y piedad, de paciencia, de amor y de fidelidad.

 

Las manos de Moisés están vacías, las tablas de piedra se han caído, ya no sirven, han acompañado hasta allí, hasta un encuentro. No se puede ordenar amar, no es la Ley la que puede dar felicidad, el decálogo es una indicación del camino, es el relato de la trayectoria que lleva al Señor, a uno mismo y a los hermanos.

 

La verdad es un encuentro. No serán los diez mandamientos aprendidos de memoria los que conviertan, no será la catequesis, ni siquiera la Misa, y mucho menos esta reflexión mía; todo es signo, trayectoria; en el corazón de todo hay un encuentro.

 

Moisés comprende que a sus hermanos no debe llevarles un documento divino, sino un rostro luminoso, el bello rostro de un enamorado, los ojos brillantes de quien ha experimentado el brillo de un Dios que, descendido de la nube, se expuso a dejarse encontrar.


Moisés seguirá llevando las dos tablas de piedra, pero comprende que hay que acercarse mucho, muchísimo a esas piedras, físicamente, cerca, tan cerca que se pueda leer palabra por palabra, tan cerca que se pueda leer letra por letra, tan cerca de cada letra que ya no se reconozca, que solo se vea un surco en la piedra, como un sendero, y entrar en ese surco y caminar hacia el fuego de amor que ha grabado para siempre Su Fidelidad a nuestra libertad.

La verdad exige siempre el riesgo de un encuentro. No confiamos en las leyes, solo confiamos en las personas que nos aman.

 

«Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo». Como si el Señor hubiera comprendido la ambigüedad de la letra. Basta ya de reglas, basta ya de enseñanzas, basta ya de explicaciones.

 

Lo que se ha escrito y lo que se escribirá deberá releerse a la luz de la decisión divina de entregarse al hombre. A cada hombre. Jesús es el Amor hecho carne, es el mensaje definitivo; el hombre no es solo una criatura entre las criaturas, sino el espacio de la entrega de Dios al mundo. La Escritura recuerda la verdad grabada en la carne.

 


«Todo aquel que cree en Él». Creer en Él no como un acto de obediencia a una doctrina, sino como la conciencia sobrecogedora de ser la generación presente de Dios, de ser el espacio en el que el Señor graba su presencia en el mundo.
 

Creer es sentir que soy el fragmento de mundo que puede generar la proximidad divina a la creación. Si no creo en ello, ya estoy perdido, condenado por mi obtusa pretensión de creer en un Dios comprensible fuera de mí mismo. Si me acojo a mí mismo, si asumo mi carne y mi sangre como sacramento del Eterno, como espacio sagrado en el que el Señor, tras descender de la nube en la que lo había confinado, se detiene y me entrega su nombre, es decir, entra en mi carne, en ese momento creo.

 

Creo en mí, creo en un mundo que amar, creo en un Dios que no hay que explicar sino respirar, creo que soy el espacio elegido por el Amor para establecer su morada en el mundo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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